Los resultados electorales fueron realmente desastrosos para Acción Nacional, el PRD y el PRI. Los tres grandes partidos tradicionales, los que conformaron el sistema político de los últimos 30 años, aunque el PRI y el PAN son mucho más antiguos, se vieron mermados.

El partido que salió más indemne, y eso es un decir, fue Acción Nacional. No se puede decir que su votación está por los suelos, como sea es el segundo lugar electoral. Pero los problemas internos por los que atraviesa, la lucha entre anayistas y el resto pueden muy bien minar al panismo y eso sería fatal para el sistema político, porque ahora sí no habría contrapeso alguno a Morena que, como ya vimos, arrolla inmisericordemente en el Congreso, con la ayuda de la chiquillada.

¿Quién iba a decir que el PVEM terminaría aliándose con Morena? Pues ya lo vimos con la autorización para que Velasco Coello sea su propio sustituto en Chiapas y además senador con licencia. Fue francamente patético constatar que Morena tiene todas las canicas y consigue las que le faltan con una facilidad pasmosa y eso que aún no toma posesión Andrés Manuel.

Lo único que puede decirse es que el episodio chiapaneco presagia una forma moderna de carro completo, con una incuestionable legitimidad democrática en cuanto procedimiento electivo, pero es un retorno político  al pasado no tan remoto en cuanto a prácticas legislativas.

El caso es que los panistas, como ha sido su inveterada costumbre, ya están en plena guerra interna por la presidencia del partido. Lo cierto es que Ricardo Anaya y su idea del Frente por México parecían ir en caballo de hacienda, hasta que el presidente Peña y Luis Videgaray resolvieron cobrarle factura al dirigente panista por los agravios infligidos en el Estado de México y las abiertas acusaciones de corrupción.

De leal opositor, Anaya pasó a ser el traidor y, aunque después Videgaray pretendió revivirlo infructuosamente ante el escenario del triunfo de López Obrador, eso de nada sirvió al PAN en términos electorales y estimuló aún más el conflicto interno.

Tras dos meses de dificultades, durante los cuales los anayistas intentaron por todos los medios no ceder el poder, tanto así que Damián Zepeda intentó mantenerse al frente del partido siendo coordinador de la bancada panista en el Senado.

Pero finalmente entraron en razón: el también anayista y secretario general Marcelo Torres Cofiño asumió formalmente la presidencia del partido el pasado martes 5 de septiembre y habrá elecciones para la presidencia del CEN el próximo 11 de noviembre.

Torres Cofiño, que en realidad estaba fungiendo como presidente desde el 26 de agosto pasado, fue diputado federal por Coahuila del 2012 al 2015, justo en la misma legislatura que Ricardo Anaya. Actualmente, es diputado local en Coahuila.

Suponemos que pedirá licencia al cargo mientras dure el interinato, pues tiene el compromiso de cuidar el cargo para que llegue otro anayista: Marko Cortés.

Como secretario general fue designado un personaje bastante más conocido y con mayor trayectoria, a pesar de su juventud: Fernando Rodríguez Doval. Politólogo del ITAM, ha sido diputado local y federal (en la misma legislatura que Torres Cofiño y Anaya) y director de la Fundación Preciado, la escuela de cuadros panista. Muy cercano al fallecido Alonso Lujambio, es uno de los panistas mejor formados intelectualmente. Habrá que seguir su trayectoria de cerca.

El que los panistas hayan hecho un cambio provisional en su Comité Ejecutivo Nacional significa que llegaron a la conclusión de que no puede seguir el desgaste interno mientras Morena realmente es una aplanadora en el Congreso. Por eso, las ambiciones de Zepeda fueron cortadas de tajo.

Por otra parte, de cara a la elección interna, se integró una planilla de unidad-compromiso entre las distintas facciones internas. Según se comenta, el candidato a la presidencia sería el michoacano Marko Cortés y el candidato a la secretaría general, Héctor Larios —quien también aspiraba a la presidencia— y en cuanto Cortés llegue a la presidencia del CEN, Damián Zepeda sería sustituido por Rafael Moreno Valle en la coordinación de la bancada panista en el Senado.

Desde el pasado 26 de agosto, se instaló la Comisión Organizadora Nacional para la elección del Comité Ejecutivo.

Está presidida por Cecilia Romero e integrada por Gerardo Priego, Claudia Cano, Héctor Jiménez, Kenia López Rabadán, Javier Gándara y Alejandra Gutiérrez, todos consejeros nacionales. En ellos recaerá la responsabilidad de que la elección interna se lleve a cabo de manera tersa y legítima, pero en realidad serán los encargados de que las elecciones lleguen a buen puerto, tratando de zanjar las diferencias y, con ello, fortalecer al partido que al final de cuentas es la única verdadera oposición. Ya lo vimos claramente en el episodio de la licencia concedida a Velasco Coello: fueron los panistas y los independientes, junto con algún morenista por ahí, quienes se opusieron a la determinación de Morena por pagar la alianza del gobernador de Chiapas con AMLO durante la pasada elección.

Además, el PAN y Morena ya tuvieron una disputa en la Cámara de Diputados, porque ambos reclaman la presidencia de la Junta de Coordinación Política (Jucopo), en donde todos los coordinadores parlamentarios se reúnen para fijar posiciones.

El caso es que Morena tiene la presidencia de la Mesa Directiva de la Cámara y quiere quedarse con la Jucopo, a lo cual tiene derecho el PAN como primera minoría.

No todo es miel sobre hojuelas para la planilla de unidad. Existen competidores para la presidencia del CEN.

Por lo pronto, están apuntados Manuel Gómez Morín Martínez del Río —nieto del fundador del PAN— y Ernesto Ruffo Appel, el primer gobernador panista de Baja California.

El primero puede tener un fuerte peso gracias al prestigio de su abuelo y a la nostalgia por los orígenes del PAN, frente a la emergencia de un partido de movimiento corporativo populista y clientelar como Morena.

Apoyado por Gustavo Madero y Elena Álvarez de Vicencio, Gómez Morín señala que el PAN ha perdido “el alma” y que la debacle de julio pasado no se debe a malos candidatos, sino a la pérdida de valores y vicios de la anterior dirigencia.

Es notorio que esta precandidatura huele a la venganza de Madero contra su expupilo, pero también a la pérdida de identidad del PAN desde el ascenso del foxismo.

El hoy diputado federal Ernesto Ruffo parte de los mismos argumentos, señalando que el PAN se alejó de los ciudadanos, se olvidó de la vida democrática y fue secuestrado por camarillas que sólo usaron al partido como agencia de colocaciones. Esgrime haber sido el primer gobernador panista como un punto a su favor para ser líder de Acción Nacional; critica a los actuales gobernadores panistas por querer imponer a sus candidatos y por ello propuso que en la elección interna no voten los miembros del partido que ostentan cargos públicos. Pero, ¿cómo dejar fuera de la elección a quienes han ganado cargos de elección por el PAN, es decir, a los panistas exitosos?

La elección interna va a ser complicada. Más les vale a los panistas ponerse de acuerdo, no sólo por su partido sino por el país entero.