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Opinión

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Apostar por el optimismo no es fácil

Estados Unidos, Europa y China son los ejes detonadores de la actividad política, económica y social. Por ello no resulta agradable observar algunas de sus tendencias perniciosas.

En Estados Unidos y Europa, advierten varios destacados economistas como son Paul Krugman y Robert Gordon, a futuro habrá un menor crecimiento económico debido a 1) los efectos de la desaceleración del progreso tecnológico, advertido desde el 2000, 2) la desigualdad creciente y 3) una población que envejece más.

China, al depender de los mercados norteamericanos y europeos, con problemas de expansión, se está viendo afectado como ya se observa con la desaceleración de su ritmo de crecimiento.

También ha emergido una bandera nacional populista que se presenta rompedora. Pero es igual a sus antecedentes en Alemania y Rusia de principios del siglo XX que basaron su política en el terror y en las fanáticas ideologías ficcionales.

El filosofo Avishai Margalit tiene una síntesis de las nuevas tendencias cuando dice: “En la Hungría de Orban, la Polonia de Kaczyriski, la India de Modi, la Turquía de Erdogan, la Rusia de Putin, la Inglaterra del Brexit, la Italia de Salvini, el Israel de Netanyahu y Estados Unidos de  Trump, hay una sensación creciente de que la plena ciudadanía es un derecho que sólo se permite a la mayoría étnica o religiosa. Los otros pueden en general ser tolerados como residentes”. Esto significa un Estado nación excluyente, porque margina a población diferente a la “nativa” o que sostiene una idea democrática convencional.

El origen de estas manifestaciones es el descrédito de las instituciones. La confianza es un capital social, es necesaria para regular los intercambios políticos y mantener el tejido social, pero también para hacer funcionar la economía.

El neoliberalismo que viene de Reagan y Thatcher asaltó al mundo y casi acaba con la socialdemocracia y la economía mixta. La población perdió poder y dejó de estar suficientemente representada. Ya no se confía en los hechos. Los problemas fundamentales, por tanto, no se abordan, emergiendo un desorden político internacional que alimenta el escepticismo.

Hay tres problemas globales muy delicados.

Uno es el cambio climático, que de no detenerse acabará con todos nosotros. A los nacional populistas, que son proclives a la derecha política, no les interesa resolverlo porque significa afectar los intereses de las empresas que son grandes depredadoras de la naturaleza. La solución está en reducir los gases de efecto invernadero cuyos causantes son las centrales eléctricas que usan combustibles fósiles.  Consecuentemente se necesita cerrar esas plantas.

Igualmente peligroso es el retiro de Estados Unidos del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), el primer acuerdo de desarme firmado en 1987 y que contribuyó a alejar de Europa los misiles de rango corto y medio. Ahora  se corre el riesgo de empezar una nueva carrera armamentista nuclear de efectos funestos. La imprevisibilidad sustituye a los consensos.

La problemática migratoria es un peligro. La gente huye de sus países por razones políticas y económicas en África, Medio Oriente y América Latina, principalmente. Sólo hay recomendaciones globales pero no soluciones específicas, salvo aisladas decisiones como la que realizo Angela Merkel, que permitió la entrada a su país de 1 millón de personas provenientes del Medio Oriente, resolviendo temporalmente la grave crisis humanitaria del Mediterráneo.

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Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.

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