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El mal manejo de las expectativas inflacionarias
Los principales bancos centrales parecen haber perdido el control de las expectativas de inflación de los consumidores y los costos podrían ser altos. Si los aumentos salariales se aceleran durante el próximo trimestre, los responsables de la política monetaria se verán obligados a responder con firmeza elevando drásticamente las tasas de interés, o de lo contrario perderán aún más credibilidad.
EDIMBURGO – En los requisitos para el puesto de banquero habitualmente no se exige que sea artífice de la palabra, ni se requiere que tenga la capacidad de crear párrafos elegantes. Hasta hace poco, muchos de los principales responsables de las políticas monetarias se regían por el principio de “lo que no se discute, pronto se olvida”. El lema de Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra entre 1920 y 1944, era “nunca des explicaciones ni ofrezcas disculpas”. De manera similar, Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, alguna vez observó con orgullo que había “aprendido a farfullar con gran incoherencia”.
Pero esas ideas quedaron obsoletas. Los funcionarios de alto nivel del Bank of England (BoE) dieron, en promedio, solo 13 discursos por año en la década de 1990. En la última década, el promedio superó los 80 (y la línea de tendencia es ascendente). Observamos un patrón similar en otros bancos centrales.
Esto no se debe a que los responsables de los bancos centrales aspiren ahora a ser figuras públicas (en su fuero interno, muchos preferirían el enfoque de Norman), pero se cree que los regímenes de metas inflacionarias funcionan gracias a la gestión clara y creíble de las expectativas. Si persuades a los actores económicos de que cumplirás las metas la mayor parte del tiempo, harán parte del trabajo por ti (moderando sus demandas salariales y manteniendo la estabilidad de los precios).
Las comunicaciones de los bancos centrales, entonces, importan. Para los responsables de las políticas monetarias no son optativas... y su experiencia en los últimos meses fue desafortunada. Hace muy poco, en septiembre, Jerome Powell, presidente de la Fed, decía al mundo que el aumento de la inflación que comenzó a sentirse el verano pasado era “transitorio”. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, tomó prestadas sus palabras, y para noviembre el término aún seguía sonando en todo el mundo occidental.
Pero ya en diciembre, con una inflación del 7% en Estados Unidos, el mensaje había cambiado y “transitorio” dejó de estar de moda. Powell nos decía ahora que “probablemente fuera un buen momento para dejar de usar esa palabra”, mientras Janet Yellen, secretaria del Tesoro de Estados Unidos -y predecesora de Powell en la Fed-, reconocía que “la descripción no fue acertada”.
Pocas veces la vida de un término financiero fue tan breve. “Transitorio” quedó enterrado en el cementerio lexicográfico de los bancos centrales, junto con “orientación prospectiva”. Sic transit, como dirían los romanos.
¿Importa este vergonzosamente abrupto giro de 180 grados? Temo que sí.
Los discursos son solo una parte del conjunto de comunicaciones que usan los bancos centrales para influir sobre las expectativas inflacionarias. Las autoridades monetarias también se lanzaron con entusiasmo a las redes sociales -especialmente a Twitter, donde la Fed tiene actualmente más de 800,000 seguidores y el BCE, más de 650,000 -con publicaciones que frecuentemente ensalzan las virtudes de la baja inflación.
Pero hay preocupante evidencia reciente de que este mensaje no está llegando y que la gente no confía tanto en los bancos centrales como ellos quisieran creer. De hecho, menos del 20 % de los hogares estadounidenses sabe que la inflación objetivo de la Fed es del 2%. Sorprendentemente, casi el 40% cree que su objetivo inflacionario es del 10% o más.
Muchos también están convencidos de que la inflación reciente fue mayor de lo que indican las estadísticas oficiales. En este caso es posible que algunos tengan razón, ya que los distintos estratos sociales enfrentan tasas de inflación diferentes. Por ejemplo, el alza de los precios en alimentos y la energía afecta desproporcionadamente a los hogares más pobres.
A los bancos centrales le gusta centrarse en la llamada inflación básica, que excluye factores de corto plazo -específicamente, las alzas en los precios de los alimentos y la energía- que las autoridades monetarias no pueden controlar. Eso puede llevar a que los responsables de las políticas consideren que la inflación es “transitoria”, pero las expectativas de precios de los consumidores, por el contrario, dependen de la tasa de inflación que verdaderamente experimentaron, y los costos de los alimentos y la energía son un componente significativo en los presupuestos de muchos hogares.
Probablemente sea por esto que los consumidores y los hogares estadounidenses creen que la inflación será mayor el año que viene de lo que prevén los economistas de ese país. En promedio, los economistas predicen una inflación del 3.7% para el próximo año. Los gerentes de empresas estiman que será un poco mayor, del 4.1%, mientras que los hogares esperan aumentos de precios del 4.7%. Las expectativas de los hogares a mediano plazo también son más elevadas. Ese pesimismo ciertamente influirá sobre los reclamos salariales, algo que ya es evidente.
¿Quién tendrá razón? Pronto lo sabremos. Los bancos centrales cuentan con algunos argumentos persuasivos para sugerir que la inflación caerá el próximo año. Por ejemplo, a pesar de una mayor demanda de refrigeración, los costos de la energía suelen caer durante el verano en el hemisferio norte.
Pero el futuro de los costos de la energía es muy incierto y se ve influido por riesgos geopolíticos impredecibles, no solo por la oferta y la demanda, que se pueden modelar más fácilmente. El indicador más útil en ese sentido puede ser la cantidad de tropas rusas emplazadas en la frontera ucraniana (una estadística que habitualmente no recopilan los bancos centrales).
Por ahora, la posición de los bancos centrales no es desesperada: la hiperinflación no aguarda a la vuelta de la esquina. La Fed puede sostener que el nivel de precios simplemente regresó al que hubiera tenido si los responsables de las políticas hubiesen logrado su meta inflacionaria anual del 2% todos los años desde 2000. En la zona del euro, los precios aún están un 10 % por debajo de ese nivel.
Pero los costos de perder el control sobre las expectativas inflacionarias de los consumidores -algo que los bancos centrales parecen haber logrado- podrían ser elevados. La evolución de los acuerdos salariales durante el próximo trimestre será fundamental. Si se aceleran las subas salariales, los bancos centrales se verán obligados a responder firmemente o perder aún más credibilidad, por lo que las tasas de interés aumentarán en un momento en que las economías siguen con dificultades para salir de la pandemia. Es una suerte que hayan vuelto a nombrar recientemente a Powell, ya que probablemente no ganará ningún concurso de popularidad en el 2022.
El autor
Es presidente del NatWest Group.