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Opinión

Lectura 8:00 min

Relación de los mundos posibles

Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías?, Armando González Torres, México, Ariel, 2025.

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OpiniónEl Economista

Armando González Torres se plantea qué hacer con las utopías. Lo hace partiendo de un jardín que en la escuela latinoamericana de los Robinsones ya han recorrido en diferente tiempo y signo Pedro Henríquez Ureña, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Ezequiel Martínez Estrada, Eugenio Imaz, Isaac Pardo, Roger Bartra, Fernando Aínsa, Rafael Rojas, Josu Landa y otros autores solitarios que siempre serán pocos para la tradición occidental del tema y, sobre todo, para las enérgicas realidades que históricamente han arraigado en la región.

A grandes rasgos la utopía ha tenido un papel marginal en nuestras letras, tanto en los círculos literarios como en los académicos, lo que resalta aún más la aparición de Jardines en el cielo, volumen que debe leerse del mismo modo en que pudo escribirse: desde la íntima disidencia, desde la solitaria inmersión que comparte el Robinson que ha naufragado y vuelto a nacer para refundar su humanidad en una isla...

Del abundante número de lecturas utópicas que Armando González Torres expande en Jardines en el cielo, no son pocas las coincidencias conceptuales y más específicamente éticas y morales –incluso políticas– que pueden compartirse y que él descifra sin suspicacias consabidas en las diferentes obras de una antigua dimensión literaria que suele observarse con no pocos prejuicios.

II

Tenía que ser la literatura el recurso que desde un principio acogió a la filosofía para llevarla a imaginar y luego concertar el relato de una praxis moral, un escenario al que podemos acudir visitando el Edén bíblico o llamando a los nombres que hace 2 mil 500 años pensaban para bien y trataban de hacerlo de la mejor manera, es decir, dilucidando ordenadamente, con un razonamiento cuya intención en el discurso buscaba influir tanto a partir del origen de una idea como desde la belleza en su dicho.

Lo transmitido –digamos, literariamente– podría recordarse de manera digna gracias a su forma, prescindiendo de la innoble necesidad de ser escrito en detrimento de la memoria, según apelaba Sócrates, el ágrafo más famoso de la historia, y según lo apuntó, este sí de puño y letra, su discípulo Platón. Lo hizo en Fedro, el diálogo sobre el amor, la verdad y la retórica que antecede a República, la utopía más socorrida cuando se desea referir la creación formal de un género que en este caso tuvo como nación primigenia la “ciudad hermosa”, Kallipolis en griego, el sitio donde González Torres comienza sus navegaciones.

III

Como el autor lo sugiere, el noble acto del viaje es estímulo... y es el desplazamiento lo que precede al encuentro de los nuevos mundos. Se sabe que la noción de los tránsitos a voluntad, del tender velas a la mar para fundar la utopía en tierras desconocidas, era unción del devoto –Tomás Moro, Francis Bacon, Johann Valentin Andreä o Tommaso Campanella, por citar a los renacentistas que recoge Jardines en el cielo–, el viaje como símbolo del movimiento para acercarse a dios dejando atrás el esperpento, buscando orden en el caos, persiguiendo la verdad extraviada.

El estímulo, del latín stimulus, lo que antiguamente era una vara con la que se punzaba al ganado para forzarlo a continuar su errancia, tiene un valor superior en la doctrina cristiana: es el impulso para hallar el ánimo y la esperanza, sustentar y elevar; hacerse del aplomo mediante la virtud y el acopio de voluntad que traen la fe y el carácter para transformar, volver a erigir y, si cabe, evolucionar.

De allí el viaje en la utopía, el género de la esperanza, tal como lo llama González Torres, del futuro dispuesto en un no lugar cuando en el mundo en crisis nada más existe. Oscar Wilde imaginó su cartografía en El alma del hombre bajo el socialismo (1891): “Un mapa del mundo que no incluya Utopía no merece ni mirarse pues deja fuera el país en el que la Humanidad está siempre desembarcando. Y al desembarcar allí la Humanidad y ver un país mejor, vuelve a poner proa hacia ella. El progreso es la realización de las utopías”.

IV

La primera impresión de los escenarios iniciáticos seleccionados por Armando González Torres parece vincularse al ensayo “De los jardines” (1625) del inglés Francis Bacon, el autor de La Nueva Atlántida. En aquella obra el sabio empirista sublimó el origen mítico del lugar que encumbra la virtud: “Dios Omnipotente plantó primero un jardín; y, por supuesto, es el más puro placer humano; es el mayor placer para el espíritu del hombre; sin lo cual los edificios y palacios no son más que toscas manufacturas; y podrá verse siempre que, cuando las edades avanzan hacia la civilidad y la elegancia, los hombres edifican con belleza antes que hacer jardines delicados; como si la jardinería fuese la mayor perfección”.1

Desde un sentido crítico dispuesto generosamente incluso para quienes apenas se asoman a esos frágiles universos, Jardines en el cielo describe las más ilustres sociedades que la imaginación literaria ha revelado como entornos míticos, ciudades ideales construidas como quien modela un jardín habitable que en el canon se ha extendido de la utopía de la Grecia clásica a las ficciones científicas y fantásticas de los siglos XX y XXI.

V

Con título análogo a Fuegos bajo el agua (1983), el bello estudio sobre la invención de la utopía del venezolano Isaac J. Pardo, Jardines en el cielo abona al sentido del pensamiento humanista en las letras. Por encima de la certeza en sus interpretaciones, de la amplitud de fuentes, sus páginas desdoblan una guía gentil para el lector que indaga en otras formas de realidad donde lo habitable se ha vuelto crítico y donde cabe imaginar un lugar existencialmente distinto bajo perspectivas que a lo largo de los siglos se han trazado como horizontes que dan sentido a lo que puede elegirse o trascenderse. Esas pautas vitales, incluso en sus anomalías distópicas –donde no faltan las historias de Orwell, Bradbury, Huxley, Zamiatin–, son en este libro ventanas dispuestas para reconocerse en uno y en los otros.

VI

Vislumbres de los últimos días...

Primer vislumbre:

Un artículo en la revista The Atlantic que titula: “Los adolescentes resucitan el mito predilecto de Himmler”.

El texto del reportero Ali Breland cuenta cómo el futuro ministro del Interior Heinrich Himmler y otros ocultistas del Tercer Reich se obsesionaron con la idea de que la “raza aria” no era fruto de la evolución sino que descendía de seres semidivinos que abandonaron los cielos para fundar una civilización secreta en la Tierra, quizá bajo el territorio de Asia Central.

Citando a Breland, “Himmler, jefe máximo de las SS, quedó tan cautivado por la posibilidad de encontrar lo que él consideraba una prueba celestial de la superioridad de la etnia blanca que en 1938 financió una expedición de sus fuerzas policiacas al Tíbet con la esperanza de hallar su utopía, según relata Black Sun, la historia del ocultismo nazi publicada en 2001 por el historiador británico Nicholas Goodrick-Clarke”.

“Casi un siglo después, esta alucinación de una civilización aria perdida, denominada Agartha, ha resurgido con fuerza, esta vez entre adolescentes que difunden memes en internet. Durante el último año –2025–, los memes sobre Agartha –ciudad mística subterránea con sede en el centro de la Tierra, habitada por seres de cabellos rubios y ojos azules– no han dejado de viralizarse y se han convertido en un elemento habitual de la cultura juvenil en la red”, tanto –digo yo, cerrando la cita–, que la iconografía que suma pirámides, ovnis en la Antártida, judíos usureros, ya ha comenzado a salir de canales como los de la Casa Blanca, cabeza de lista de una serie de instituciones de gobierno donde la propaganda de la misma tendencia ya demuestra que ocupa un lugar en el espacio y tiene peso.

Si bien objetivamente no puede considerarse que sea una línea de comunicación oficial, para los supremacistas blancos estadunidenses el aluvión agarthiano en redes es un triunfo de su movimiento, sobre todo reflejado en las generaciones más jóvenes.

Segundo vislumbre:

Un imagen del cartonista Matthew Reuter en The New Yorker:

En una madrugada fría y nevada un auto solitario circula por una autopista donde una señal de tránsito advierte: “Condiciones distópicas más adelante. Sea precavido”.

Jardines en el cielo, más que oportuno, parece de algún modo necesario: un libro que convendría leerse como una obra de referencia, como una relación que da luces sobre lo mejor y lo peor de los mundos posibles.2

1 Francis Bacon, “De los jardines”, en Ensayos (trad. Luis Escobar Bareño), Madrid, Aguilar, 1965.

2 Texto leído en la presentación del libro Jardines en el cielo. Casa Marie-Jo y Octavio Paz, Ciudad de México.

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