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Opinión

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AMLO, ¿para cuándo la estatua de Huitzilopochtli?

Una de las grandes ventajas de la llegada de nuevas generaciones de servicio celular ha sido la masificación del Internet. Repentinamente, el mundo de la telefonía móvil se fue transformando en un entorno data-céntrico. Primero con las versiones tardías de un 3G reforzado con HSPA y luego con un 4G que fue acompañado de plataformas y aplicaciones diseñadas para tener su mejor desempeño cuando son visitadas desde un celular. Entre las más importantes sobresalen las redes sociales, esos entornos donde las personas por primera vez se encontraron con un megáfono digital que potencialmente les permite transmitir sus ideas con millones de personas.  

El impacto de este tipo de plataformas impulsó su proliferación y transformación. Las redes de amistades y conocidos fueron complementadas con blogs, microblogs, portales de fotos, videos y podcast. Cualquier persona con el tiempo y dedicación suficientes podría crear su propio medio de opinión sin tener nada que envidiar a la prensa tradicional. Sin embargo, una de las consecuencias de este nuevo mundo es el desarrollo de estrategias de desinformación. El poder de las redes sociales deriva de su viralidad, de cuánto un mensaje específico puede ser compartido infinidad de veces por el resto de los usuarios.  

No obstante, como toda historia, el desarrollo y adopción de las redes sociales también tiene su lado oscuro. Más allá de las preocupaciones que existen acerca del tema de la privacidad y el manejo de datos personales que estas plataformas digitales puedan hacer de la información de sus usuarios, existe un uso más directo y sencillo: fomentar la desinformación. El acercamiento hacia noticias que no son del agrado de una persona o grupo dejó de ser el argumentar datos y posiciones, sino confundir. Inundar las redes sociales con infinidad de posibilidades, versiones o teorías que confundan a las personas y siembren la duda. Mientras más descabellada la idea, mayor viralidad tendrá el mensaje.  

Quizás el ejemplo más conocido sobre la divulgación de noticias falsas y su impacto en la vida de las personas se observó en las elecciones presidenciales de Estados Unidos celebradas en 2016. Antes de este evento a uno de los candidatos se le acusó de traficante de infantes a los que supuestamente mantenía encarcelados en una pizzería de Washington DC, también se le acusó de beber sangre humana y hasta se insinuó que había traicionado al país al compartir sus secretos con otras naciones. Que nada fuese cierto, importó poco. El objetivo de las llamadas fake news o noticias falsas no era identificar un argumento erróneo sino crear confusión, hacer que la realidad se sumerja entre conspiraciones y mentiras.  

La digitalización fue y continúa siendo la piedra angular de una práctica que llegó para quedarse. Las estrategias de confusión paulatinamente fueron incorporando programas que automáticamente compartían los mensajes por diferentes plataformas creando miles de perfiles falsos que sirvan de eco a las historias ficticias que se desean viralizar.  

México no ha estado exento de este fenómeno. Luego de las elecciones presidenciales hubo acusaciones alegando el uso de las redes sociales para impulsar la campaña del que terminara siendo electo como presidente de la nación, Enrique Peña Nieto. Seis años después las acusaciones fueron más detalladas, alegando que alrededor del 27% de los mensajes en redes sociales durante la campaña presidencial de 2018 provenían de perfiles falsos. También hubo acusaciones de manipulación rusa y estadounidense en las redes sociales con el objetivo de influenciar el resultado de una elección que terminó ganando Andrés Manuel López Obrador. 

Sin embargo, luego de la fase de noticias escandalosas y mensajes surrealistas durante el periodo electoral, tanto México como los Estados Unidos experimentaron otra variante de la desinformación generada por las redes sociales. Mientras que en un país Twitter se convertía en la plataforma desde la que se gobernaba, en el otro, el presidente cada mañana se reúne a platicar sobre lo que debe hacerse para mejorar el país. El resultado en ambos casos ha sido similar, la generación de tantas noticias que en otros tiempos habrían sido escandalosas que entre ellas su impacto se anula. Entre las críticas y la demagogia las personas quedan aturdidas, a esta situación se le agrega una corta memoria y el mandatario parece tener carta blanca para hacer o decir cualquier cosa sin preocupación de las consecuencias. Las redes sociales aparentemente han convertido en deidades a algunos seres humanos.  

Si nos enfocamos en el caso mexicano, las mañaneras del presidente López Obrador en lo referente a telecomunicaciones ofrecen desconocimiento e improvisación. Si se cambia el foco y nos centramos en política lo que se vive es desconcierto, confusión y contradicciones. Una presidente que llegó al poder prometiendo juzgar a corruptos, proteger los derechos humanos y disminuir la violencia no ha logrado cumplir ninguna de estas promesas. En el caso de las telecomunicaciones, luego de numerosas acusaciones de corrupción y fraude queda saber cuántas personas han sido remitidas a corte a para ser juzgadas por sus violaciones a las leyes del país. ¿Acaso todo fue fake news? 

Claro que la falta de resultados no impide seguir actuando desde una moral suprema, pero contradictoria. Por un lado, se rehúsa comentar de las violaciones de derechos humanos en contra de la población en Nicaragua porque eso es atentar contra la soberanía de ese país. Por otro, le pide a los Estados Unidos que regrese a Francia la estatua de la libertad a los franceses por sus numerosas violaciones a los derechos humanos. Como era de esperarse el resultado de estos comentarios se observó en extremos, desde aquellos que avalaron lo que decía el presidente de México, como aquellos que lo criticaron por incongruente.  

Si, es cierto que numerosos derechos humanos son violados en los Estados Unidos. Pero también es cierto que el presidente López Obrador ha cooperado y apoyado al vecino del norte en este tipo de acciones. Por ejemplo, la entidad ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1997, Human Rights Watch (HRW), escribe lo siguiente del primer ejecutivo de México: “El presidente ha colaborado con EE. UU. en políticas abusivas contra la migración, que incluyen la expulsión ilegal de migrantes y solicitantes de asilo en aviones y autobuses a América Central.” 

Asimismo, la entidad recalca que “México es uno de los países más peligrosos del mundo para los periodistas, equiparable a zonas bélicas como Siria y Afganistán en cuanto a cantidad de asesinatos de periodistas, según el Comité para la Protección de los Periodistas y Reporteros sin Fronteras. En 2020, periodistas registraron 692 amenazas, ataques u otras formas de agresiones.” 

Los defensores de los derechos humanos que protesten por esta realidad también deben tener cuidado pues el gobierno no ha cumplido con las promesas de protección a sus ciudadanos. Según HRW “México también es uno de los países más peligrosos del mundo para los defensores de derechos humanos. Entre enero y septiembre de 2021, la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos reportó 10 asesinatos de defensores de derechos humanos en el país. Al igual que en el caso de los periodistas, los hechos de violencia contra defensores de derechos humanos casi nunca son investigados ni juzgados.” 

Ante estas y otras críticas, la reacción en México ha sido similar a la observada por populistas a través de la historia: la descalificación de sus palabras. Comenzar a describir una realidad alternativa y a hacer promesas de cómo la situación cambiaría si se centralizara aún más el poder. Una acción que en la historia reciente latinoamericana no ha reflejado resultados positivos en los mercados donde se ha modificado la Carta Magna para cumplir con los caprichos de algún presidente de turno. Imposible dejar de pensar en los escritos de Miguel Ángel Asturias, Valle-Inclán, Roa Bastos, Carpentier, García Márquez o Vargas Llosa. 

Los reclamos presidenciales de la necesidad de concentrar el poder para poder lograr los cambios deseados han llamado la atención de otra entidad, también ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1977, Amnistía Internacional (AI). La organización escribió sobre México que “el gobierno siguió realizando declaraciones públicas en las que atacaba a organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación, defensores y defensoras de los derechos humanos y personalidades académicas, así como a mujeres que protestaban contra la violencia de género.” También es de resaltar que “la independencia del sistema judicial se vio amenazada por una reforma legislativa para prorrogar el mandato del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y los integrantes del Consejo de la Judicatura Federal; en noviembre [de 2021] fue declarada inconstitucional por la Suprema Corte.” 

Lo sorprendente es la poca difusión o interés que en las redes sociales han creado las declaraciones de estas dos organizaciones que seguramente serán catalogadas como neoliberales, fascistas o simplemente fifí. A mí me queda algo bastante claro, mientras Estados Unidos regresa la estatua de la libertad a los franceses, sería prudente que el presidente López Obrador refleje visualmente lo que hasta ahora ha sido su sexenio con la construcción en la entrada al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles de una estatua gigante de Huitzilopochtli. 

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La experiencia de José Felipe Otero Muñoz incluye un trabajo en más de 100 proyectos de investigación y escribir numerosos estudios sobre la industria de telecomunicaciones regional Consultar sobre cuestiones de política pública y tecnologías de telecomunicaciones para el Senado de la República de México, el Banco Mundial, la Inter-American Investment Corporation, la Casa Blanca y otras instituciones gubernamentales

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