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El presidente de la mitad

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OpiniónEl Economista

Rodrigo Perezalonso

Ramiro repara transmisiones en un taller de Laredo, Texas. En 2024 votó por Donald Trump por primera vez en su vida. Le gustó la promesa de bajar precios y le pareció que los demócratas lo daban por sentado. Este martes volvió a la misma casilla y votó por James Talarico y por Gina Hinojosa, candidatos demócratas para el Senado y la Gubernatura. Lo que cambió fue su recibo de luz, el precio del diésel y el miedo de que una redada vaciara el taller de clientes. El condado de Webb, donde vive, lo ganó Trump por dos puntos hace dos años. Anoche Talarico lo ganó por 49.

Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado. Al corte del miércoles sumaban 54 senadores contra 44 republicanos, con Alaska y Misisipi todavía en conteo, y en la Cámara una ganancia neta de al menos siete escaños, con estimaciones de entre 251 y 268. Voltearon siete senadurías: Iowa, Kansas, Ohio, Maine, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Texas. En Texas, Talarico derrotó a Ken Paxton 55% a 43% y Hinojosa sacó a Greg Abbott 53% a 46%, la primera gobernadora demócrata desde 1990 y la primera latina. Según la encuesta de salida de AP, seis de cada diez hispanos texanos votaron por Talarico y siete de cada diez dicen que las políticas de Trump empeoraron la economía. Los 224 millones de dólares que Elon Musk gastó en Texas no compraron nada.

Para México, sin embargo, lo decisivo es lo que Trump conserva. El Congreso le quita la mitad doméstica de la presidencia: no habrá nuevas reformas fiscales ni recortes, y cada comité tendrá poder de citatorio para explicar gastos y políticas. Pero la otra mitad, la que mira hacia afuera, sigue intacta. Trump es comandante en jefe con una guerra en Irán abierta. Conduce la política exterior y las negociaciones comerciales. Y la migración es, en la práctica, una facultad casi discrecional del Ejecutivo: a quién se deporta, a quién se detiene y con qué prioridad se decide en la Casa Blanca, no en el Capitolio.

Un presidente acorralado en lo doméstico tiende a gobernar hacia afuera. Esa es la lección de los segundos periodos y de las presidencias con Congreso adverso. Para México eso significa más presión, no menos: en seguridad, en cárteles y en el tratado. Los votantes castigaron a Trump por la gasolina y la guerra en Irán, no por su trato a México, y ningún demócrata ganó prometiendo suavidad con el vecino del sur. Es un error común en Palacio Nacional confundir la derrota del presidente con un respiro para el país.

El TMEC es el ejemplo. El 1 de julio Estados Unidos se negó a renovarlo en sus términos actuales, lo que activó revisiones anuales hasta 2036. Van tres rondas bilaterales; la cuarta, que Marcelo Ebrard prometió para antes de fin de año, se pospuso hasta después de la elección. Un Congreso demócrata puede hacer ruido sobre reglas laborales y de origen, pero la mesa la controla el Representante Comercial y los aranceles se firman con una pluma presidencial.

Lo que sí cambia es que México tendrá, por primera vez en este sexenio, un interlocutor en Washington con poder real para frenar presupuestos. Un Congreso que vota el dinero de ICE y del muro, que puede obligar a votar sobre la guerra y que preside las comisiones de relaciones exteriores es un contrapeso que México debe aprender a usar, no sólo a observar.

Ramiro no votó por México. Votó por su taller. Pero su voto dibuja el mapa que la cancillería debería leer: el presidente que decide sobre nosotros es el mismo, y ahora tiene menos que perder en casa.

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