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Zona MACO: origen y columna vertebral de la Semana del Arte en México

Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
Desde que en 2002 surgió aquella primera Muestra —el germen de lo que hoy es la feria de arte contemporáneo más influyente de América Latina—, Zona MACO no solo inauguró un evento: instaló una estructura. Una arquitectura simbólica, económica, académica y cultural que hoy sostiene la Semana del Arte mexicana y la conecta con el circuito global del arte.
Zona MACO es el eje. El punto de anclaje. El nodo principal de una red compleja donde confluyen galerías históricas y proyectos jóvenes, artistas con trayectorias en bienales como Venecia, São Paulo o Documenta, artistas con formación académica sólida —egresados de universidades, escuelas de arte y programas de posgrado de prestigio—, colecciones institucionales y privadas de alcance internacional, museos, fundaciones, casas editoriales, asesores, curadores y un mercado que —aunque incómodo para algunos— es indispensable para la vida del arte.
Pero es importante decirlo con claridad: Zona MACO no debe leerse como un ejercicio de pretensión, ni como un templo del elitismo, sino como una guía contemporánea, un instrumento de orientación dentro de un mundo fragmentado. Más que imponer una verdad, señala un trayecto, uno de los recorridos más sólidos y consistentes que la humanidad ha construido para entenderse a sí misma a través del arte, la materia y el pensamiento.
Calidad como capital simbólico
La relevancia de Zona MACO no se explica únicamente por su tamaño o convocatoria, sino por la calidad acumulada de su capital artístico. No cualquier feria logra reunir, año tras año, a artistas representados por galerías de larga data —muchas de ellas con décadas de historia— junto a nombres que forman parte de colecciones museísticas internacionales, fundaciones corporativas y acervos privados de referencia mundial.
A ello se suma un componente clave: la legitimación académica. Muchos de los artistas que circulan en Zona MACO no solo producen obra, sino pensamiento: investigan, escriben, enseñan, participan en seminarios, residencias y programas universitarios. Sus prácticas están atravesadas por teoría, historia del arte, estudios visuales, antropología, política y filosofía. Esa base académica robustece el discurso, profundiza las obras y consolida su valor a largo plazo.
Aquí se cruzan trayectorias consolidadas con apuestas curatoriales serias; obras que han pasado por bienales, museos y circuitos críticos exigentes, y que además han sido discutidas, estudiadas y contextualizadas en espacios académicos. Esa acumulación de legitimidad no es casual: es resultado de un sistema de filtros, confianza, conocimiento y reputación, los mismos principios que rigen tanto el mercado financiero como el mercado del arte.

Logo de Zona Maco 2026.
Ferias, mercado y estructura: más allá del prejuicio
Hablar de ferias suele despertar suspicacias: se les acusa de banalizar el arte, de reducirlo a mercancía, de fomentar elitismos. Pero esta lectura es incompleta. Las ferias —y Zona MACO en particular— funcionan como infraestructuras culturales y pedagógicas: plataformas donde se articula el valor simbólico, el valor económico y el valor intelectual.
El mercado del arte no es solo compraventa; es un sistema de validación y transmisión de conocimiento, de circulación de ideas, de supervivencia material para artistas, galerías, investigadores, docentes, editoriales, museos y públicos. En un mundo sostenido por bienes adquiridos y transacciones, el arte no existe fuera de estas lógicas: dialoga con ellas, las tensiona y, a veces, las subvierte.
Zona MACO entiende esto y lo asume. No romantiza la precariedad ni disfraza la economía: la organiza, incorporando también el peso del pensamiento crítico y académico en la valoración de las obras. En ese sentido, más que imponer tendencias, funciona como un mapa, un sistema de lectura que permite entender hacia dónde se mueve el arte y, por extensión, la sensibilidad contemporánea.
El contexto histórico y político de su nacimiento
Zona MACO surgió en un México que comenzaba a reconfigurarse política y culturalmente a inicios del siglo XXI. En un país donde el apoyo institucional al arte ha sido intermitente y donde la infraestructura cultural privada y académica necesitaba plataformas de proyección internacional, la feria aparece como una respuesta estratégica: crear un mercado sólido que sostuviera una producción artística intelectualmente compleja y formalmente exigente.
Conviene recordar que en 2002 no existía aún una Secretaría de Cultura como la conocemos hoy. La política cultural federal estaba entonces a cargo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), presidido por Sari Bermúdez durante el sexenio de Vicente Fox.
Este dato no es menor, Zona MACO aparece en un momento de transición institucional, cuando el país buscaba nuevas formas de articular su vida cultural más allá del aparato estatal. En ese terreno en construcción, la feria no surge como antagonista de las instituciones públicas, sino como una respuesta paralela y complementaria, capaz de generar por cuenta propia una plataforma internacional para el arte mexicano y latinoamericano.
Su crecimiento corre en paralelo al fortalecimiento de galerías mexicanas, a la profesionalización de coleccionistas y a la consolidación de artistas con trayectorias formadas tanto en el taller como en el aula. MACO no reemplaza al Estado ni a los museos ni a la academia: dialoga con ellos, los complementa y amplifica su alcance, convirtiéndose en un punto de referencia para entender el pulso cultural del país.
Zona Maco y las demás ferias: ecosistema, no competencia
Material, Clavo, Salón ACME, Sub Real, Luxury Art, y otras ferias no existen a pesar de Zona MACO, sino gracias al ecosistema que esta genera. Cada una aporta un matiz: riesgo, experimentación, cercanía, ruptura, diálogo, democratización, procesos emergentes y cuidadosas prácticas. Pero es MACO la feria que fija el calendario y genera la masa crítica que hace viable la Semana del Arte.
No se trata de jerarquizar por arrogancia, sino de reconocer funciones estructurales. Como en cualquier sistema complejo, hay nodos principales y satélites necesarios. Zona MACO es ese nodo central, no como autoridad moral, sino como referencia compartida.
Patrocinio, institucionalidad y sostenibilidad
Otro aspecto clave es su capacidad de atraer patrocinio privado, alianzas institucionales y apoyo corporativo. Esto no es menor: habla de confianza, estabilidad y visión a largo plazo. El patrocinio no solo financia stands; permite programas curatoriales, premios, publicaciones, residencias, encuentros teóricos y oportunidades que impactan directamente en la carrera intelectual y profesional de los artistas.
En términos financieros, Zona MACO opera como una plataforma de alta liquidez simbólica, donde el valor económico, académico y cultural circula, se consolida y se proyecta hacia otros mercados.
No todo es capital, pero sin capital la continuidad se vuelve complicada.
Zona MACO no afirma que el arte sea solo capital, pero sí reconoce que sin estructura económica y sin rigor intelectual no hay continuidad cultural. En un mundo regido por transacciones, la feria se erige como el espacio más relevante donde el arte puede existir con dignidad, profundidad teórica, proyección y alcance global.
Aquí el lenguaje financiero —inversión, valor, riesgo, retorno, confianza— no cancela el lenguaje poético, crítico y académico del arte: lo sostiene. Y al hacerlo, ofrece una brújula para entender el presente, no como lujo, sino como necesidad humana.
Zona MACO es la madre indiscutible de la Semana del Arte mexicana porque ha sabido articular calidad artística, formación académica, mercado, historia, política cultural y estructura económica sin pedir permiso ni disculpas. No es perfecta, pero es imprescindible. Es el punto donde el arte deja de ser promesa y se convierte en sistema.
No como gesto pretencioso, sino como una guía contemporánea del curso más sólido que el arte —y con él, la humanidad— ha logrado trazar en un mundo de bienes, intercambios y significados.

