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“En el teatro tiene que haber mucho más gozo que cualquier otra cosa”: Rodrigo Olguín
Rodrigo Olguín pertenece a la generación de actores que concluyó su formación en plena pandemia y enfrentó el paro de toda la actividad artística, entre ellas el teatro, y el encierro; actualmente combina actuación, dramaturgia y docencia, mientras prepara nuevos proyectos como “Mujeres soñaron caballos” y “Quiero vivirlo todo”, convencido de que el teatro es la prueba de fuego y una carrera de resistencia.

Rodrigo Olguín, un actor fruto de la pandemia.
Rodrigo Olguín acaba de concluir temporada en la obra teatral “Suficiente”, de Aída del Río, donde interpretó a un adolescente de clase acomodada que no acaba de cerrar el duelo por la muerte de su abuelo y es forzado a tomar decisiones trascendentes para su vida; casi al mismo tiempo, puso fin a la temporada en “Acontecer”, donde interpreta a un chico gay que vive con el temor de salir del clóset ante la incomprensión y reprobación de sus padres. En el momento de esta entrevista está ensayando para la puesta en escena de “Mujeres soñaron caballos”, el clásico de Daniel Veronese, que estrenará en septiembre, y en noviembre volverá al escenario con "Quiero vivirlo todo", una obra de su autoría en la que actúa y dirige.
Suena genial para un actor de 26 años, pero la vida Rodrigo no solo transcurre en el teatro. También hace cine y televisión y además es docente; y en medio de todo, después de interpretar personajes de gran intensidad, con gran maestría – valga decirlo– , debe cuidar el equilibrio entre la plenitud laboral y la salud emocional. La particularidad es que pertenece a la generación de actores que vio interrumpida su formación por una pandemia, que tuvo que tomar clases virtuales para adquirir las habilidades que requiere una profesión en la que la presencialidad y el trabajo corporal con otros es fundamental. “Aprender actuación en línea fue terrible”, corrobora.
Pero la vida forma carácter, no solo las aulas, y Olguín constata que su existencia ha sido una constante adaptación. Nació en Ciudad de México, pero tiene raíces en Michoacán y ha vivido en Naucalpan, Cuautitlán Izcalli y actualmente en Coapa. Luego de cursar el Bachillerato en Arte y Humanidades en el CEDART Diego Rivera del INBAL, aplicó a la Escuela Nacional de Arte Teatral “pero me dijeron bye, porque seseaba mucho (…) porque a lo largo de mi vida, usé muchos aparatos en la boca”, explica. Entonces tomó la decisión de inscribirse en CasAzul.
“Fue un gran acierto, la verdad. Caí en blandito con Dieguito del Río y Evan Regueira, que fueron mis primeros maestros de actuación a nivel profesional, los dos, grandes docentes”, afirma.
En esta entrevista, Rodrigo Olguín Reyes reivindica el teatro como la “prueba de fuego” donde realmente se forma el actor, revisa esos años de formación fragmentada, habla de la precariedad laboral que tienen que enfrentar los actores de su generación, y enfatiza el teatro como espacio de verdad y de riesgo, pero también de gozo, y de la necesidad de redefinir el oficio.
P. –¿En qué momento el teatro dejó de ser una posibilidad y se volvió una decisión profesional?
– Desde el CEDART empezó a abrirse ese panorama, pero la decisión se consolidó cuando entendí que el teatro en México no solo es vocación, también es disciplina y resistencia.
P. – Tras no quedar en la ENAT ni en el CUT, ingresaste a CasAzul y posteriormente vinieron las clases virtuales en plena pandemia, ¿qué te dejó una formación en condiciones tan atípicas?
– Me dejó la certeza de que el actor se hace en cualquier circunstancia. Ensayar con cubrebocas, en escuelas adaptadas, te obliga a regresar a lo esencial: el cuerpo, la escucha y la presencia. Pero sí, al principio fue muy difícil. Sufría mucho. Sentía que no avanzaba. Me costaba mucho trabajo entender la naturaleza de la actuación. Pero al final eso me dejó un gran aprendizaje y me dio mucha seguridad para llegar al escenario.
P. – ¿Cómo cambió tu idea del oficio al formarte en un contexto donde la precariedad y la improvisación eran parte del día a día?
– Cambió por completo. El teatro dejó de ser una idealización y se volvió un trabajo duro, donde la creatividad convive con la falta de recursos y la necesidad de resolver.
P. – Has hecho cine y televisión, apareciste en “Heroico”, de David Zonana, y en la serie de Vicente Fernández, y además eres dramaturgo, ¿qué tiene el teatro que no ofrecen el cine y la televisión?
– El teatro es la prueba de fuego del actor, ahí es donde te formas como actor. A diferencia del cine o la televisión, donde la edición final puede mejorar o empeorar una interpretación, en el teatro el actor tiene el control absoluto en tiempo real de la interpretación pero no hay edición ni segundas oportunidades. Ahí la cagas y no hay edición que corrija esa escena, yo creo que eso te aterriza y te confronta directamente con el espectador, mientras que el cine te da como un aura inmortal, eterna o idílica.

Olguín prepara su reestreno como dramaturgo y director.
P. – Me impresionó ver cómo llevaste tu personaje de “Suficiente” al extremo y cómo lo hiciste crecer a lo largo de la temporada, ¿cómo consigues eso?
– Creo que la actuación es un acto de honestidad total. Si no hay verdad, la técnica se vuelve vacía. Esa es otra de las cualidades del teatro, que tienes que ser brutalmente honesto y decir toda la verdad todo el tiempo.
En el caso concreto de Andrés, que es mi personaje en “Suficiente”, es este chico que ha vivido en el colegio desde siempre. No conoce otra cosa. Y a lo largo de toda la obra vive alcoholizado o en el perico y el ácido. Entonces había que transmitir esa desconexión total de su mente con su organismo y también el dolor que estaba sintiendo. Como actores sabemos que el cuerpo responde a cualquier cosa que le pidas, hay una cosa química, no sé que es, que si le dices ‘estoy borracho’, te pone bien borracho. Pero llegar a eso es prueba y error, y para eso son los ensayos, para ir a cagarla. Yo siempre digo que el ensayo es eso, y no pasa nada, porque luego frente al espectador hay que darlo todo. Y a mí me gusta sorprenderme de mí mismo, revolucionar la escena.
La otra cosa tiene mucho que ver con los tiempos de una producción. En México ya no se hacen temporadas de teatro largas, de 100 o 200 representaciones, a las nuevas generaciones nos tocaron bastante cortas, y eso te obliga a hacer madurar bastante rápido al personaje. Te obliga a adaptarte más rápido, pero también te quita tiempo de maduración del personaje.
P.– ¿Es posible separar completamente al actor del personaje cuando el tema toca experiencias cercanas?
– No del todo. El cuerpo lo recuerda, pero uno aprende a canalizarlo y dejarlo ir después de la función.
P. – ¿Cómo haces para dejar en el teatro al personaje y mantener la salud emocional cuando interpretas a personajes con gran carga e intensidad?
– Con mucha conciencia. Terapia, rituales de cierre y hábitos que te devuelvan a la vida cotidiana después de escena. Normalmente son cosas simples: me lavo la cara, me quito el vestuario, muy importante, y empiezo a cotorrear con mis colegas de cosas que no tengan que ver con la obra, vamos por unos tacos. Eso a mí me desconecta. Claro, dependiendo de cada proceso, ese ritual va cambiando. Al final, el teatro no deja de ser un juego. Sonará cliché, ¿no?, Es un juego muy en serio, pero finalmente un juego.

Rodrigo está en una etapa de crecimiento actoral intenso.
P.– ¿Qué te han aportado tus personajes, como actor?
– Cada uno me ha formado desde un lugar distinto. Uno desde la creación total, otro desde el protagónico y otro desde el aprendizaje temprano sobre temas como el bullying y la identidad.
P.- Dijiste antes que la expectativa del público puede convertirse en un “tope brutal”, ¿cómo se trabaja esa presión?
– Intentando regresar al juego. Si te preocupas por gustar, pierdes la libertad y la verdad del personaje.
P.– ¿El éxito puede alterar la esencia del trabajo escénico?
– Sí. Puede distraerte del proceso. Tienes que recordarte constantemente por qué estás ahí.
P.– Dices que no sabes descansar, ¿qué significa eso en un oficio tan exigente, cómo manejas la pausa entre un proyecto y otro?
– Significa que el sistema te empuja a no parar. Entre sobrevivir y crear, el descanso se vuelve un lujo difícil de sostener. El oficio de actor de teatro es sumamente precario y muchas veces te impide el descanso real, porque siempre hay algo que hacer para seguir en el medio. Pero tienes que ser muy consciente y muy responsable con eso.
P.– Si miras tu momento actual, ¿lo defines como una etapa de expansión o de consolidación?
– Creo que es una etapa de crecimiento intenso, con mucho trabajo y con la necesidad de ordenar todo lo aprendido. Usualmente me llaman para hacer muchos dramas. Y también a mí me gusta mucho habitar en esos universos, siento que ahí es donde está el reto. También siento que hay mucho reto en la comedia, que me gustaría explorar mucho más, la verdad. Pero en cualquier caso, creo que tiene que haber mucho más gozo que cualquier otra cosa.
Juguemos pin pon:
– Nombre real completo
– Rodrigo Olguín Reyes
– Tu edad
– 26 años
– Personas que admiras en el teatro
– Si hablamos de directores o directoras, Diego del Río, Martín Acosta, Aida del Río, Paula Zelaya, Gabriela Ochoa, Vale Fabri, David Gaitán, Cris Magaloni, Angélica Rogel; de actrices, Carolina Politi.
– Dramaturgo contemporáneo infaltable
– David Gaitán.
–Dramaturgo célebre favorito
– Varios, pero Lorca, predilecto
–Actores / actrices de cine que admiras
– Raúl Briones, Arcelia Ramírez, Lisa Owen y Fernando Cuautle
– Directores
– Lila Avilés, Alonso Ruizpalacios, Pierre Saint-Martin
– Libro que estás leyendo
– El vampiro de la colonia Roma
– ¿Ya viste La Odisea?
– Ya, sí me gustó
– Personajes que te gustaría interpretar en teatro
– Uff, Leonardo de “Bodas de sangre”; Prior Walter, de “Ángeles en América”; Edipo Rey, pero readaptado
– Luis de Tavira
– Personajazo. No tengo el placer de conocerlo personalmente, sé que ha sido una institución en el teatro mexicano, y claro, me encantaría tener la oportunidad de actuar con él o ser dirigido por él.
– Define el teatro en un frase
– Actuar no es fingir, sino ser honesto en condiciones extremas. En el teatro no hay red: cada función es un salto al vacío donde la verdad sostiene al actor o lo derrumba.


