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Ahora todos somos keynesianos
John Maynard Keynes, además de un destacado economista, fue un esteta y mecenas, que promovió el arte y la cultura, financiando muchas actividades creativas con los recursos que obtenía de sus inversiones bursátiles y de su enorme influencia intelectual.
Después de una agitada vida juvenil en el mundo aristocrático, cultural y pagano de su país, Inglaterra, se casó con la notable bailarina Lydia Lopokova, de la Compañía de los Ballets Rusos del legendario Diaghilev, una de las figuras emblemáticas del ballet del siglo XX.
Esta vida intensa del aquí y ahora, lo condujo a que el presente estuviera en sus especulaciones teóricas. Rechazaba incorporar el futuro en sus propuestas, reconociendo que “a largo plazo todos estamos muertos”.
Su tesis central en la economía es que las crisis obedecen a un deterioro de la demanda efectiva. Por tanto, la solución se encuentra en fortalecer esa demanda con recursos provenientes de la inversión privada y del gasto público, creando de esa manera empleo y consumo. Ello a pesar de que el gasto sea deficitario y aumente la deuda.
Una vez superada la crisis se puede normalizar la vida económica y pagar sus costos. Pero sólo en etapas de expansión.
Las ideas keynesianas crearon un paradigma que dominó el pensamiento y la política económica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta principios de los años 70, periodo que algunos le llamaron “la edad de oro del capitalismo” debido a que la economía global tuvo un crecimiento económico sin precedentes.
También inspiraron el “New Deal” del gobierno del presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Asimismo, influyó de manera importante en una generación de socialdemócratas de Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial. Y en el mundo en desarrollo fue figura central porque se vivía una época de creación institucional y la promoción de empresas privadas.
Políticamente, las ideas keynesianas condujeron a una economía mixta, una mezcla de inversiones públicas y privadas. Posteriormente, fue la crisis del endeudamiento la que condujo a los procesos de privatización que quitaron presión a los gobiernos en sus equilibrios financieros y en la necesidad de más deuda.
En México la economía mixta se terminó en el periodo 1985-1992 en que se privatizaron 743 empresas públicas liberando al gobierno de una pesada responsabilidad. Fue parte de lo que se llamó El Consenso de Washington, un modelo restrictivo y privatizador para los países de América Latina.
Ante la crisis económica global y las consecuencias del Covid-19, nuevamente la demanda efectiva en todo el mundo se ha restringido y hay un fuerte ataque de pesimismo económico. Por eso vuelven las tesis keynesianas para su aplicación. Obviamente con modificaciones debido a que ahora existen instituciones internacionales (FMI, Banco Mundial y BCE) que inyectan liquidez a los países miembros ante la necesidad de recursos.
Los gastos para superar la crisis económica y que se agudizó con el Covid-19 ha significado un fuerte compromiso. Al terminar esta fase dramática, todos los países quedarán más endeudados y empezarán a curarse las cicatrices.