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Opinión

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El Banco Central Europeo, el doctor que llega tarde

Haremos todo lo que sea necesario, dijo el doctor Draghi.

El llamado a la ambulancia financiera europea se lanzó hace mucho tiempo, el principal intoxicado en ese momento era el paciente griego, pero italianos y españoles empezaban a mostrar síntomas del envenenamiento fiscal.

El paciente griego fue entubado e internado en terapia intensiva con un pronóstico muy poco alentador. Lo que no notaron los doctores en economía es que el virus de la deuda y el déficit fiscal que había enfermado al país helénico estaba ampliamente extendido en todo el continente.

Al enfermo español le diagnosticaron una pequeña gripe bancaria, sobre todo porque el primer síntoma fue una fiebre en Bankia, que fue contrarrestada con un antibiótico de euros. Los expertos creyeron que si el gobierno de Madrid se ponía a dieta de inmediato y aceptaba un tratamiento de hasta 100,000 millones de euros, regresaría pronto la salud.

El paciente italiano solicitó ayuda a los tutores de la Unión Europea cuando se dio cuenta de que portaba un tumor de deuda equivalente a 120% del tamaño de su economía. Le extirparon un quiste identificado en lenguaje médico como Silvio Berlusconi.

Al país de la bota lo mandaron de vuelta a casa, con una palmadita en la espalda, por haber recompuesto el camino fiscal para reducir poco a poco su tumoración.

¿Por qué recetar aspirinas para un cáncer? Porque los doctores del norte europeo se oponían tajantemente a asumir los costos de un tratamiento tan caro que incluyera la quimioterapia de la compra de bonos desde el Banco Central Europeo.

Incluso, dicen que los médicos finlandeses amenazaron con dejar el hospital del euro si insistían en que su país pagara las medicinas de los irresponsables pacientes mediterráneos.

Los alemanes, los más preparados, reconocidos y poderosos expertos en la terapéutica económica europea, insistían en que antes de soltar los recursos para el tratamiento de los debilitados países sureños, los pacientes deberían hacer ejercicios de recortes presupuestales y una buena dieta fiscal. O sea, curarse para después recibir la medicina.

Y puede ser que tengan razón en enojarse así los teutones, porque durante muchos años aportaron las vitaminas necesarias para que estas economías pequeñas se pusieran en forma y alcanzaran el alto rendimiento de su propia economía.

Los países reportaban progresos importantes a sus mentores, prometían que el peso que ganaban era por la masa muscular ganada con productividad y crecimiento. Resulta que nadie se daba cuenta de que Europa aumentaba su volumen, pero por la grasa mala de la deuda excesiva e irresponsable.

Ni los débiles ni los fuertes, ni las autoridades comunitarias ni la clase política se pusieron a ver que al final el que manda es el que paga. Los inversionistas son los espectadores de la cirugía, pero tienen el poder de quitar esos tenues alfileres de la confianza que sostienen los mercados.

A los poderosos alemanes les llegó recientemente la visita de uno de los inspectores de sanidad financiera que representa a los inversionistas. Cuando el doctor Moody’s salió de la visita, le advirtió a la poderosa nación europea que, a su parecer, tenía síntomas de contagio, por lo tanto, recomendaría a sus patrones en los mercados que tuvieran cuidado, con su deuda y con sus bancos. Vino la perspectiva negativa en su calificación perfecta.

Otros países fuertes del norte corrieron la misma suerte teutona y hasta el banco de sangre de la unidad, el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, fue señalado por la correduría como no inmunes al contagio.

Ya con este ambiente de emergencia generalizada, ahora se ha tomado la determinación de que el Banco Central Europeo deje de ser un edificio bonito para convertirse en un quirófano ambulante con capacidad de rescate en la zona del conflicto.

Haremos todo lo que sea necesario, dijo el doctor Mario Draghi, responsable del banco central. Es como ese mensaje que esperan los familiares que aguardan afuera del quirófano alguna esperanza. La pregunta es si no habría sido mejor la medicina preventiva que llegar hasta este punto.

La resistencia a apoyar con todo lo que fuera necesario a estos países hasta que no se comprometieran a la disciplina, casi militar, que proponía Alemania, ha deteriorado las condiciones de salud de todos. Es posible que ahora el costo del rescate, de la ayuda, sea muy alto.

Eso sólo lo podremos ver con el paso de los días y las semanas.

Como sea, el mensaje de Draghi es interpretado como la aprobación alemana para hacer lo que haga falta para salvar a España, Italia y con ellos su propio pellejo.

ecampos@eleconomista.com.mx

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