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Opinión

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Combatir con todas las palabras

Foto EE: Especial

Las mujeres, en todos los ámbitos de la palabra –la poesía, la narrativa, el ensayo, la crítica, el análisis, el teatro, la crónica, el discurso y la entrevista— son personajes principales. Las que logran que una trama lenta avance, dan una vuelta de tuerca a todas las historias, resultan responsables de los finales felices, nos sumergen en una miseria insoportable o nos advierten de lo imprevisto. Insuperables, cuando alzan la voz y no se callan. Aunque el grito, la denuncia y la protesta pueda costarles la vida.

Ha sido terrible reconocer cuando muchas de las opiniones vertidas sobre las mujeres provienen de los hombres. Y admirable haber insistir en acabar con  la injusticia, y luchar por la igualdad de género, porque la desigualdad y la discriminación parece haber comenzado desde la Biblia —donde la mujer provenía de la costilla de un varón—; y las mujeres no tuvieron alma durante toda la época de oro del pensamiento griego -desolador el hecho de que títulos y propiedades de las mujeres solamente existieran por herencia o matrimonio y humillante cuando el papel de gobernar era solamente para ollas y sartenes. Indigno que las mujeres – como dijo Mafalda— sólo empuñaran un trapo y no una espada en las batallas de la humanidad.

Siglos enteros han pasado para admitir que desde el principio de los tiempos las mujeres sabían gobernar naciones, dominar la ciencia, inventar magníficos inventos y manejar lo filosófico, lo mecánico, lo matemático, lo mágico y lo espiritual y no eran inferiores o incapaces, nada más por tener el cerebro más pequeño que el de los hombres y un cuerpo exclusivo para darles hijos.

La Historia de México también ha sido parte de tales paradigmas, todavía se resisten a desaparecer y el proceso es doloroso y lento.

Apenas se apuntan nombres de mujeres destacadas. Podríamos comenzar con virreinas y mujeres ilustres y pudientes: María Antonia de Godoy y Álvarez, por ejemplo, esposa del virrey del mismo apellido, que gracias a su declaración de que “las perlas estaban pasadas de moda” en la península y era mejor usar corales, permitió que sus empleados se hicieran de dinero vendiendo a muy buen precio sus collares; María Francisca de la Gándara, viuda de Félix María Calleja –el acérrimo enemigo de los insurgentes— que soportó las batallas militares y castigos corporales de su esposo, el descrédito de los españoles para acabar en el exilio llevándose seis hijos e irse a morir de cólera morbus a Valencia. Mencionar a mujeres mexicanas de la facción rebelde: Juana de Asbaje, que para poder dedicarse  al estudio y la escritura tuvo que convertirse en monja y para defenderse dijo a sus enemigos –engañándolos, por supuesto— que escribir nunca había sido dictamen propio, sino una fuerza ajena que jamás comprenderían. Heroínas de la Independencia, como Josefa Ortiz de Domínguez, Gertrudis Bocanegra y Leona Vicario, valerosas pero acompañantes y protectoras, más que protagonistas, de los hombres que nos dieron patria.

La Independencia triunfó, hubo presidente, leyes y república, se fundaron dos imperios, un par de intervenciones, la mitad de nuestro territorio se vendió, después llegó la Reforma, y con ella, algo de consideración hacia las mujeres –como por ejemplo, aceptar, sin mucho escándalo, que pudieran trabajar como maestras. Escuelas, clubes y sociedades en México dejaron de ser único territorio de varones y en Mérida, Yucatán, Rita Cetina fundó “La Siempreviva", un grupo, una sociedad editorial y docente con todas sus comisiones ocupadas por mujeres que crearon un proyecto cuya base ideológica era el derecho de las niñas a educarse para mejorar por ellas mismas sus condiciones de vida. Por primera vez el espacio femenino de esta sociedad y su prolongación en el Instituto Literario de Niñas Siempreviva tuvo un impacto tremendo en las maestras egresadas de él que por primera vez utilizaron el termino hermandad como sororidad, tal y como fue evidente en el Primer Congreso Feminista mexicano de 1916.

Es hermoso pensar que Rosario Castellanos, imbuida en el significado del Día Internacional de la Mujer —que se celebra cada 8 de marzo por iniciativa de la alemana Clara Zetkin, desde 1910— se hubiera inspirado en la frase de batalla de aquel momento: “Contra el maltrato la palabra” y que por ello hubiera escrito en su libro Mujer que sabe latín, la siguiente frase:

“A lo largo de la historia (la historia es el archivo de los hechos cumplidos por el hombre, y todo lo que queda fuera de él, pertenece al reino de la conjetura, de la fábula, de la leyenda, de la mentira) la mujer ha sido más que un fenómeno de la naturaleza, más que un componente de la sociedad, más que una criatura humana, un mito.” Y que luego explotara, como lo hizo, cuando ese irreal mito femenino se alejó de la belleza inútil nada más para cuestionar y violentar a las mujeres que se resistieron a cocinar para todos, encargarse de una casa, ser la madre de hijos, amigos, maridos y mascotas y exigir sus derechos contra las leyes y las palabras del patriarcado de siempre.

Sirva todo lo anterior para matar al silencio y gritar con todas las palabras.

De todos modos somos mayoría. 

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