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Opinión

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Caminos por andar: el perenne reto de las personas con discapacidad

Para qué quiero piernas, si tengo alas para volar”.

Frida Kahlo

Conocí a Norma Jiménez antes de la pandemia. Mediante un intérprete de lengua de señas, supe que la mujer tenía 63 años y había nacido sorda en un poblado a más de cinco horas de la ciudad de Chihuahua. Atento a sus instrucciones, el traductor gracias al cual comprendíamos lo que ella expresaba, no omitió detalle al enfatizar que la mujer había crecido en una comuna aislada junto a su madre, hermanas y varios familiares que también presentaban sordera o algún tipo de discapacidad auditiva.

La casi inamovible cotidianeidad del grupo se rompió cuando el hijo de Norma enfermó y hubo que internarlo en un hospital en la capital del Estado. Ahí, una de las enfermeras que atendía al pequeño y estaba al tanto de las dificultades que la familia había enfrentado por el hecho de no lograr darse a entender, la tomó del brazo y sin muchas explicaciones, la condujo a un sitio de atención donde se utilizaba la lengua de señas.

Me conmueve evocar las lágrimas y la gratitud que acompañaron el resto del relato: “después de creer que en el mundo no había gente cómo nosotros, vi a más de treinta personas que tampoco podían oír ni hablar, pero se decían cosas entre ellas y lo hacían con las manos. No podía creer lo que estaba mirando, jamás imaginé que hubiera una salida así para mí o para mi familia”. 

A Norma y a los suyos les tomó tiempo y esfuerzo incorporar su nueva realidad y emprender la carrera hacia la comunicación. Hoy, la mujer lucha por los derechos de las personas sordas y describe con gestos y movimientos de brazos, manos y dedos, el complejo aislamiento que padecen las personas que no conocen la lengua de señas.

El encuentro con Norma me sacudió, pues si bien rectifiqué la ruta de mis ideas acerca de la sordera y también la fragilidad y vulnerabilidad que siempre están rondándonos, me hizo pensar en lo poco comprometidos que estamos con las personas con discapacidad: no se debe pasar por alto que en el mundo una de cada seis personas nace o adquiere una discapacidad en algún momento de su vida y más del cuarenta por ciento de ellas muere hasta veinte años antes que las personas sin discapacidades, porque en su caso se duplica el riesgo de desarrollar enfermedades como la depresión, el asma, la diabetes y la obesidad. 

Apenas hace unos días, en el marco de conmemoración del Día Internacional de la discapacidad -se celebra cada 3 de diciembre desde 2006-, revisé la iniciativa del 6 de junio de 2022 y el ofrecimiento de un monto bimestral de 2,800 pesos para las personas con discapacidad en su tarjeta del Banco del Bienestar.

En el anuncio, que coincidía con el inicio del registro a la Pensión Universal para Personas con Discapacidad Permanente en 13 estados de la República, la secretaria de Bienestar del Gobierno de México, Ariadna Montiel Reyes, no dudaba en enfatizar que el apoyo se concretaba gracias a "la mente y corazón del presidente Andrés Manuel López Obrador".

Además de sorprenderme por la festiva mención al presidente, el anuncio confirma una vez más que los apoyos, convertidos en dádivas, distraen los recursos y la atención a derechos como el de la salud, la educación y la accesibilidad y con ellos,  las adaptaciones para hacer incluyentes la vía pública, el transporte, centros médicos y escuelas entre muchas otras urgencias.

Escuchar que “se ayudará” a “los discapacitados” debe alertarnos. Ya no se vale usar ese término, pues la forma correcta para nombrar a quienes padecen alguna discapacidad, es precisamente personas con discapacidad, lo que pone en primer sitio su lugar como personas, antes que la su sordera, sus discapacidades motrices e intelectuales o la ceguera que los hace requerir más apoyos y atención.

A pocas horas del arranque del Teletón que, después de 26 años pervive como una fuente irrestricta de apoyo digno para niños y adolescentes con discapacidad, cáncer y autismo, vale la pena pensar y aceptar que como sociedad, todavía nos falta mucho por hacer; en especial no discriminar y promover la inclusión educativa y laboral.

Ya son muchos rezagos. No podemos negar que, en nuestra humanidad, todos estamos hechos de la misma esencia.

Linda Atach Zaga es historiadora de arte, artista y curadora mexicana. Desde 2010 es directora del Departamento de Exposiciones Temporales del Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.

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