Todo inició con una tosecita. Dos cof-cof y un resuello comprometido de la abuela de los Aguilar Ramírez, de Ocotlán, Oaxaca, presagiaron ocho semanas de miedo, tristeza, ansiedad, abatimiento, incertidumbre, dolor y rabia.

Todo eso les llevó la pandemia de la Covid-19 a su casa en forma de una pesadilla cruel de la que quienes pudieron despertar acusan secuelas.

De la última semana de octubre a la última de noviembre, los habitantes de la casa azul, la de la tienda en el camino a San Antonino, vivieron el contagio de la abuela María Magdalena, sus hijos Ramiro y Edgar y la hija de este último, la flaquita que padeció de asma.

Los únicos que no se contagiaron fueron Aurea, esposa de Edgar, el pequeño “Edgarito”, como le dicen, y Astrid, la quinceañera.

La abuela murió intubada el 20 de noviembre en un hospital de la ciudad de Oaxaca, un día después de que a su hijo Ramiro lo intubaron en un hospital de San Bartolo, donde falleció tres semanas después.

Edgar, quien estaba internado en el mismo hospital que su madre, recibió la noticia del deceso en la cama. Una enfermera se le acercó para preguntarle ¿No va a ir a despedirse de su mamá?

—“¿Ya la van a dar de alta?”, contestó con otra pregunta.

—“No. Acaba de fallecer. Vaya”, le ordenó.

Comenzó el duelo (uno diferente) por la pérdida de su señora madre dentro del hospital.

Cada uno de los integrantes de esa familia padecieron la mordedura de la enfermedad no sólo en lo físico, sino también en lo mental.

La abuela tenía miedo. Por eso ni se quejaba, complacida con el primer diagnóstico de su doctora de cabecera: sólo es una infección en la garganta, le dijo.

Cuando le hicieron la prueba, porque le faltaba el aire, salió positiva a SARS-CoV-2 Covid-19, decía la hoja. Y le echó la culpa a la tienda y, desde aquella cama de hospital, pedía, vía videollamada, que la cerraran y se apartaran de ella.

Los gemelos, como les llaman a Ramiro y Edgar, se inundaron de ansiedad y angustia cuando la ambulancia se llevó a su madre. Se veían ansiosos; lloraban de miedo. Dicen que hasta temblaban.

La señorita que resultó contagiada fue presa de la incertidumbre y la ausencia de la abuela, su papá Edgar y su papá Ramiro, como también le decía al tío (al final eran igualitos). Vivió unas semanas encerrada en un cuarto con ventanas tapiadas con mosquitero.

Acudió a ayuda profesional en su universidad, donde recibió una contención emocional por duelo.

Mientras, la otra jovencita y el niño fueron víctimas del miedo, confusión y el susto.

Doña Aurea cuenta que, de pronto, ella como que estaba ida, con episodios de estrés, angustia y miedo. Dice que eso todavía le pasa.

Estuvo en riesgo de pasar de una tristeza profunda, a una crisis de depresión. Llevó buena parte de la carga. Su círculo de apoyo estaba lejos y la familia del esposo, casi toda se le convirtió en monserga. Salió adelante con el apoyo de autoridades municipales, familiares y conocidos.

Eso es sólo un asomo al agrio episodio de eso que llaman en el pueblo donde ocurrió esta historia, como aquello que deja ver lo bueno y lo malo que la gente lleva dentro, pues una parte de la familia de la abuela le espetó a Aurea que sería su culpa si algo les pasara a la señora y los gemelos por haberlos hospitalizado.

Hubo una voz vieja que le aseguró que lo que le pasaba era la consecuencia de no haber mandado ya al pequeño Edgar a la doctrina y no estar tan cerca de la iglesia.

También es una muestra de cómo se vive a ras de tierra lo que los psicólogos llaman reacciones a nivel emocional por la pandemia.

La psicóloga Clara Santiago Aguilar, explica que cuando alguien enfrenta una tristeza muy grande bajan sus defensas. Debido a la pandemia, asegura la especialista, muchas familias se están intoxicando emocionalmente y buscan culpables para sobrellevar sus propias culpas.

La especialista destaca que, en estos casos, las redes familiares son básicas para la sobrevivencia emocional y son factor de resiliencia.

Destaca que la pandemia ha expuesto que los adultos llevan cargas, a veces demasiado pesadas, que los hace pensar que no van a poder con ellas.

En tanto, los jóvenes no ven la vida con tanta responsabilidad, pero sí se responsabilizan de la muerte y en algunos casos de muertes de personas cercanas. Se preguntan si pudieron haber hecho algo para evitarlo.

En el caso de los niños, se hacen preguntas y también se las responden. No se culpan. Quieren saber por qué y buscan comprensión en los adultos.

Aumentan casos de estrés agudo, postraumático, ansiedad y consumo de sustancias psicoactivas

De acuerdo con Silvia Morales Chainé, doctora en análisis experimental del comportamiento, los análisis de cuestionarios aplicados a las personas que han acudido a los servicios psicológicos habilitados por la UNAM, como parte de la estrategia nacional para contener la pandemia, demuestran un alta incidencia de condiciones por estrés agudo, que es normal que el cuerpo lo presente para responder a la emergencia; sin embargo, si dejamos que se acumule y no buscamos la manera de enfrentar la ansiedad natural, la pérdida de familiares y la inestabilidad económica, entre otras manifestaciones anómalas, podemos enfermar, no sólo física, sino psicológicamente.

En su opinión, una de las situaciones más preocupantes es la violencia intrafamiliar y el uso de sustancias psicoactivas, como vías para enfrentar la pandemia.

Las cifras a enero pasado muestran que una de cada cuatro personas que ingresan a la estrategia reportan condiciones de violencia, 11% reporta tristeza profunda, distanciamiento y enojo; 13% uso explosivo de alcohol y aumento en el consumo de tabaco o de otras sustancias psicoactivas; 65% tiene pensamientos negativos asociados a la muerte; 8% ansiedad generalizada que se debe de atender y otro 3% está pasando de estrés agudo, a situaciones más severas.

Hasta enero, se han dado más de 140,000 servicios, de los cuales 15,000 corresponden a personal de salud, 79,000 a comunidad universitaria y 18,000 a comunidad abierta.

En el segundo nivel de atención, el individual, se habían dado más de 15,000 servicios atendiendo estrés agudo, postraumático, ansiedad y consumo de sustancias psicoactivas y en el tercer nivel de atención a más de 5,400 personas por violencia, depresión y de autolesión y suicidio.

Por su parte, Bernardo Ng, presidente de la Asociación Psiquiátrica Mexicana, compartió con El Economista los adelantos de un estudio realizado a partir de las respuestas de cuestionarios de alrededor de 1,000 seguidores de la página de Facebook de la asociación. Si bien no es una muestra representativa de toda la población del país, expone información relevante.

El estudio refleja que ha habido un aumento en el consumo de bebidas alcohólicas que involucra a alrededor de 15% de las personas.

Los datos, que serán incluidos en el análisis que realiza la Asociación Psiquiátrica Mundial denominado “Estudio de resultados colaborativos sobre salud y funcionamiento en tiempos de infección (Coh-Fit)” y que requiere actualmente de personas que puedan contestar el cuestionario disponible en el sitio www.coh-fit.com exponen que, entre agosto y septiembre, en México, 75% reportaba, por lo menos, un síntoma de depresión; 55% ansiedad, 30% estaban consumiendo alcohol.

Implementan acciones de atención psicológica

Desde el inicio de la contingencia, la Secretaría de Salud integró un grupo técnico de trabajo para ofrecer atención psicológica a la población.

El sitio https://coronavirus.gob.mx/salud-mental ofrece información de las organizaciones participantes y los números de contacto de esfuerzos de apoyo como Línea de La Vida, la Unidad de Inteligencia Epidemiológica Sanitaria, Asociación Mexicana de Psiquiatría Infantil, Centro Integral de Salud Mental “San Jerónimo”, Centros de Integración Juvenil, Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de Ciudad de México, el Hospital Psiquiátrico “Fray Bernardino Álvarez” y el Instituto Nacional de Psiquiatría, entre otros.

Bernardo Ng subraya que es muy importante que, al igual de que se realicen acciones para prevenir que las personas no se contagien de la Covid-19, no padezcan enfermedades mentales asociadas con la pandemia.

Comenta que se ha detectado que el SARS-CoV-2, además de los efectos en el sistema respiratorio, tiene efectos en el cerebro que todavía no se analizan a profundidad.

Hay algunas estimaciones que señalan que una tercera parte de las personas que sobreviven a la enfermedad, podrían tener problemas residuales mentales que no se sabe si les perdurará o no.

La pandemia hizo evidente la importancia de cuidar la salud mental

Paulina Arenas Landgrave, académica de la facultad de Psicología de la UNAM, asegura que la pandemia hizo evidente la importancia de cuidar nuestra salud mental.

“Lo que estamos viendo con la pandemia son las manifestaciones de no contar con una buena salud mental. Ya nos está cobrando factura el hecho que nuestro sistema de salud, y de salud mental en especial, ha estado olvidado durante muchos años”.

Desde su perspectiva, el impacto de no haber invertido en salud mental es la falta de personal, especialmente de personal capacitado.

Si no hay presupuesto para que se siga capacitando a los profesionales, para que se sigan abriendo centros comunitarios con atención especializada a bajos costos, si no garantizamos el acceso a la salud mental de calidad, México no va a cambiar, remarca.

La principal implicación de no atender la salud mental es la reducción de la calidad de vida porque no se sienta feliz o en paz, sostiene.

Dice que la vulnerabilidad a enfermedades mentales se ve en todos los estratos sociales, principalmente por atravesar por tantas pérdidas, no sólo la de familiares, sino la interacción con amigos, rupturas amorosas, entre otras.

La experta comenta que la atención de los especialistas está principalmente en el acompañamiento para adquirir habilidades para la tolerancia al malestar.

En ese sentido, Juan José Sánchez Sosa, profesor emérito de la Facultad de Psicología de la UNAM, destaca que, lo que se requiere, es orientar a la población para que adopte estrategias de conducta y de expresión emocional que reduzcan ese riesgo, para reducir las reacciones emocionales de enojo, tristeza, miedo, entre otras.

Dice que, mientras más extremas son esas reacciones emocionales, es más difícil adoptar conductas que hacen falta para reducir el contagio o reducir el conflicto adicional.

Subraya que es particularmente importante que los niños no presencien situaciones extremas de expresión emocional o conflictos interpersonales.

De acuerdo con el académico, si se trata de situaciones extremas, es necesario buscar ayuda profesional. Si bien es cierto que el país no estaba preparado para enfrentar esta pandemia y menos para enfrentar la oleada de enfermedades mentales aparejadas a ella, pues del presupuesto de Salud se destina cerca de 2% a salud mental, cuando la Organización Mundial de Salud recomienda entre 5 y 10%, también es cierto que los mexicanos han comenzado a sobreponerse de esa adversidad, desde sus redes familiares y amistades, así como la ayuda de los profesionales. Sí, es cierto, hoy el país carga miedo y arrastra tristeza, pero tambien construye resiliencia.

diego.badillo@eleconomista.mx