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Arte e Ideas

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La literatura escrita por mujeres también es universal: Claudia Piñeiro

La escritora argentina habla sobre el trabajo literario de las mujeres y su reto para escribir cuento. 

Foto EE: Mariana Ampudia

La argentina Claudia Piñeiro estuvo presente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para participar de una lectura polifónica entre varias ganadoras del Premio Sor Juana, y aprovechamos para hablar con ella sobre el rol del género dentro de las letras. 

—La literatura escrita por mujeres no es lo mismo que la “literatura femenina”, ¿cómo la definirías entonces?

—Yo creo que durante muchos años las mujeres nos hemos enojado mucho cuando alguien habla de literatura femenina, y decimos que hay literatura escrita por hombres y mujeres, porque siempre se apela a la literatura femenina desde lo peyorativo. Y es que nos han entrenado durante siglos a armar el universal desde el hombre. 

Si nos dicen “lee Carta al padre de Kafka o La invención de la soledad de Paul Auster, no dudamos en leerlos porque no sentimos que vamos a estar excluidas de esos textos, aunque hayan sido libros de padres e hijos. Si vos le das a un hombre escrito por una mujer que trata sobre un tema de madre e hija, duda si es para él. Y es que no les han enseñado a armar el universal a partir de la diferencia, que es la otra. 

—Y entonces, ¿cómo ha cambiando esto?, ¿en qué hemos avanzado?

—Hace poco que empezamos a pelearnos contra eso, porque ya basta. Queremos que nos visibilicen y nos den el lugar que nos corresponde. A veces hay diferencias cuando uno lee a un autor mujer u hombre, pero porque también hay una diferencia entre leer a un mexicano y un argentino, o cuando lees a un chino o un sueco, porque tenemos cosmovisiones diferentes. Porque miramos al mundo de manera diferente, incluso entre las mismas mujeres. 

Este fuerte rechazo de enseguida surge desde la subestimación y lo peyorativo. Y en ese sentido aprendimos que ya no nos ofende estar todas juntas y decir “somos mujeres escritoras y vamos a pelear por el lugar que nos corresponde?

—¿Qué opinas de que el premio Sor Juana, que tú ganaste en el 2010, sea sólo para mujeres?

—Porque todavía no hemos llegado a la paridad y a la igualdad. Cuando ya no haga falta forzar esa visibilización, a lo mejor no harán falta premios donde solamente participen mujeres. Pero todavía esa paridad no es un hecho, estamos luchando por ello

Estos premios, como el Sor Juana sirven para darle visibilidad a mujeres que mucha gente, las mismas mujeres, no leerían. 

—En tu libro Quién no lo primero que nos presentas son dos personajes masculinos que fracasaron, pero no saben bien por qué... cuéntanos sobre el trabajo de darles voz.

—En el volumen hay un cuento sobre el aborto, un tema muy batallado este año en argentina, y da cuenta de los tiempos y de la lucha de las mujeres en mi país, pero comenzar el tomo con este cuento era como  montarme sobre la situación demasiado directamente.  

Pero este cuento que mencionas habla de dos hombres que no saben como ubicarse, que porque se separaron no saben cómo ejercer la paternidad. Están aprendiendo, tienen voluntad, pero no tiene quien les diga cómo. 

Yo veo que las mujeres estamos rodeadas de un montón de hombres que con este movimiento  de tanta visibilidad, empuje y lucha, están como dubitativos, desconcertados, incluso los hombres que nos quieren acompañar en este proceso. 

—¿Puedes profundizar sobre este acompañamiento?

—En Argentina se ha popularizado mucho la palabra sororidad, que tiene que ver con el encuentro de mujeres que se ayudan entre sí, para diferenciarse de la palabra fraternidad, que viene de fratello, hermano. Sororidad tiene que ver son sor, que es hermana. 

Creo que cuando se define esta palabra, este neologismo, nace una manera diferente de acompañarnos desde lo femenino. Y me parece que esos hombres, sin arruinar el final del cuento, pueden ponerse en el lugar del otro y ayudarse, al revés de lo que una espera que va a pasar es casi una cuestión de sororidad masculina, de abrazarse, acompañarse 

—En cuanto a la colección de cuentos de Quién no, ¿cómo llega esa explosión de genialidad, ese momento en el que develas el final de la historia?

—En el cuento van dos historias paralelas, una que es la que vas leyendo y una que es la que se revela al final. Y entonces eso genera una sorpresa, la revelación de esa segunda historia que se estaba contando por debajo. Yo cuando siento que llega esa revelación, ahí termino el cuento. 

Mi cabeza esta formateada para la novela. Naturalmente yo me siento cómoda en la novela y es como ¡mi zona de confort. Escribir un cuento es un desafío para mí. Estos cuentos de Quién no siempre surgieron porque fueron pedidos que fueran cuentos, para colecciones, antologías o diarios. 

—En cuanto a tus temas y la naturalidad de tus personajes, ¿cómo los concibes? 

—Es una extrañeza de lo raro. Los personajes pueden ser tu familia, los vecinos, tú misma. Pero lo que les sucede es como un desajuste en el que dicen “esto no me debería estar pasando, pero qué voy a hacer frente a esta situación”. Lo raro en el libro tiene que ver con eso. 

A mí me gusta algo que que dijo Anton Chejov, que me encanta, además de como autor dramático, como cuentista, y es que alguien le dijo con respecto a sus personajes que eran cotidianos, y él explicó que no siempre el drama está escalando el Himalaya. A veces el drama está en un matrimonio comiendo un plato de fideo sin hablarse una noche. Y es esa historia que está por debajo la que genera mucho suspenso. 

—¿Cómo percibes a los lectores mexicanos?

—En cuanto a la calidad de lectores, no creo que en Argentina y México seamos muy diferentes. Lo que me parece que es sustancial para la diferencia en la formación de lectores es el aporte que hace el estado en esas políticas. 

Donde está la gran diferencia es que hay estados que invierten en formar nuevos lectores y en hacer que sean cada vez más sofisticados. Por circunstancias económicas o porque no les interesa invertir en cultura, educación y literatura. Me da la impresión de que en México están bastante mejor, y una muestra es la Feria del Libro de Guadalajara. 

mariana.ampudia@eleconomista.mx

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