A diferencia del 2012, hoy ninguna mujer tiene posibilidad de llegar a ser titular del Ejecutivo federal; la única que aparecerá en las boletas difícilmente podría superar la intención de voto que las diversas encuestas dicen que tiene.

Pero, gracias a la exigencia de paridad de género en las candidaturas, es previsible que en esta elección veamos más candidatas a cargos de elección popular. Al menos en las listas de candidatos plurinominales al Senado presentadas por los partidos Acción Nacional, de la revolución Democrática  y Morena, sí se ve reflejado el ordenamiento.

Eso es lo formal. Pero, ¿qué tanto juego tendrán las mujeres en esta elección? Vamos por partes. Las esposas de los candidatos no tienen un papel oficial definido en las campañas, pero son parte de lo que se denomina soft power, un aditamento nada despreciable cuando de conseguir el voto se trata. Ya lo vimos con Angélica Rivera. Pero esta vez, los perfiles de las esposas de los candidatos corresponden a mujeres profesionistas, bien educadas, madres de familia y amas de casa.

Por lo que toca a Juana Cuevas, esposa de José Antonio Meade, es una mujer carismática, agradable, que sabe estar. Economista de profesión, pero más involucrada en asuntos culturales, Juana parece ser un plus en la campaña de Meade, aunque sea criticada por hacer la compra.

De Beatriz Gutiérrez Müller se conocen más datos. Además de que le da por cantar, tiene un doctorado en literatura. Como comunicóloga, trabajó en el sector público y conoce los tejes y manejes de la grilla. Da la impresión de ser una mujer brillante por sí misma y de que tiene un ascendiente muy particular sobre su marido, quizá es la consejera áulica y defensora por excelencia de López Obrador.

Carolina Martínez, esposa de Ricardo Anaya, es una mujer joven y guapa. Administradora de empresas de profesión, parece dedicarse de lleno a la crianza de sus hijos, lejos de las actividades políticas; ello explica su bajo perfil. Ella y su marido son los más jóvenes de todas las parejas contendientes.

Están, por otra parte, las mujeres que participan en política por sí mismas. En las candidaturas plurinominales para el Senado tenemos un catálogo variopinto en cuanto edad —sigo impresionada por la candidatura de doña Ifigenia Martínez, con 93 años encima—, formación académica, ideologías, cohorte política, etcétera.

El PAN candidateó básicamente a militantes de largo cuño, como Cecilia Romero, Josefina Vázquez Mota y Kenia López Rabadán, las que además cuentan con indiscutible experiencia legislativa. Las otras candidatas son panistas regionales, como Indira de Jesús Rosales, de Veracruz; Adriana Aguilar, de Sonora; Eloísa Talavera, de Baja California y actualmente diputada federal; y la jalisciense Maribel Vargas.

En el caso del PAN, se ve claramente una selección cuidadosa de perfiles, por experiencia, la representación regional, de grupos internos y de las edades. Quiero suponer que la selección dejó satisfecha a buena parte del PAN.

El PRD muestra su declive; presentó dos candidatas con perfiles interesantes, con buena formación profesional en ámbitos distintos. En el primer lugar puso a Xóchitl Gálvez, ingeniera en sistemas, quien hasta hace no mucho tiempo era panista de hueso colorado. Al ser electa delegada en Miguel Hidalgo, dijo que si no cumplía los tres años en el cargo, vendería su casa y entregaría el monto a los padres salesianos para proyectos educativos. Vamos a ver si cumple la promesa, aunque al menos hay que reconocerle que puso el anuncio de venta. En el tercer espacio, el PRD ubicó a un cuadro propio: Adriana Ortiz Ortega, politóloga y académica, especialista en temas de género, perredista y activista en favor de la diversidad sexual.

La lista de Morena es francamente estridente. Además de doña Ifigenia —que según se dice no ha renunciado al PRD— están otras mujeres como la michoacana Blanca Piña, que encabeza la lista; la exmagistrada Olga Sánchez Cordero, nombrada integrante de la Suprema Corte por el expresidente Zedillo en 1995, cargo que dejó 20 años después y cuya actuación en el juicio de Florence Cassez fue muy cuestionada; la exdiputada quintanarroense Maribel Villegas, seleccionada mediante el método de tómbola, y que pasó por varios partidos antes de recalar en Morena; e Imelda Castro, exregidora perredista de Culiacán, que se sumó recién a Morena. Falta el perfil más polémico de la lista: Nestora Salgado una mujer de armas tomar, literal.

Guerrerense, migró a Estados Unidos desde muy joven, huyendo del maltrato de su marido. Regresó a su natal Olinalá en el 2004; al ver el deterioro provocado por las actividades del crimen organizado, se unió a la policía comunitaria indígena, que la eligió su comandanta. Se dice que cuando Nestora se hizo cargo, la paz regresó al municipio. Pero todo acabó cuando Nestora detuvo a un regidor en pleno abigeo y éste la acusó de haberlo secuestrado. Aquí es donde la historia se bifurca. Los defensores de Salgado aseguran que fue detenida ilegal e injustificadamente en agosto del 2013, por una acusación de secuestro y extorsión sin pruebas suficientes, lo que hacía presumir la existencia de una presión por parte del gobierno de Guerrero. La defensoría legal de Nestora contó con el apoyo del Grupo de Trabajo de la ONU sobre Detención Arbitraria; no se le comprobó ninguno de los delitos que le atribuyeron, por lo que Nestora fue liberada en marzo del 2016. Quienes la defienden la ven prácticamente como una santa; quienes la critican, la tachan de ser una vil secuestradora.

Me parece que, teóricamente, una persona que vivió una situación de cárcel, especialmente si fue una condena injusta, tendría que ver restaurados sus derechos políticos activos y pasivos sin mayor trámite al salir de prisión. El problema surge cuando existe duda sobre “el modo honesto de vivir” pasado y no me refiero a temas personales y privados, sino aspectos públicos de una biografía. Sabemos que muchos líderes sociales fueron encarcelados y posteriormente fueron legisladores. Ahí está Rosario Ibarra de Piedra. Pero una cosa fue la insurgencia estudiantil o la defensa de los derechos humanos y otra muy distinta, el secuestro. No estoy dando por sentado que Nestora Salgado fuese secuestradora, pero lo que me parece importantísimo es que las candidaturas a cargos de elección sean asignadas a personas que no sólo cumplan el perfil necesario para el cargo, sino que sean y parezcan tan honorables como la mujer del César. Al parecer, Nestora tiene doble nacionalidad (lo mismo que Napoleón Gómez Urrutia), lo que, de ser cierto, derrumbaría su candidatura.

En cuanto a las candidatas plurinominales del PRI al Senado, seguramente veremos algunas caras conocidas: Claudia Ruiz Massieu, Sylvana Beltrones y Nuvia Mayorga. 

Por lo que hace a las candidatas a jefas de gobierno locales y gobernadoras, los perfiles de Claudia Sheinbaum y Alejandra Barrales son conocidos; el de Martha Ericka Alonso, esposa del exgobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle parece ser una reproducción local del caso de Margarita Zavala.

Queda ver cuántas mujeres son candidateadas para las 300 diputaciones federales por mayoría. Ojalá en el Congreso el porcentaje de legisladoras supere 41% actual. Sería deseable ver también paridad en el Ejecutivo, ¿no? Siempre, competentes e idóneas para el cargo.