La salida de la Ciudad de México hacia el estado de Morelos es inusual: es viernes y la autopista tiene un tráfico muy fluido usualmente esta vía es un caos salir de la capital del país a pesar de que las autoridades han suspendido el cobro de peaje. La emergencia continúa: han pasado casi 72 horas del temblor de magnitud 7.1 que golpeó severamente la capital del país, pero también dejo devastación en Morelos, entidad más cercana al epicentro del movimiento.

Voy en una camioneta con Miguel y David, dos jóvenes que viven en la Ciudad de México y reunieron agua, víveres, ropa, cobijas y artículos de higiene para entregar a centros de acopio en Morelos y acercar lo más posible la ayuda a los afectados, en respuesta al llamado que se ha hecho tanto en medios como redes sociales para también apoyar a esta entidad en la que el terremoto dejo daños severos. Las autoridades afirman que el saldo fue de 73 personas fallecidas, y más de 20,000 casas, escuelas, edificios históricos e inmuebles dañados, según cifras oficiales.

Desde la salida a la Ciudad de México se perciben los primeros rastros de la afectación. Grandes piedras que cayeron tras el sismo aún están a la orilla de la autopista aunque no la bloquean. A nuestro lado pasan autos y camionetas cargados con bolsas de ropa, víveres, papel higiénico, y voluntarios. Está imagen se repetirá en nuestro breve recorrido a lo largo del Estado.

La primera parada es en el municipio de Xochitepec. Llegamos al Palacio Municipal donde brigadistas y voluntarios, vecinos de Morelos y brigadistas de la Ciudad de México, han habilitado un centro de acopio para armar despensas y distribuir la ayuda a las zonas más necesitadas. Aquí hay mujeres, hombres y niños, todos trabajando por igual.

"Anoche (jueves) llegué con un camión con acopio que se reunió en la Ciudad de México. Tenemos compañeros de Xochitepec, y de comunidades alrededor que están monitoreando con los pobladores para conocer las necesidades reales y poder mandar camionetas con personas de nuestras brigadas para entregar las despensas, no en otros centros de acopio sino a las familias afectadas directamente", dice Montserrat, una voluntaria de la Ciudad de México, egresada de la UNAM.

Lo que necesitan es leche, papel higiénico, un botiquín, despensa básica; granos, aceite, sal y azúcar, alimentos no perecederos, tazas y platos de plástico que no sean desechables. Y relevos para continuar los trabajos en las noches, algo que cada vez es más difícil encontrar.

"Nosotros ahorita no tenemos fecha de regreso. Si están llegando transportes, estamos mandando gente tanto brigadistas como de transporte para que uno verifique la entrega de lo que se está mandando y el otro pueda llegar a las comunidades que se requieren", asegura.

Pero eso no ocurrirá en otros lugares. A lo largo del camino descubriríamos que los centros de acopio comienzan a retirarse y los voluntarios regresarán a sus labores la próxima semana, diluyéndose así las labores de entrega de los apoyos y remoción de escombros. Este será uno de los problemas por venir: la continuidad del apoyo durante la fase de reconstrucción.

Ayudar no ha sido fácil. Los voluntarios se enfrentan a desafíos como falsas alarmas hasta las inclemencias del tiempo: "nos llovió muy fuerte y se arruino casi la mitad de las cajas que ya habíamos preparado para mandarse hoy, se tuvieron que desbaratar y volver a hacer en bolsas. Sería importante si nos pudieran mandar bolsas de plástico, de preferencia transparentes y más o menos grandes para ahí armar las despensas".

Miguel es propietario de una casa en un conjunto habitacional construido hace no más de cinco años. A la vista no hay daños significativos alrededor, solo una barda caída. Al interior de su casa tampoco se perciben efectos significativos, solo ciertas fisuras en las paredes y una vajilla rota en el suelo de la cocina. Pero esta misma suerte no sería para los habitantes de los municipios vecinos.

De Xochitepec vamos rumbo a Zacatepec, un municipio que está a 22 kilómetros de distancia, y donde planeamos una segunda escala. El camino comienza a dar más señales de la destrucción: caminos cerrados, piedras sobre el camino y bardas derrumbadas.

A lo largo del camino, la radio local que transmite desde la histórica ciudad de Cuautla, en Morelos, anuncia reiteradamente: "si llevas apoyo y te lo han querido confiscar, o no te dejan entregarlo, contáctanos, nosotros te podemos ayudar". Y es que ha surgido información sobre presuntos bloqueos de las autoridades estatales a la ayuda, quienes no permiten donaciones directas a los afectados sino a través de aquellos centros de acopio habilitados por el gobierno.

"Ya ha habido bastantes problemas con los centros de acopio, sobre todo con los gubernamentales así que ya estamos yendo directamente a las zonas afectadas", advertiría posteriormente Marcela, una voluntaria de un centro de acopio de Zacatepec.

En la radio local también se difunde el caso de la ayuda de una organización llamada Fundación del Árbol de la Esperanza: "No puede ser que politicen toda esta ayuda que están llegando a los pueblos. No puede ser posible que el Ayuntamiento de Amacuzac no nos dejaran entregar la ayuda a las personas que lo necesitaran y fue así que nos tuvimos que ir a otro punto".

Llegamos a Zacatepec. La torre del viejo ingenio azucarero y el nuevo estadio de futbol del equipo local contrastan con las escuelas derrumbadas, inmuebles a punto de colapsar y casas completamente hechas polvo. Entre las calles acordonadas, los niños no pierden la alegría y juegan como si fuera un día más.

Nos detenemos en una calle donde ahora existen construcciones con grietas y cristales rotos. Pero es necesario ir más al fondo para apreciar la verdadera devastación. A unos pasos está la terminal de autobuses de la línea Pullman de Morelos que está cerrada y parece que está por caer. Al doblar en la esquina, la calle está prácticamente destrozada: casas derrumbadas, algunos vecinos sacando sus pertenencias. Una señora, al pasar, se lamenta: "se cayeron las casas más bonitas de Zacatepec".

Sentada en la calle está una joven, fuera de una casa que alguna vez fue dos pisos. Ella cuenta que ahí vivía con su mamá y su hermano, pero lograron salir antes de que cayera. Ahora están en casa de su abuela y están en la espera alguna ayuda del gobierno.

"Vinieron unas personas a que nos anotáramos en una lista donde nos anotamos todos los afectados pero nada más. No han regresado y no hemos recibido nada", dice la joven que pide ser llamada "María".

Un hombre, visiblemente molesto, se acerca y espeta: "ustedes 'nomás' vienen de chismosos a ver qué hay, a ver qué se pueden llevar pero no vienen a ayudar". Al explicarle que hemos traído ayuda al centro de acopio, revira: "pues a nosotros nadie nos manda ayuda".

Tras dejar una parte de la ayuda en centro de acopio, decidimos tomar camino hacia Jojutla, uno de los municipios más afectados por el sismo en Morelos, a menos de 10 kilómetros de Zacatepec. La salida de este municipio no es menos desalentadora.

A solo cinco minutos de haber retomado el camino, el tráfico se encuentra prácticamente detenido. Los vehículos se han estacionado en una fila de más de dos kilómetros. Pasan 30 minutos y no logramos avanzar más de 50 metros. Los conductores de los vehículos que vienen de regreso aseguran que sí hay paso pero está muy restringido. Decidimos dar la vuelta para no alimentar la espera de aquellos que llevan brigadistas voluntarios y volúmenes grandes de ayuda, sobre todo medicamento.

Ya de regreso, contacto a Ilse y Leonardo, una joven pareja originaria de la Ciudad de México que vive en Moyotepec, un municipio que está a una hora de la histórica ciudad Cuautla. Ellos aseguran que precisamente en esta ciudad, los brigadistas y voluntarios están pidiendo apoyo en víveres y voluntarios para llevar la ayuda a zonas donde aún no se ha llegado, principalmente en la región conocida como Los Altos de Morelos así como en las zonas cercanas al volcán Popocatépetl.

Emprendemos el camino a Cuautla. Entramos por Tlalquitenango, localidad donde se encuentra el famoso parque acuático El Rollo. A la entrada se lee un letrero que dice: "No se detengan hasta el centro". Enseguida aparecen algunas personas sentadas bajo una sombrilla con cartulinas que tienen escrito frasea como "Necesitamos apoyo" o "En los centros de acopio no nos dan nada".

Pensamos en dejar algo de ayuda pero no estamos seguros. Leonardo nos explicaría después qué hay muchos oportunistas que incluso piden dinero pero no se destina a los damnificados.

Tlalquitenango es otro municipio que ha sufrido daños: postes tirados, bardas caídas, escuelas agrietadas. Vemos muchos brigadistas y camionetas con apoyo así que decidimos seguir a Cuautla. La estatua de Emiliano Zapata, el héroe local y líder revolucionario, que nos despide de Tlalquitenango, sigue en pie, vigilante.

El paisaje parece de ensueño: las montañas pintan de un color verde, vibrante, producto de las lluvias que casi todos los días ha caído en el verano, en la region. Es difícil pensar que en medio de la belleza de las montañas reverdecientes se esconda la tragedia y la destrucción provocada, irónicamente, por la misma naturaleza.

En el camino no hay casi contratiempos excepto algunos cierres y desviaciones que no son producto del sismo sino de las condiciones de descuido que viven los caminos del interior del Estado desde hace varios años.

Al llegar al pueblo de Villa de Ayala, se perciben nuevamente los efectos del sismo con calles acordonadas y bardas caídas.

Llegamos a Cuautla. Leonardo e Ilse nos reciben a la entrada del Santuario del Señor del Pueblo, una de las principales Iglesias de la ciudad. Tras el sismo, el campanario colapsó. Y a pesar de que la construcción está acordonada, al interior se pueden ver feligreses que asisten a misa.

La pareja nos da un recorrido por la ciudad que si bien no luce tam devastada como las localidades cercanas a Jojutla, sí se aprecia que Iglesias, edificios viejos, escuelas y negocios ahora tiene grietas; las calles aún lucen con escombros producto de la caída de bardas y fachadas. Pasamos por un cementerio donde la barda se ha caído casi por completo. Las cruces y las criptas ahora están a la vista de todos: "parece como si los muertos quisieran despertar", dice Leonardo.

Nos dirigimos a un centro de acopio donde, asegura Leonardo, ellos tienen un control sobre la ayuda y la distribuyen a localidades lejanas: "llevan un censo de lo que entregas y hasta te invitan a que vayas a dejarla con ellos", dice.

"Ya no estamos recibiendo nada, ya no nos podemos comprometer a enviarla. Vamos a enviar el último cargamento pero ya se va a embodegar para repartirse en dos o tres semanas. Ya estamos sobre pasados, ya no tenemos manos y nos falta transporte para hacerla llegar", dice Inés, quién es dentista y asegura que ya no realizarán más acopio pues también ellos tienen que regresar a trabajar.

La voluntaria también advierte que se está rechazando mucha comida enlatada porque las poblaciones lejanas, de difícil acceso, no están acostumbrados a comer atún; asegura que ellos prefieren arroz, frijoles y tortillas.

Preguntando entre los brigadistas donde podríamos entregar apoyo, nos informan que en Tetelcingo, a casi 10 kilómetros de Cuautla, se ha desalojado una unidad habitacional porque está a punto de colapsar. En esta localidad se encuentra la capilla Santa Cruz, donde falleció un menor de 13 años al quedar aplastado en los escombros cuando la capilla colapsó por el terremoto.

Decidimos acompañar a algunos voluntarios para llevar los víveres que ya no pudieron ser cargados en el último camión que envió este centro de acopio.

Tardamos alrededor de 15 minutos en llegar. Entramos a la Unidad Habitacional Tetelcingo y lo primero que vemos es un mega campamento en un parque en medio del edificio. Más de una decena de edificios están acordonados con una cruz roja. Es la marca que los edificios son inhabitables.

Nos recibe Jaime, quién está coordinando la recepción y distribución de víveres, cobijas, ropa y ayuda en general a los vecinos de la unidad. Asegura que los peritos de Protección Civil determinó que los edificios han quedado dañados y son inhabitables.

"Somos casi 400 familias las que fuimos desalojadas. Ya nos hablamos con el presidente (municipal) Raúl Tadeo y nos dijo que se comprometió a hablar con el gobernador Graco Ramírez para ver cómo nos van a ayudar", dice.

Descargamos lo que queda de ayuda. La noche ha llegado y el campamento quedó en penumbras. Un grupo de religiosos pregona en altavoces, entre lamentos y rezos, que el único consuelo a la tragedia está en "dios".

El cielo se empieza a iluminar con relámpagos y truenos. No es la respuesta a los rezos de un ser superior sino el aviso de que se avecina otra noche de tormenta. Es la cuarta noche después de una tragedia que aún no termina. A la vuelta de la esquina está el escenario donde la ayuda dejará de fluir y las inclemencias del tiempo complicarán la ya difícil situación.

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