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Opinión

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La Colección Gelman: pies, ¿para qué los quiero… si puedo irme del país?

Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras

Hay algo inquietante —y profundamente revelador— en la manera en que el arte se mueve hoy: puede pertenecer a un país, encarnar su historia y, aun así, no estar físicamente en él.

El caso de la colección de Natasha Gelman invita a esta reflexión. Si bien se reconoce que estos traslados responden, en muchos casos, a lógicas legítimas de conservación, investigación y visibilidad internacional, también es evidente que, tratándose de obras fundamentales para nuestra narrativa cultural, su desplazamiento deja preguntas incómodas sobre la mesa.

Como ha señalado Adriana Malvido, más que un intercambio cultural, muchas veces asistimos a dinámicas donde el arte entra en otras lógicas. Y eso, sin necesidad de dramatizar, transforma la conversación.

De igual forma, Constanza Ontiveros Valdés, a través de su investigación, ha puesto sobre la mesa los detalles del acuerdo de préstamo y las preocupaciones en torno a la transparencia en la gestión de esta importante colección.

A esto se suma un elemento reciente: de acuerdo con el reporte de Max Durón en ArtNews, el acuerdo contempla que una parte significativa de la colección Gelman permanezca fuera de México hasta 2028, con posibilidad de extenderse aún más.

La Colección Gelman en el MAM.Gilberto Marquina

Este dato desplaza la discusión: ya no se trata únicamente de préstamos, sino de ausencias prolongadas que reconfiguran —de manera silenciosa— el acceso público, la investigación y la relación cotidiana con estas obras. Porque una colección no desaparece cuando viaja, pero sí puede volverse, poco a poco, inaccesible para quienes la nombraron primero.

Obras de Frida Kahlo y Diego Rivera han sido fundamentales en la construcción de lo que entendemos como identidad mexicana. Pero también forman parte de un circuito internacional donde las colecciones viajan, se exhiben y se reinterpretan constantemente. Y quizá ahí está el punto.

El arte no es estático: se desplaza, dialoga, se reconfigura según el lugar que lo acoge. Pero ese movimiento también redefine nuestra relación con él.

No es necesariamente algo negativo, pero sí obliga a una pregunta menos cómoda: ¿qué sucede cuando ese desplazamiento deja de ser tránsito y comienza a parecer permanencia intermitente? Porque no se trata solo de nombres evidentes como Frida Kahlo o Diego Rivera, sino de un entramado más amplio de artistas que forman parte de un momento clave del arte mexicano: María Izquierdo, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, David Alfaro Siqueiros, Gunther Gerzso, Carlos Mérida, Jesús Reyes Ferreira, Francisco Toledo, junto con una significativa tradición fotográfica representada por Lola Álvarez Bravo, Manuel Álvarez Bravo y Graciela Iturbide. Se trata, en el fondo, de cómo ese momento histórico se narra, se conserva o —eventualmente— se fragmenta.

En este contexto, hay un dato que no puede pasar desapercibido: una parte de estas obras cuenta con declaratoria de Monumento Artístico, lo que implica que, aunque pertenezcan a particulares, el Estado mexicano tiene la responsabilidad de regular su salida del país. Sin embargo, los términos recientes del acuerdo —que contemplan estancias prolongadas en el extranjero, con posibilidad de extensión— abren una discusión necesaria sobre los alcances reales de esa protección.

Quizá la pregunta no es si estas obras deben viajar, sino quién puede permitirse no verlas durante tanto tiempo.

No se trata de minimizar la circulación internacional del arte, sino de reconocer que no todas las obras ocupan el mismo lugar simbólico. Algunas no solo representan un valor estético o económico, sino una dimensión histórica que difícilmente puede desvincularse de su contexto de origen.

Al final, más que tomar una postura tajante, queda una idea simple pero incómoda: el arte puede cruzar fronteras con facilidad, pero su significado siempre tiene un origen… y ese origen también implica una responsabilidad.

En mi sentir, cuando la distancia se extiende , lo que está en juego no es solo la ubicación de las obras, sino la posibilidad misma de relacionarnos con ellas.

Como dijo David Alfaro Siqueiros: “Tendremos luchas, tendremos muchos combates, incomprensiones, pero por ahí vamos adelante y vamos muy bien, hacia un arte que no sea sordomudo… sino que hable un lenguaje”.

Licenciada en Artes por la Bond University, de Australia, cuenta con un programa de Emprendimiento por el MIT. Es socia de El Lion que Ruge Films, una compañía independiente de producción cinematográfica. Colabora y es consejera en diversos medios con temas relacionados al arte, la cultura y la innovación. Curadora y Co-Fundadora de Artists’ Container.

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