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Arte e Ideas

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Maratón CDMX 2026: la ciudad que corre junto a sus corredores

 Aquí cuando las piernas fallan, el público empuja por ti. Más de 30 mil corredores tomaron las calles este domingo, donde el público, la música y el paisaje urbano se volvieron parte de la carrera.

Foto: Ricardo Quiroga EE

Nueve y quince de la mañana. Glorieta Violeta, kilómetro 38.7 de 42.2 del Maratón de la Ciudad de México 2026, considerado uno de los diez más populares del mundo, capaz de sostener la carrera de más de 30 mil personas inscritas, además de los corredores no inscritos que se infiltran en el trazado para probarse con cinco, diez o más kilómetros una vez que se perciben sobrecogidos por aquello de lo que todos hablan: el empuje inconmensurable del público mexicano, un boost de energía que no sabían que necesitaban.

Aquí habita la inverosimilitud del ser humano y la capacidad de expandir sus límites. A estas alturas de la competencia, la brecha del cronómetro entre profesionales y entusiastas es paradigmática. Para cuando el corredor peruano Cristhian Pacheco, de 33 años, dejó caer su cuerpo sobre el concreto del Zócalo capitalino, apenas un paso adelante de la línea de meta, con un preliminar de 2 horas, 10 minutos y 3 segundos que le valió el primer lugar de la edición, el grueso de los competidores apenas comenzaba a aproximarse al Centro Histórico, para ir terminando, la gran mayoría, casi cuatro horas después del ganador.

Vienen empujando los grupos de runners, los Guepardos, los Guerreros. Hay personas que han viajado hasta aquí para correr desde Guatemala, Islandia, España; Puebla, Oaxaca, Monterrey: lo indican las banderas o playeras distintivas que portan para esta gala atlética.

Es el festival móvil de las diferencias, de la obstinación y el sufrimiento; del pasito duranguense, el techno y el reggaetón; también es una fiesta de disfraces: de botarga de pollo y de smoking también.

Algunos ya vienen renqueando, arrastrándose con las reservas, pidiendo piernas prestadas, con los puros riñones o por pura inercia. Pero empujan porque desde afuera se les exige, se les ruega, se les azuza o se les motiva. Todo eso viene del gentío que bordea el trazado y que carga cartelones en todos los tonos argumentales.

“Si puedes leer esto, es porque corres muy lento”, dice el mensaje escrito sobre una cartulina verde que aguarda a ser mostrado junto a una carpa donde se están llenando pequeñas bolsitas con refresco de cola, una de varias alternativas para aportar carbohidratos y glucosa en el último tramo de la carrera. También hay naranjas y otras frutas.

Cuando el cuerpo cobra la cuenta

A estas alturas el cuerpo entra en una zona crítica: después de más de tres horas de esfuerzo, las reservas de glucógeno muscular y hepático están muy disminuidas y el organismo depende cada vez más de la oxidación de grasas. Pero las grasas no pueden sostener por sí solas la misma intensidad de esfuerzo. De ahí la importancia de esos pequeños aportes de carbohidratos y, también, de la sensación de que cada grito puede valer una zancada.

Calle Simón Bolívar, el famosísimo pasaje de los instrumentos, bocinas y luces para sonideros. Desde uno de esos locales han atinado a reproducir el inconfundible tema “Eye of the Tiger”, gran éxito de Survivor, famoso por la saga de Rocky.

Bolívar también es sede de la famosa taquería Los Cocuyos, un pequeño local que no tiene sillas, donde se come de pie, que prácticamente nunca duerme y en el que ya está montado el trompo de pastor. Por allí corren los atletas para doblar a la izquierda en República de El Salvador y más adelante hacer lo propio en 20 de Noviembre para tomar la recta final.

Foto: Ricardo Quiroga EE

“Vengo del futuro. ¡Llegaste a la meta!”, expresa una cartulina verde fosforescente que una señora decoró, además, con el rostro de quien se intuye es su hijo. “Anna, estabas chingue y chingue que querías correr la Maratón. Pues ahora la terminas”, reza el mensaje de otra cartulina, pintada con marcadores de agua multicolores y replicantes signos de admiración, por un grupo de mujeres que observan atentas a la marabunta de corredores, esperando encontrarse con la aludida.

Masajes de descarga”, se anuncia a varias alturas de la competencia. Son profesionales de los masajes y la fisioterapia que ofrecen intervenciones en los gemelos, en los aductores, para quienes ya vienen con el rostro desencajado, brincando con un solo pie o definitivamente en brazos de alguien más. A esta altura se usan a destajo los sprays de terapia fría y las pomadas.

Eric, uno de los terapeutas, explica que no se trata sólo de atender a quien acaba de correr un maratón, sino de recordar que el cuerpo acumula tensión también por el transporte, el estrés, el trabajo o las actividades cotidianas. Su mesa ofrece masajes a cambio de cooperación voluntaria. Ya atendieron a tres corredores.

“Al final, además de porque también somos atletas, venimos aquí para hacer conciencia”, dice Eric. Porque #el dolor, como la fatiga, también puede volverse costumbre”.

Los ojos de un corredor

Meta del Maratón de la Ciudad de México, a unos metros del asta bandera del Zócalo capitalino. La modificación de este año hace que los corredores entren directamente por 20 de Noviembre hacia la plancha, en una llegada más frontal.

Francisco Hernández Juárez tiene 59 años y acaba de completar su maratón número 25. Corre acompañado de Gabriel Fabre, su guía. Es invidente desde 1994, cuando un balazo en el ojo derecho le hizo perder la vista. Antes ya corría; después del accidente pensó que no volvería a hacerlo.

“Después de mi accidente valoré muchas cosas. Yo dije: ‘No voy a poder correr jamás’. Pero me puse mis tenis y aquí me ves”, cuenta.

Gabriel es sus ojos durante el recorrido. Llevan más de 15 años corriendo juntos y se comunican mediante un pequeño cordón guía, además de movimientos de la muñeca. Si hay un bache, Gabriel lo acerca hacia él; si la multitud forma un embudo, lo toma para protegerlo.

Francisco ha corrido en Boston, Berlín, Nueva York y Londres. Pero dice que ninguno se parece a éste evento, en su ciudad. “Es la fiesta del corredor”, resume. “Cuando ya no tienes energía, llegas con los gritos de la gente.”

Ya no corre por el podio, asegura. A los 59, corre por disfrutar, por convivir y por estar ahí. Su mensaje para quien todavía no se decide a salir de casa es sencillo: “Que se pongan unos tenis y que salgan a correr. Sé que nos va a pesar, pero nos va a gustar y es algo bueno para nuestra salud”.

Después de 42.195 kilómetros, Francisco y Gabriel cruzan la meta. Detrás de ellos sigue llegando la población de esta ciudad e invitados: disfraces, cartulinas, grupos de corredores, música, extranjeros, vecinos, fisioterapeutas, vendedores y espectadores. El cronómetro podrá ordenar a los corredores por segundos. La ciudad, en cambio, parece haber decidido medirlos de otra manera: por todo aquello que fueron capaces de atravesar para llegar hasta aquí.

Foto: Ricardo Quiroga EE

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