Lectura 5:00 min
Motores económicos apagados y la promesa del nearshoring

Irasema Andrés Dagnini | Sextante financiero
La economía mexicana inició 2026 con un paso vacilante. Los datos más recientes del Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) muestran un rebote mínimo de 0.1% mensual en febrero, mientras que la variación anual es de -0.3%, siendo la primera contracción desde octubre de 2025. Por sectores, el mejor desempeño lo mostró el agrícola con un crecimiento de 2.3%, mientras que la actividad industrial se contrajo 1.3% y de servicios 0.2%.
El tono de debilidad se extender por lo menos en los siguientes tres meses considerando la baja generación de empleo formal (207,604 plazas en marzo vs 226,731 marzo 2025) y su impacto sobre el consumo privado. Además, prevalece la incertidumbre por la revisión del T-MEC, por el impacto que tendrán los eventos deportivos de futbol y por la desaceleración de la economía estadounidense.
En paralelo, México se ha convertido en protagonista de la reconfiguración global de las cadenas de suministro. El nearshoring es una palabra constante cuando se habla de crecimiento y con razón, pues en lo que va de 2026 se han anunciado 52 proyectos de inversión extranjera directa, con un monto superior a 21,000 millones de dólares.
Entre los casos más relevantes destacan: BMW, con la expansión de su planta en Nuevo León para producir vehículos eléctricos; Volvo Group, que instalará una nueva planta en el norte del país; Amazon Web Services, con centros de datos en el Bajío y Woodside Energy–Pemex, con el desarrollo del campo Trión en energías limpias.
Los sectores beneficiados son claros: automotriz, semiconductores, aeroespacial, tecnologías de la información y energías renovables. México se puede convertir en un hub estratégico para Norteamérica.
No obstante, la oportunidad del nearshoring no puede analizarse sin considerar el tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Marcelo Ebrad, secretario de Economía, confirmó la semana pasada que las negociaciones formales de revisión iniciarán el 25 de mayo de 2026 y el objetivo es sustituir importaciones asiáticas con producción regional, sin embargo, se advierten riesgos en la revisión de las reglas de origen, que se volverse más estrictas podrían afectar a las pymes mexicanas.
El discurso oficial habla de integración regional, pero la realidad es que México enfrenta una dependencia asimétrica. Estados Unidos marca la pauta y México corre el riesgo de convertirse en un ensamblador barato si no fortalece su infraestructura, su marco regulatorio y su capacidad de innovación.
Diagnóstico
El Fondo Monetario Internacional (FMI) elevó la previsión de crecimiento de México a 1.6% en 2026, pero advirtió que la inflación será mayor a lo esperado, alcanzando 3.9%. El organismo recomienda avanzar en reformas estructurales: infraestructura, regulación y Estado de derecho.
Por su parte, el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) fue más contundente: México inició 2026 con los “motores del crecimiento apagados”. Consumo, empleo e inversión muestran debilidad y no se espera una mejora significativa en el corto plazo. El sector privado exige certidumbre jurídica y política pública clara para reactivar la economía.
El contraste es brutal: mientras el discurso oficial celebra la llegada de inversiones ligadas al nearshoring, los datos duros del IGAE y el PIB muestran que la economía interna sigue sin despegar. La narrativa gubernamental se aferra a la idea de que México está en el centro del nuevo mapa económico global, pero la realidad es que el país enfrenta retos estructurales que no se resuelven con anuncios.
Y surge la pregunta incómoda: ¿puede México aprovechar la ola de inversión extranjera si sus motores internos están apagados? La respuesta depende de decisiones políticas y económicas que no pueden seguir postergándose.
El nearshoring es una oportunidad histórica, pero también una prueba. México debe demostrar que puede ser más que un destino de bajo costo. Debe convertirse en un hub de innovación, talento y valor agregado. Para ello necesita infraestructura energética y logística, certidumbre jurídica, políticas públicas claras y un compromiso real con la competitividad.
La economía mexicana está en una encrucijada. Por un lado, los indicadores internos muestran debilidad: un IGAE estancado y un PIB preliminar en contracción. Por otro, el nearshoring promete inversiones millonarias y un papel protagónico en la integración regional.
El reto es transformar esa promesa en realidad. México no puede darse el lujo de desaprovechar esta coyuntura. El nearshoring no es una moda pasajera, es la reconfiguración estructural de la economía global. Pero para que se traduzca en desarrollo sostenible, el país debe encender sus motores internos.
México no solo debe recibir inversión: debe construir futuro.

