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Esto. Es. Sexy
El cuerpo es un objeto; un objeto hermoso
“No te olvides de mí”, susurra la foto de Joel-Peter Witkin. Susurraría si tuviera cabeza, eso es. Witkin, conocido por sus fotos macabras, retrató un cadáver guillotinado en Francia, víctima del olvido pues nunca se reclamaron sus restos.
Helos aquí convertidos en objeto de arte. Es un cuerpo obeso, abotargado. “No te olvides de mí”. Su identidad es la sangre del cuello y las sábanas que le rodean, haciendo una mueca a los desnudos clásicos, todo velos y organdí. Estas sábanas witkinianas remiten a los hospitales, los sudarios y desde luego la morgue de la que el fotógrafo sacó el fiambre. La imagen es de una poesía que habrían admirado Rimbaud o Baudelaire. Requiere también estómago. Es, en efecto, inolvidable.
La parte más bella, exposición fotográfica del Museo de Arte Moderno, es así de inolvidable. No todas las fotos tienen ese efecto de shock al que Witkin es tan afecto, la mayoría son hermosas. ¿Quieren una definición de lo sexy? Recorran La parte más bella.
He ahí la pregunta: ¿cuál es la parte más bella del cuerpo humano, sea masculino o femenino? Quizá ese donde la cintura se junta con la cadera e invita a bajar, un dedo más, un dedo más, hacia abajo: el punto del placer.
Quizá sea la espalda baja, justo arriba de las nalgas, donde el cuerpo se vuelve flexible, torero que invita a la embestida.
Homoerotismo y diosas de la fertilidad
La parte más bella es una exposición extensa: 115 fotografías de 64 artistas de diversas generaciones y nacionalidades.
Artistas como Robert Mapplethorpe o Sebastiaõ Salgado o Francisco Toledo. U otros menos famosos, pero igual de divinos como John O’Reilly o George Dureau, el maestro de Mapplethorpe.
El recorrido es cortesía de Pedro Slim, coleccionista, curador y fotógrafo él mismo (hay una obra suya en exhibición; no se le puede acusar de ególatra) que lleva décadas juntando desnudos. En ellos hay erotismo, curiosidad, inocencia y ultraje (volvemos a Witkin).
Muchas son fotos homoeróticas, la última frontera del desnudo. Prostitutos o hustlers que a cambio de unas monedas posan para el artista: otra forma de placer sexual.
El placer homoerótico rezuma de las paredes: el box, la lucha, el trabajo físico. Son hermosos hombres que, si no están luchando, están cogiendo.
Está el dedo hundido de Ralph Gibson en el túnel de un trasero blanco como la pureza perdida. Están los jóvenes perdidos también en las placas de Larry Clark —el mismo que escandalizó los años 90 con su cinta Kids—, chutándose las venas o jugando a darse un tiro en la cabeza. Sí, esas imágenes tan bárbaras también tienen su lado sexy: no puedes tener erotismo sin una cubetada de peligro.
El vello púbico erizado que es una promesa, como toda promesa lleva en sí algo de incierto, ese misterio que aguarda debajo de la ropa interior.
No solo hay hombres. Hay decenas de desnudos femeninos que rompen convenciones. Mujeres que son diosas de la fertilidad, con pezones que se levantan como posando. No es el rostro el que da la identidad y la belleza; son esas rotundas tetas las que se nos entregan como regalo.
También está la fusión de lo femenino y lo masculino en los retratos de los muxes (hombres oaxaqueños cuya identidad, celebrada por su comunidad, es femenina) de Graciela Iturbide. También en el retrato de la famosa Drag Queen Divine, héroe de las películas freaks de Johny Waters, tomado por Anthony Friedkin.
Armas secretas, promesas, anonimatos y otros que no son tantos (están las famosas fotos del primer
queer mexicano, Chucho Reyes, tomadas por el tapatío Librado García, allá por los albores del siglo XX), penes erectos y otros que en reposo retan la frontera entre el objeto del deseo y la aberración.
Sin duda La parte más bella es una exposición reveladora.
Museo de Arte Moderno
Reforma y Gandhi, Bosque de Chapultepec
Martes a domingo, de 10 am a 5 pm
Entrada: $60
concepcion.moreno@eleconomista.mx