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Opinión

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La Salud que no cabe en la mañanera

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Éctor Jaime Ramírez Barba | Columna Invitada

Éctor Jaime Ramírez Barba

"El discurso habla de éxito; los indicadores hablan de muertes evitables"

El nuevo Panorama de la salud: América Latina y el Caribe 2026, elaborado por la OCDE, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial, ofrece un contraste crudo con el relato cotidiano del éxito gubernamental. México no enfrenta solamente una carencia de consultas, medicamentos o instalaciones: enfrenta un problema más profundo de resultados, calidad y capacidad institucional para evitar muertes que no deberían ocurrir.

Las mañaneras suelen presentar obras, afiliaciones, nuevas unidades y cifras administrativas como evidencia suficiente de la transformación. Pero un sistema de salud se evalúa, ante todo, por algo más elemental: si previene enfermedades, atiende oportunamente, salva vidas y trata a las personas con dignidad. Bajo esa prueba, el reporte internacional retrata a un país con avances aislados, pero con rezagos graves y persistentes.

México registra 135 muertes tratables y 176 prevenibles por cada 100 mil habitantes, ambas cifras superiores al promedio de América Latina y el Caribe: 130 y 167, respectivamente. La distancia con la OCDE es aún mayor: los promedios son de 57 muertes tratables y de 105 prevenibles. Una muerte tratable es aquella que pudo haberse evitado con atención médica oportuna y efectiva; una prevenible, aquella que pudo haberse evitado con políticas de salud pública. No son abstracciones estadísticas: son vidas perdidas por diagnósticos tardíos, fallas en la derivación, falta de continuidad y servicios incapaces de responder a tiempo.

El problema tampoco se resuelve afirmando que más personas tienen algún tipo de cobertura. La evidencia citada en el informe es contundente: entre el 50% y el 75% de la mortalidad evitable en la región se relaciona con una atención de baja calidad, no simplemente con la falta de acceso a los servicios. México, por tanto, debe abandonar la confusión entre la afiliación administrativa y el acceso efectivo. Tener una credencial, estar censado o recibir una consulta no garantiza atención resolutiva.Urgencias que llegan tarde. La realidad es especialmente dramática en el infarto cerebral y el cardíaco. La mortalidad hospitalaria a 30 días por infarto agudo de miocardio en México alcanza el 22.6%, casi cuatro veces el promedio de la OCDE, que es de 6.5%. En la enfermedad vascular cerebral, México presenta la mayor letalidad entre los países comparados: 17% en eventos isquémicos y 30.6% en eventos hemorrágicos, frente a los promedios de la OCDE de 8.7% y 23.4%, respectivamente.

Estas cifras no se explican por una predisposición biológica nacional. Revelan fallas de organización: ausencia o debilidad de redes de código infarto y código ictus, traslados tardíos, capacidad de reperfusión insuficiente, disponibilidad desigual de tomografía y de unidades especializadas, y escasa medición pública de resultados. Cuando un paciente con dolor torácico o déficit neurológico llega tarde al tratamiento, la retórica política no reperfunde una arteria ni recupera una función cerebral perdida.

La diabetes expone otra contradicción. México tiene una prevalencia superior al 16%, entre las más altas de América Latina y el Caribe, y registra 149 hospitalizaciones evitables por diabetes por cada 100 mil habitantes: el valor más alto entre los países analizados y muy por encima del promedio de la OCDE, de 93. Es una señal de fracaso en el primer nivel de atención. La hospitalización por descompensación diabética no es inevitable: suele reflejar un control metabólico insuficiente, falta de seguimiento adecuado, interrupciones terapéuticas y una atención primaria sin capacidad resolutiva.

Prevención en retroceso. También resulta difícil sostener un discurso triunfalista ante el deterioro de las coberturas de vacunación. México reporta 78% para DTP3, 80% para la primera dosis de sarampión-rubéola-parotiditis, 69% para la segunda dosis y 78% para hepatitis B. Todas se encuentran por debajo del umbral del 90% recomendado para el control programático y, en el caso del sarampión, lejos del 95% requerido para sostener la eliminación.

La segunda dosis de SRP merece atención especial. Una cobertura del 69% deja a una cohorte considerablemente expuesta a brotes prevenibles. México, que durante décadas fue referente regional en vacunación, no debe normalizar que la recuperación de las coberturas se convierta en una promesa recurrente, mientras el rezago se acumula entre niñas y niños.

La salud materna tampoco admite propaganda. Solo el 88% de los partos son atendidos por personal calificado, por debajo del promedio regional, y la tasa de mortalidad materna es de 42 por cada 100 mil nacidos vivos, frente a 10 en la OCDE. A ello se suma una disponibilidad prácticamente nula de parteras profesionales en la fuerza laboral reportada. Un país que aspira a un sistema universal no puede aceptar que el embarazo y el parto sigan dependiendo del código postal, del subsistema de afiliación o de la capacidad de pago de una familia.

Sin recursos ni rendición de cuentas. El rezago es estructural. México gasta 1,653 dólares PPA por habitante en salud, frente a 6,097 dólares en el promedio de la OCDE. El informe describe un sistema segmentado, con mejores condiciones de acceso para los trabajadores formales y un mayor peso de los esquemas voluntarios de pago. El resultado previsible es la desigualdad: quien tiene seguridad social o puede pagar servicios privados enfrenta trayectorias distintas a las de quien depende de servicios públicos fragmentados y saturados.

A la insuficiencia financiera se suman déficits de personal e infraestructura. México cuenta con 3.0 enfermeras por cada mil habitantes, frente a 10.3 en la OCDE, y dispone de apenas 0.3 camas psiquiátricas por cada 10 mil habitantes, frente a 6.1 en la OCDE. La salud mental sigue siendo el eslabón olvidado de un sistema que privilegia los anuncios por encima de las capacidades sostenidas.

Aún más preocupante es la fragilidad de la gobernanza de la calidad. La acreditación de hospitales y unidades de primer nivel es voluntaria; la notificación de eventos adversos no constituye un sistema nacional robusto y obligatorio de aprendizaje; el desempeño comparado por prestador no se publica; y la calidad pesa menos del 10% en los mecanismos de pago. Sin información pública, sin consecuencias y sin incentivos, la calidad se reduce a un discurso administrativo.

Del relato a los resultados. Sería injusto negar todo avance. El informe reconoce que México tiene una mortalidad por cáncer tratable comparable a la de la OCDE, publica datos sobre infecciones asociadas a la atención tanto en los sectores público como privado y cuenta con planeación de personal para ambos sectores. Precisamente por ello, el país demuestra que puede construir capacidades cuando existen objetivos verificables y continuidad institucional.

Pero reconocer lo que funciona no obliga a maquillar lo que fracasa. La responsabilidad de un gobierno no consiste en administrar una narrativa optimista, sino en corregir aquello que cuesta vidas. México necesita metas nacionales y estatales de mortalidad evitable; redes efectivas para el infarto y el evento vascular cerebral; recuperación urgente de la vacunación; seguimiento nominal de la diabetes; profesionalización de la atención primaria; expediente clínico interoperable; acreditación obligatoria; y transparencia sobre los resultados por institución y territorio.

La salud no mejora solo porque se anuncie. Mejora cuando una persona con infarto recibe reperfusión a tiempo; cuando una niña completa su esquema de vacunación; cuando una mujer puede parir sin riesgo evitable; cuando un paciente con diabetes no termina hospitalizado por falta de control; y cuando el sistema aprende de sus errores en lugar de esconderlos.

El reporte de la OCDE no es una opinión opositora ni una pieza propagandística. Es una llamada de atención técnica. Ignorarla para preservar el éxito de la mañanera sería, además de irresponsable, una forma de ampliar la brecha entre el discurso oficial y la salud real de los mexicanos.

Referencias

  • [1] Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Mundial, & Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (2026). Panorama de la salud: América Latina y el Caribe 2026. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/7f661a59-es
  • [2] Kruk, M. E., Gage, A. D., Joseph, N. T., Danaei, G., García-Saisó, S., & Salomon, J. A. (2018). Mortality due to low-quality health systems in the universal health coverage era: A systematic analysis of amenable deaths in 137 countries. The Lancet, 392(10160), 2203–2212. https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(18)31668-4/fulltext
  • [3] Vargas, S., Rios-Zertuche, D., & Bauhoff, S. (2025). Changes and heterogeneity in quality-amenable excess mortality in Mexico: A systematic analysis for the years 2012, 2018, and 2021. The Lancet Regional Health – Americas, 45, Article 101061. https://doi.org/10.1016/j.lana.2025.101061

*El autor (www.ectorjaime.mx) es médico especialista en cirugía general, certificado en salud pública, con doctorado en ciencias de la salud y en administración pública. Es legislador y defensor de la salud pública de México, diputado reelecto del grupo parlamentario del PAN en la LXVI Legislatura y presidente del Capítulo de América Latina y el Caribe de la UNITE Parliamentarians Network for Global Health.

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Éctor Jaime Ramírez Barba

Éctor Jaime Ramírez Barba es médico cirujano, especializado en salud pública, doctorado en ciencias de la salud y en administración pública, y es diputado reelecto del grupo parlamentario del PAN en la LXV Legislatura.

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