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Celebrar a Ibargüengoitia
Foto: Especial
Si Jorge Ibargüengoitia estuviera vivo, si no fuera porque toda lectura y escritura están de Feria en Guadalajara, si ya hubieran pasado 50 años y no 40, si aquel avión no se hubiera estrellado con él a bordo, el 27 de noviembre de 1983, estaríamos asistiendo a un homenaje. Una ceremonia plagada de discursos sobre su vida y obra y sentidas palabras que hubiera detestado. Sin embargo, lector querido, nada de lo anterior vale para dejar de celebrar su vida y guardarlo en la memoria.
Escritor de múltiples registros y víctima de calificativos que nunca le gustaron, Jorge Ibargüengoitia hizo teatro, novela, relato, artículo periodístico y cuento infantil, siempre con un estilo singular (irónico, mordaz, crítico, divertido y muy inteligente) y trató como nadie la vida cotidiana nacional. La muerte hubo de llegarle antes de saber que sería uno de los autores mexicanos más influyentes entre los nacidos a mediados del siglo XX y a la vez y durante mucho tiempo, uno de los escritores menos estudiados de nuestra literatura.
En la antigua revista Vuelta, de la que fue colaborador muchos años, habló sobre sí mismo y escribió: “Nací en 1928 en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión “lo que nosotros hubiéramos querido”, decían, “es que fueras ingeniero”', más tarde se acostumbraron".
Para reforzar sus dichos, el joven Ibargüengoitia se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, se convirtió en becario del Centro Mexicano de Escritores y de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim. Su primera novela, Los relámpagos de agosto (1965), una demoledora sátira de la Revolución mexicana, lo hizo merecedor del Premio Casa de las Américas. A ésta seguirían Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1974), Dos crímenes (1974), Las muertas (1977) y Los pasos de López (1982).
Además de haber cambiado el cálculo por las letras, siempre tuvo un peculiar interés por la Historia de México. Su libro, El Atentado, una sátira sobre la muerte del caudillo Álvaro Obregón, lo consagró en la narrativa histórica, junto con Los relámpagos de agosto, hoy considerada como el reverso de la Novela de Revolución. En aquel texto, presenta al ficticio general, José Guadalupe Arroyo, que siempre toma la decisión equivocada y vive con los sinsabores de la transición partidista y la repartición del poder.
En” Los pasos de López” una de sus creaciones más célebres, cambió de siglo y de guerra: se encargó, sin segundas intenciones, de desmitificar la gesta heroica de la Independencia de México, con una narración que se desarrolla a partir del encuentro casual entre el cura Periñón y el teniente Matías Chandón y culmina el día en que el primero resuelve firmar su abjuración con el nombre de “López”. (Que al final, lector querido, resulta alegoría del Padre de la Patria).
Jorge Ibargüengoitia rescribió la Historia. No en el sentido de la negación, activismo, ni traicionando la cronología de los hechos conocidos. Mucho menos con la intención del insulto o la broma fácil. Simplemente siguiendo una creencia personal: que la narrativa histórica que nos habían enseñado en la escuela era francamente aburrida, poblada de figuras monolíticas que habían pasado la eternidad diciendo las mismas frases e intentando justificar el presente de cada uno más que relatar el pasado.
Sabía perfectamente que, si bien no puede contarse la historia nacional a través de una enchilada, pocas cosas describían mejor a México que su comida; que una característica nacional era sentirse más mexicano mientras más lejos se estaba, una de las decisiones más difíciles resolver la disyuntiva entre una torta compuesta y un taco de que canasta, que los efectos de madrugar son de muchas índoles, pero todos ellos corrosivos de la personalidad.
A finales de 1983 Jorge Ibargüengoitia estaba trabajando en una novela que, tentativamente, iba a llamarse “Isabel cantaba”. Fue cuando llegó la invitación para el encuentro de escritores en Colombia. Camino a él ocurriría la tragedia.
A las ocho de la mañana de aquel domingo 27, apenas descendiendo el vuelo México-Bogotá, se supo que Jorge era uno de nuestros muertos. Nos quedamos lívidos, horrorizados, sin saber cómo reírnos de tanto desconsuelo. Nos quedamos con sus escritos, coleccionando sus artículos y apuntando algunas de sus enseñanzas: la importancia de abrir y cerrar un texto impecablemente, cómo nombrar personajes y lugares, nunca olvidar la increíble levedad que utilizó para -entre otras magníficas verdades- hacernos entender la diferencia entre lo grandioso y lo grandote.