El destape de José Antonio Meade convirtió a gran parte de los hacedores de la opinión mediática en una especie de hagiógrafos.

El mensaje de Enrique Peña Nieto a través del destape fue claro: al PRI sólo lo puede salvar de la derrota presidencial un milagro. Un santo. Meade seguramente no lo es (en política no existe la santidad), pero en su paso por el servicio público no ha existido un solo caso de escándalo que lo vincule con la corrupción, el cáncer que se encuentra enquistado en la política mexicana.

La corrupción parece que da vida al ecosistema actual del PRI; de ahí que en términos de mercadotecnia, la convergencia electoral entre Meade y el PRI es similar a la unión de dos marcas: una de lujo, la de Meade, y otra dañada, precisamente por la corrupción, el PRI.

Meade le aporta mayor valor al PRI que el PRI a Meade. Los estrategas de la campaña de Meade tendrán que llevar a cabo una ingeniería de imagen para evitar que la marca Meade se contagie de la mala reputación del PRI.

La marca Meade parece hecha a mano; tal pareciera que su padre Dionisio tuviera como oficio la escultura. El funcionario del Banco de México labró los rasgos de su hijo no sobre la base ideológica de un partido, sino sobre un prototipo de político que escapara de la eventual crisis de credibilidad de los partidos. Fue visionario.

El ITAM, la cuna de su ideología

Sobre el contenido ideológico, es necesario mirar hacia el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuna de los modelos implantados en la Secretaría de Hacienda desde los tiempos de Pedro Aspe.

Sobre el legado en vida que le ha transferido don Dionisio a José Antonio, la anécdota que cuenta un compañero de Meade en el ITAM, Hugo Félix, describe la serie de múltiples vínculos que tiene el actual candidato virtual a la Presidencia. Ocurrió a finales de la década de los 80. En la UNAM, donde estudió Derecho, José Antonio Meade charlaba con el director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Carlos Sirvent Gutiérrez. A la charla se integró Hugo Félix. Al incorporarse, Meade saludó a Hugo y le presentó a Sirvent como “su amigo”. Sobre recordar que Meade tenía 19 años de edad y el académico de la UNAM, 43.

Es posible que el ejemplo muestre el principal legado en vida que el padre de Meade le ha compartido: la capacidad de hacer amigos intergeneracionales se traduce en la arquitectura de múltiples nodos de comunicación, que en política son letales para el entendimiento pero sobre todo para la negociación.

No cabe duda que, como decía Borges, el azar suele ser generoso, sólo hay que dejarlo actuar. Ernesto Cordero, entrañable amigo de José Antonio Meade, se convertirá en un jugador hiperestratégico durante los próximos meses. El azar ha hecho que la crisis del PAN no interfiera en la amistad de ambos. No hace muchos años, Cordero se encontraba decepcionado del PAN, su angustia lo empujaba a abandonarlo. A dedicarse, quizá, a actividades privadas.

Veintiocho años atrás, Luis Videgaray, Abraham Zamora, Jaime Gutiérrez, Francisco González y Ernesto Cordero, entre muchísimos grillos, simulaban acercarse al poder a través del Consejo de Alumnos. Cordero, de los pocos panistas.

En el 2017, la marca Meade necesitará romper el bajo techo electoral que tiene el PRI. El azar le ha repartido una carta valiosa: Cordero. El personaje que puede generar un trasvase de votos hacia Meade.

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erp