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Opinión

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De lo particular a lo general. Ser mujer hoy

Los que esperan que los momentos de cambio sean fáciles y libres de conflicto, aún no han aprendido nada de su historia.

Joan Wallach Scott

Marzo es un tiempo de comunión, de clamores que suenan al unísono, también de un futuro que aún confía en el cambio. Además de condenar la violencia de género, los matrimonios infantiles, la superposición de las discriminaciones y que el feminicidio en México acabe con la vida de más de once víctimas cada día, en este mes las mujeres practicamos el vínculo afectivo de la sororidad, que se explica como la capacidad para socorrernos más allá de las diferencias que existen entre nosotras y la solidaridad que nace entre quienes comparten historias de abuso y opresión.

Ejercer la sororidad no es sencillo, pues implica un acto de nobleza que nos exige dejar de competir, detener la frenética carrera hacia los propósitos que nos hemos planteado y luchar por el bien común. Por que la sororidad es un estado de hermandad que nos obliga a empatizar con el dolor ajeno y deslindarnos de los intereses, las envidias y las rivalidades que tanto lastiman la comprensión del género femenino.

Las mujeres nos unimos el #8M en una conmemoración internacional que, si bien recuerda el clamor del movimiento de las obreras norteamericanas de 1857, el II Congreso Internacional de Mujeres Socialistas de 1910 en Dinamarca y la Primera Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer, realizada en México en 1975, pone en evidencia un presente lleno de desigualdades y el reclamo de las mujeres por una vida digna y libre de violencia.

Hay pocas cosas más alentadoras que atestiguar la forma en que se organizan los contingentes para la marcha. Año con año, me maravilla nuestra capacidad para convocar y dirigir, pero también nuestra  pronta y comprometida respuesta cuando se nos llama a sumarnos a cualquier tipo de militancia.

Lo cierto es que al unir esfuerzos a favor de una causa feminista, las mujeres volvemos a un territorio ancestral y conocido: siempre hemos tenido que luchar y defendernos. Así aprendimos a cuidarnos de la violencia intrafamiliar, del maltrato psicológico, del acoso de un amigo, del abuso laboral de nuestro empleador y de las insinuaciones de un colega por que, como víctimas similares, no contamos con otra alternativa.

Me conmueve ese deseo nuestro de romper las barreras y coincidir. No en vano fue un grupo de mujeres unidas por el dolor y el hambre, las que en el convulso París de 1789, organizaron la Marcha de Octubre e irrumpieron en el palacio de Versalles para quejarse por el alza en el precio de la harina. El impacto de su denuncia invitó a cientos de miles más a sumarse a la turba que se adueñó del ayuntamiento, saqueó la armería y sentó las bases del movimiento libertario más trascendente en la historia de la humanidad.

Todo esto surgió de la unión, de una fuerza femenina conectada con el bien común y la justicia. Por eso es una lástima que hoy lleguemos al Día Internacional de la Mujer en un México divido, donde el liderazgo femenino desmerece las voces de sus iguales en un olvido a la sororidad. Un buen ejemplo de esto es lo que ha sucedido con la glorieta de las mujeres que luchan y la condena de “clasistas y racistas” a quienes proponen dedicar este espacio a la memoria de las desaparecidas y a las víctimas de feminicidio y no a la efigie de la joven de Amajac.

Hay un hecho claro: hoy la particpación política de las mujeres supera a la de los hombres. ¿Será esto motivo suficiente para que nos empiecen a escuchar?

Linda Atach Zaga es historiadora de arte, artista y curadora mexicana. Desde 2010 es directora del Departamento de Exposiciones Temporales del Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.

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