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Opinión

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MACARENHA: la empresa también deja huella en el cuerpo

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Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada

Jaime Cervantes Covarrubias

“Cuando el cuerpo termina expresando el país que construimos”

Quizá el cuerpo mexicano esté diciendo algo que todavía no hemos querido escuchar.

Imaginemos una escena absolutamente cotidiana en donde una familia despierta temprano; alguien prepara el desayuno deprisa porque debe salir a trabajar; otra persona revisa mensajes mientras come; los niños llevan prisa para llegar a la escuela. Hay pan, alguna bebida dulce, quizá algo comprado camino al trabajo. Después vendrán horas sedentarias, traslados largos, pantallas interminables, pendientes y estrés. Al mediodía alguien comerá lo que encuentre cerca de la oficina y, por la noche, cansados, tal vez pidan algo, “rápido y cómodo” ,mediante una aplicación. Mañana volverán a hacerlo.

Nada parece extraordinario. Nadie decidió enfermar. Sin embargo, algo se está acumulando en nuevos hábitos, nuevas costumbres que silenciosamente deterioran nuestro cuerpo y se manifiesta en nuestro país.

No ocurre únicamente en la sangre, el hígado o las arterias. Ocurre también en los horarios, las banquetas que no caminamos, los alimentos que aprendimos a desear, la publicidad que normalizamos, la inseguridad que nos encierra, las jornadas que confundimos con compromiso, la atención médica que postergamos y esa expresión tan nuestra que, entre resignación y humor, sentencia: “de algo nos tenemos que morir”.

A veces incluso lo decimos con una sonrisa, como si el refrán pudiera convertir el riesgo en destino y el destino en excusa.

Tal vez ahí empiece el verdadero problema de MACARENHA: no como una nueva enfermedad mexicana, sino como un espejo de nuestra manera de vivir.

El cuerpo no funciona por departamentos

MACARENHA es el acrónimo propuesto por un amplio grupo de especialistas mexicanos para describir la conexión metabólica, adiposa, cardio, arterial, renal, enterohepática y neurológica asociada con la hipertensión. Sus autores, agrupados en GREHTA, comenzaron a formular esta mirada en 2025 desde Cardiovascular and Metabolic Science. No constituye todavía una clasificación clínica internacional universalmente aceptada. Su valor está en otra parte: obliga a dejar de pensar que obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedad renal, daño cardiovascular, hígado graso y ciertas alteraciones vasculares aparecen siempre como accidentes independientes.

Fuente: SciELO México, artículo sobre MACARENHA y GREHTA, 2025.

El mundo médico está avanzando en una dirección semejante. El 9 de junio de este año, la American Heart Association, el American College of Cardiology, la American Diabetes Association y la American Society of Nephrology publicaron la primera guía clínica específicamente dedicada al síndrome cardiovascular-renal-metabólico, conocido como CKM. La nueva guía reconoce formalmente que metabolismo, obesidad, diabetes, riñón y corazón forman parte de un continuo y propone intervenir mucho antes de que aparezca el infarto, la insuficiencia renal o la enfermedad cardiovascular manifiesta.

Fuente: American Heart Association, American College of Cardiology, American Diabetes Association y American Society of Nephrology, guía clínica sobre el síndrome cardiovascular-renal-metabólico, 2026.

La medicina está descubriendo, o quizá recordando, algo elemental: el organismo humano no conoce nuestras especialidades. El riñón no sabe que pertenece a nefrología; el corazón ignora que corresponde a cardiología; el hígado no pide permiso a gastroenterología antes de participar en el metabolismo. La inflamación, la resistencia a la insulina, la presión arterial, la grasa visceral y el daño vascular conversan entre sí.

Luis Villoro, filósofo mexicano, distinguió entre el conocimiento que pretende dominar la realidad y aquel que busca comprenderla desde la pluralidad de sus relaciones. Su pensamiento resulta especialmente útil aquí: una enfermedad no es solamente un objeto que se observa desde afuera; también es una experiencia situada en una historia, una comunidad y unas condiciones concretas de vida.

¿Qué ocurriría si dejáramos de preguntarnos únicamente qué enfermedad tiene una persona y comenzáramos a preguntarnos qué proceso está ocurriendo en ella?

México ofrece un escenario dolorosamente fértil para hacerlo.

La ENSANUT Continua 2023 encontró que 37.3% de las personas adultas vivían con sobrepeso y 38.9% con obesidad: alrededor de tres de cada cuatro. El problema tampoco puede reducirse al peso visible, porque la distribución y el funcionamiento del tejido adiposo importan enormemente para el riesgo metabólico. Fuente: Instituto Nacional de Salud Pública, ENSANUT Continua 2023, informe nacional.

A ello se suma que la hipertensión alcanza a 29.1% de la población adulta y una parte importante desconoce que la tiene. El mismo análisis nacional estimó algo esperanzador y, al mismo tiempo, estremecedor: normalizar la presión arterial de quienes viven con hipertensión podría evitar alrededor de 1.12 millones de eventos cardiovasculares en los próximos diez años. Fuente: estudio publicado en PubMed sobre hipertensión y prevención de eventos cardiovasculares en México, 2026.

Y después aparece la fotografía de nuestra mortalidad. En 2024, las enfermedades del corazón provocaron 192,518 defunciones; la diabetes, 112,577; las enfermedades del hígado, 40,645; las cerebrovasculares, 34,784; y la insuficiencia renal, 17,352. No podemos afirmar que todas sean atribuibles a MACARENHA; sería científicamente incorrecto. Pero juntas revelan el enorme peso de un universo metabólico, vascular, renal y hepático que atraviesa buena parte de la enfermedad mexicana. Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Estadísticas de Defunciones Registradas 2024.

Entonces la paradoja se vuelve difícil de ignorar: tenemos especialistas extraordinarios tratando órganos cada vez con mayor precisión, mientras la vida que precede a la enfermedad continúa produciendo riesgo sistémicamente.

Y mientras tanto repetimos: “más vale prevenir que lamentar”. El problema es que hemos convertido la prevención en un refrán que admiramos y en una práctica que posponemos.

Antes del consultorio existe un país

Aquí MACARENHA deja de interesarme solamente como concepto médico, porque la enfermedad no empieza cuando aparece la glucosa elevada. Mucho antes existe una biografía.

Dormimos poco, pasamos horas transportándonos, trabajamos sentados y comemos deprisa. En algunas comunidades caminar se vuelve peligroso; la conveniencia sustituye actividades que antes exigían movimiento; tenemos alimentos disponibles a cualquier hora, aplicaciones capaces de satisfacer un impulso en minutos y publicidad diseñada con enorme conocimiento sobre atención, recompensa y deseo.

Ninguno de estos elementos produce por sí solo diabetes o hipertensión. Juntos construyen un entorno, y los seres humanos vivimos dentro de entornos.

Durante mucho tiempo simplificamos la explicación: “come mejor”, “baja de peso”, “haz ejercicio”, “ten disciplina”. La responsabilidad personal importa, muchísimo, pero ¿qué significa responsabilizar a una persona sin preguntarnos por las condiciones dentro de las cuales debe ejercer esa responsabilidad? La libertad no ocurre en el vacío.

Una trabajadora que sale de casa de madrugada, atraviesa durante horas la ciudad, cumple una jornada extensa, cuida a sus hijos, dispone de poco ingreso y regresa agotada no enfrenta las mismas posibilidades de autocuidado que alguien con tiempo, seguridad, espacios para ejercitarse, alimentos disponibles y atención preventiva privada. Esto no cancela su agencia, es decir, su fuerza de voluntad para salir adelante; la contextualiza.

Y justamente ahí encuentro una de las aportaciones más fecundas de una lectura humanista: hacerse cargo de uno mismo no significa fingir que el entorno no existe. Significa reconocer simultáneamente mi capacidad de responder y nuestra responsabilidad de transformar aquello que dificulta vivir mejor.

También debemos observar a la familia. Nuestros hábitos no comienzan con una conferencia de nutrición; comienzan mirando.

La infancia observa qué bebemos, cómo comemos, qué utilizamos como recompensa, cuánto dormimos, cómo descansamos, qué hacemos cuando estamos ansiosos y cuándo acudimos al médico. Aprende si la comida es convivencia o ansiedad; si el cuerpo debe cuidarse o solamente aguantar; si descansar es parte de una vida buena o señal de flojera. No se lo enseñamos deliberadamente. Se lo enseñamos viviendo.

Y luego ese niño sale de casa y encuentra una escuela, una tienda, una pantalla, una plataforma, una calle y un mercado que también educan. Por eso la infancia tiene familia, pero también tiene maestros comerciales.

Cuando una empresa convierte una bebida en sinónimo de felicidad, una botana en pertenencia o el consumo continuo en entretenimiento, no está vendiendo únicamente un producto: está participando en la construcción de significado y de un estilo de vida más saludable.

Ahí comienza otra conversación incómoda.

En casa solemos decir “barriga llena, corazón contento”. Pero un corazón contento no siempre es un corazón cuidado. A veces la frase describe una celebración; otras, una costumbre que confunde saciedad con bienestar.

La empresa también deja huella en el cuerpo

Defiendo profundamente a la empresa porque conozco su capacidad para generar empleo, innovación, movilidad social, conocimiento, comunidad y prosperidad. Precisamente por eso me parece insuficiente reducir su responsabilidad a pagar impuestos, cumplir la regulación y producir utilidades.

Toda empresa produce una forma de vida.

La Organización Mundial de la Salud utiliza una expresión particularmente pertinente: los determinantes comerciales de la salud. La formulación reconoce que las decisiones privadas sobre productos, precios, mercadotecnia, distribución y entornos laborales pueden favorecer o deteriorar la salud de las poblaciones. Fuente: Organización Mundial de la Salud, marco sobre determinantes comerciales de la salud.

No significa convertir al empresariado en villano. Significa reconocer poder.

Durante décadas construimos organizaciones extraordinariamente eficientes para producir, distribuir y estimular consumo. No fuimos igualmente rigurosos para preguntarnos qué clase de vida estaba produciendo ese consumo.

Una empresa alimentaria influye mediante composición, porciones, precio y publicidad; una plataforma digital, mediante facilidad y frecuencia; una empresa convencional, mediante horarios, cargas de trabajo, descansos y cultura; un desarrollo inmobiliario, mediante la posibilidad de caminar. Una compañía tecnológica puede reducir fricciones mientras aumenta sedentarismo. La industria farmacéutica puede transformar la historia de una enfermedad y, simultáneamente, debemos impedir que la solución cultural vuelva a reducirse a comprar otra cosa.

Aquí propongo una categoría que todavía no es un indicador científico, pero puede resultar útil para nuestra reflexión empresarial: la huella metabólica de la empresa.

Así como preguntamos por nuestra huella de carbono o hídrica, ¿qué ocurriría si un Consejo de Administración comenzara a preguntar qué efectos producen durante años sus productos, empleos, horarios, promociones y modelos de consumo sobre la salud humana?

La pregunta incomoda porque ensancha la contabilidad moral de una organización y modifica la responsabilidad social.

Donar recursos para atender diabetes mientras una empresa conserva prácticas que favorecen entornos poco saludables puede resultar generoso, pero insuficiente. La filantropía consciente no debería limitarse a financiar las consecuencias; también debe ayudarnos a transformar las condiciones que las producen.

Aquí puede ayudarnos la trayectoria de Carlos Slim Helú, no como modelo perfecto ni como autoridad moral incuestionable, sino como ejemplo de una intuición empresarial relevante: la inversión social no tiene por qué separarse de la construcción de capacidades. Salud, educación, conectividad y acceso no son únicamente gastos compensatorios; pueden convertirse en infraestructura para que las personas ejerzan mejor su libertad.

La pregunta empresarial, entonces, no debería ser solamente cuánto donamos después del daño, sino qué capacidades estamos ayudando a construir antes de que el daño ocurra.

Porque “a caballo regalado no se le mira el diente” puede ser una virtud de gratitud, pero no debería convertirse en criterio de salud pública. Si un producto se ofrece barato, abundante y convenientemente, no por eso deja de tener consecuencias. La gratuidad aparente también puede cobrar intereses en el cuerpo.

Y aquí aparece una realidad mexicana todavía más compleja.

En nuestro país una parte importantísima de la alimentación cotidiana no la producen solamente las grandes corporaciones. La preparan microempresas, fondas, puestos, cocinas económicas y mujeres que convirtieron conocimiento doméstico y trabajo históricamente invisible en una fuente de ingreso.

México feminiza buena parte de su base económica mientras continúa masculinizando muchos de sus espacios de poder.

Una mujer puede cocinar para sostener económicamente a su hogar, cuidar a sus hijos, atender a un padre con diabetes y terminar sin tiempo para cuidar su propia salud.

Nosotros consumimos lo que produce. Grandes compañías abastecen ingredientes, bebidas, empaques y distribución; la ciudad genera la necesidad de comer fuera; la jornada laboral genera prisa; el precio condiciona la elección.

¿A quién vamos a culpar? A nadie aisladamente. Ése es precisamente el punto.

La fonda no es el problema. El taco no es el problema. La tortilla no es el problema. Tampoco una aplicación, una marca o una celebración familiar explican por sí solas nuestra enfermedad.

El patrón sí importa.

Frecuencia, cantidad, composición, bebida, estrés, sueño, sedentarismo, acceso, ingreso y cultura terminan encontrándose dentro del mismo cuerpo.

Por eso una política regenerativa no debería perseguir a quien vende comida popular. Debería conseguir que vender mejor también sea buen negocio; que el agua, los mejores ingredientes, la refrigeración, la capacitación, las porciones adecuadas, el crédito y las opciones saludables sean económicamente viables.

Lo saludable tendrá que ser rentable para quien vende, accesible para quien compra y culturalmente deseable para quien consume.

De otra manera seguiremos pidiéndoles virtudes individuales a personas atrapadas dentro de incentivos colectivos.

Decimos “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”. La frase describe una vieja intuición sobre el poder, pero también nos obliga a preguntar quién reparte hoy las opciones alimentarias, quién se queda con la mejor parte del valor y quién termina pagando, con su salud, la parte más costosa.

No necesitamos otra guerra contra nosotros/as mismos/as

Existe además una dimensión cultural que solemos ignorar.

Nos gusta celebrar comiendo, demostramos afecto alimentando, premiamos con dulces y asociamos abundancia con hospitalidad. Admiramos a quien trabaja hasta agotarse, normalizamos que una madre se olvide de sí por cuidar a todos y aplaudimos al empresario que nunca descansa.

Incluso nuestra espiritualidad puede jugar en dos direcciones.

La fe, para millones, ofrece comunidad, pertenencia, esperanza y acompañamiento extraordinarios. Pero algunas expresiones culturales pueden convertir aceptación en resignación: “Dios dirá”, “si me toca, me toca”, “de algo nos tenemos que morir”.

No corresponde ridiculizarlas. Conviene interpretarlas. No todo depende de nosotros, pero mucho sí requiere nuestra respuesta.

También hemos hecho costumbre decir “más vale tarde que nunca”. Es cierto cuando alguien finalmente decide medirse la presión, acudir al médico o cambiar un hábito. Pero la frase se vuelve peligrosa cuando sirve para justificar que lleguemos tarde a todo: a la prevención, al diagnóstico, al descanso y al cuidado.

Mi tatarabuelo, Manuel Cervantes Imaz, como tantos mexicanos de otra época, entendió que la vida no se sostenía únicamente en el individuo aislado, sino en la familia, el trabajo, la palabra empeñada y la responsabilidad hacia quienes vendrían después. Esa memoria familiar me ayuda a recuperar una idea que hoy necesitamos con urgencia: cuidar no es una actividad privada; es una forma de continuidad entre generaciones.

Tal vez necesitemos recuperar una palabra antigua y sorprendentemente contemporánea: templanza.

No como prohibición ni culpa, sino como capacidad para relacionarnos con el deseo sin obedecerlo automáticamente.

Vivimos dentro de una economía que constantemente nos invita a más: más consumo, más rapidez, más disponibilidad, más pantalla, más trabajo. La templanza introduce una palabra económicamente incómoda y humanamente indispensable: suficiente.

Eso también es desarrollo humano.

Durante décadas confundimos libertad con poder consumir aquello que deseamos. La siguiente generación tendrá que aprender una libertad más exigente: poder decidir qué deseos vale la pena obedecer.

Por eso no quisiera que MACARENHA se convierta en otra etiqueta con la cual avergonzar cuerpos.

Ni la obesidad es un fracaso moral ni la enfermedad crónica demuestra falta de carácter. Tampoco debemos desplazarnos hacia el extremo contrario y cancelar toda responsabilidad individual. Entre culpa y determinismo existe conciencia.

Todo comienza por uno mismo o una misma: medirse la presión, conocer los antecedentes familiares, dormir, caminar, revisar lo que bebemos, preguntarnos cómo comemos, buscar atención antes del síntoma, pedir ayuda, tomar correctamente un tratamiento cuando está indicado y cuidar el cuerpo sin odiarlo.

El liderazgo humanista comienza precisamente ahí: hacernos cargo de nosotros mismos. Pero no termina ahí.

Porque “el que es perico, donde quiera es verde” suele celebrarse como elogio de la capacidad individual. Sin embargo, nadie debería tener que demostrar su fortaleza en un entorno diseñado para desgastarlo. La resiliencia es valiosa; convertirla en requisito permanente para sobrevivir no es justicia.

Regenerar el ecosistema que estamos heredando

México ya comienza a cambiar su mirada clínica. La nueva comprensión internacional CKM confirma que corazón, riñón y metabolismo deben atenderse integradamente. MACARENHA propone ampliar todavía más ese horizonte. La medicina se mueve, con razón, hacia prevención temprana, riesgo integral y atención coordinada. Fuente: American Heart Association, American College of Cardiology, American Diabetes Association y American Society of Nephrology, guía clínica sobre el síndrome cardiovascular-renal-metabólico, 2026.

Sin embargo, ningún sistema sanitario podrá medicar por sí solo un modo de vida. Necesitamos política entendida en su sentido más digno: disposición para cocrear el bien común.

El primer sector debe construir prevención, atención primaria, regulación inteligente, espacios públicos seguros, educación, acceso efectivo y continuidad clínica, no únicamente hospitales para reparar tarde.

El segundo sector necesita asumir que crear prosperidad también significa preguntarse por las consecuencias humanas de productos, trabajos y mercados. La rentabilidad no pierde legitimidad por reconocer límites; puede ganar propósito.

El tercer sector puede formar, acompañar, investigar, experimentar soluciones comunitarias, atender a quienes quedan fuera y construir puentes donde Estado y mercado no alcanzan.

Familias, escuelas, comunidades religiosas, organizaciones civiles, universidades y empresas pueden hacer algo todavía más importante: modificar aquello que consideramos normal.

Porque regenerar es distinto de prevenir. Prevenir intenta impedir el daño. Regenerar transforma las condiciones que lo producen.

No consiste solamente en pedir menos refresco, sino en devolver normalidad al agua; no únicamente en recomendar ejercicio, sino en reincorporar movimiento a nuestra vida; no sólo en explicar nutrición, sino en recuperar capacidades para comprar, preparar, compartir y comprender alimentos; no simplemente en reducir pantallas, sino en devolver tiempo a la conversación, al juego, a la calle segura y al descanso.

Y, sobre todo, no se trata de decirle a una persona “cuídate” mientras diseñamos trabajos que le dejan poco tiempo para hacerlo, ni de heredar a nuestra infancia instrucciones para reparar el cuerpo que nuestro modo de vida deterioró.

La infancia mexicana no necesita crecer con miedo a la obesidad, la diabetes o la hipertensión. Necesita aprender algo mucho más profundo: su cuerpo es el primer lugar que habitará toda su vida y cuidarlo constituye una forma de libertad.

Nuestros abuelos conocieron la escasez. Nuestros padres aspiraron legítimamente a la abundancia. Nuestra generación construyó comodidad, velocidad y conveniencia. Ahora tenemos delante las consecuencias que antes no alcanzábamos a mirar.

No se trata de arrepentirnos del progreso, sino de aprender a progresar mejor: conservar innovación, tecnología, empresa, mercado y prosperidad, reconciliándolos con biología, comunidad, descanso, cuidado, moderación y tiempo humano.

Tal vez ésa sea la enseñanza más profunda que MACARENHA puede ofrecernos. El verdadero problema mexicano no cabe dentro de un acrónimo.

No está solamente en nuestra glucosa, nuestras arterias, nuestros riñones o nuestro peso. Está en las relaciones que hemos construido entre cuerpo, familia, trabajo, consumo, ciudad, cultura, mercado e instituciones.

Y precisamente por eso también existe esperanza. Porque si construimos ese entorno, podemos transformarlo.

No basta decir “a mal tiempo, buena cara”. La buena cara puede ayudarnos a resistir, pero no debe impedirnos reconocer el mal tiempo ni organizar una respuesta. El humor mexicano nos ha permitido atravesar muchas crisis; ahora necesitamos que también nos permita nombrar aquello que ya no podemos seguir normalizando.

Este martes y jueves continuaremos esta conversación en Liderazgo, Salud y Sociedad, por Radio Fórmula 1470 AM. Quiero que llevemos MACARENHA fuera del consultorio y nos preguntemos qué responsabilidad corresponde a cada uno de nosotros en la salud del México que estamos construyendo.

Quizá la pregunta definitiva no sea cómo conseguir que México enferme menos. Es otra. ¿Qué clase de país necesitamos construir para que vivir dentro de él nos ayude también a cuidarnos? El cuerpo mexicano lleva tiempo intentando decírnoslo.

Ahora nos corresponde aprender a escucharlo.

* El autor es Doctor en Desarrollo Humano por la Universidad Motolinía del Pedregal; Maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana; Master Ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico por IE Business School y Licenciado en Comunicación Gráfica. Es desarrollista humano, empresario, docente, consejero sistémico y columnista en El Economista.

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Jaime Cervantes Covarrubias

El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de empresa, España.

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