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Opinión

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Jordi Soler y sus aventuras de un turista de primer mundo

De sus tanteos políticos con el subcomandante Marcos a sus desventuras como diplomático, Jordi Soler nunca está corto de anécdotas.

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Pertenezco a una generación atrapada entre dos generaciones. Soy millennial de la variedad elder millennial o xennial. Somos los que nacimos justo al inicio de los ochenta: demasiado jóvenes para ser de la generación X, apenas arañamos la generación del milenio. Compartimos referencias culturales con ambas generaciones. Igual conocimos el rock grunge que vimos Dragon Ball y crecimos con el internet incipiente del nuevo siglo. Un pie acá, otro allá.

Una de esas referencias claves para nosotros los elder millennials chilangos es Radiactivo 98.5. Era la radio de la vanguardia, llena de música e ideas. Muchas de esas ideas, vistas ahora, eran muy babosas y no han aguantarían para nada el escrutinio de las generaciones que usan internet desde que respiran, pero entiéndanme: era todavía el México del PRI, los niños y adolescentes sentíamos que nos ahogábamos. Nos urgían esas ideas, esa música.

(Y eso que nos tocó crecer con el crepúsculo del PRI, ya con conciertos de rock cada mes y libre comercio. Uno de los grandes momentos de mi infancia fue cuando me di cuenta que no hacía falta ir a Estados Unidos para probar la Cherry Coke y los chocolates Three Musketeers porque por fin los podía encontrar en algunas tiendas. TLC, bitches).

Entonces, Radioactivo, la estación clave de mi adolescencia temprana. Hay locutores y personajes de Radioactivo que siguen al aire en otros proyectos de éxito, por ejemplo el Sopitas, en aquellos tiempos un fancito metiche que poco a poco fue agarrando chambitas en la estación hasta que logró ser miembro oficial de El mañanero, el programa matutino. Estaban también Olallo Rubio y Fernanda Tapia, que eran mis locutores favoritos. A la Tapia la escuchaba saliendo de la secundaria, a Olallo en la tarde mientras fingía que me importaba hacer la tarea. Me habría encantado ser amiga de ambos, entrevistarlos y echar relajo al aire. Sueños de radio.

Pero había otro locutor interesantísimo que a mí me intimidaba y me atraía en mi justa medida pubescente: Jordi Soler, que por entonces ya era una presencia de larga cauda en el mundito de la radio rockera chilanga. “Larga cauda”: había sido director de Rock 101, la estación FM clave del rock en México (o al menos en la Ciudad de México, porque en el resto del país, sobre todo en el norte, la historia del rock es otra). Jordi era el poeta maldito de bolsillo de Radioactivo: ponía post-punk, género del que yo desconocía todo, que leía poesía, de la que yo sabía menos, y comentaba algo de política de izquierda con cierto tono descafeinado (lo que se podía sin enloquecer a los dueños de la estación, supongo) en su turno al aire.

Nunca he sido muy izquierdista porque no tengo corazón, pero en voz de Jordi todo eso sonaba atendible. Y para mayor seducción, el hombre tenía la voz más sexy de la radio. Un tipo formidable.

A Jordi Soler comencé a leerlo gracias a un anuncio (¿acaso sería una entrevista? Ya no recuerdo bien) en otro medio de rock, la revista Switch. Había publicado su libro de cuentos La cantante descalza y otros casos oscuros del rock (Alfaguara). Lo devoré con hambre de épica, mi vida suburbana era tan monótona y esos cuentos eran portales a la droga dura de lo trascendente. Y eran rock, rock, rock. Por supuesto que había una fuente de trascendencia ahí.

Jordi Soler ha continuado con una carrera literaria lo bastante exitosa como para ser leído tanto en España, donde ahora vive, como en México. Sus libros siempre aparecen en las mesas de novedades y yo estoy atenta a cualquier nueva publicación para leerla de inmediato. Sus novelas casi siempre me han gustado y para quien quiera hincarles el diente recomiendo comenzar con Los rojos del ultramar (como la mayor parte de los trabajos de Soler, está publicada por Alfaguara). Un cruce de tiempos entre la Guerra Civil española y la vida en La Portuguesa, la plantación veracruzana en la que Soler creció, la novela recoge sus recuerdos de hijo de refugiados españoles que fundaron su-casi-propio país en la selva veracruzana.

Nacido en 1963 —necesaria identidad escindida entre el exilio y la integración—, el escritor en ciernes hablaba catalán, vivía una parte del año en el exDF y escuchaba rock. Jordi tiene el buen gusto de malmirar la trova, pero ama la música de Joan Manuel Serrat, su vínculo con esa otra patria que sus mayores extrañaban tanto.

Me acordé de mi adolescencia leyendo Las armas de la ilusión, memorias de algunas de sus andanzas, desde sus años radiales hasta sus aventuras/desventuras como agregado cultural en la embajada mexicana en Irlanda.

Con Las armas de la ilusión Soler confirma que posee el don de la ligereza. Es un libro breve que se siente todavía más breve porque se puede leer de una o dos sentadas. Presenta como relatos cortos sucesos clave de su vida adulta, que también ha sido su vida pública.

El escritor decide comenzar con el escarceo del subcomandante Marcos y la estación de radio en la que Soler trabajaba en 1995. Narra Soler que desde el levantamiento zapatista en Chiapas, 1994, se había procurado en la estación defender y difundir el movimiento aprovechando su enorme audiencia. Un acto valiente que implicó su riesgo, todavía Gobernación tenía un férreo control sobre los medios y, a pesar de la cierta apertura, el PRI seguía siendo el PRI y los zapatistas le habían declarado la guerra al Estado mexicano, que en aquella época era los mismo que el partido de la revolución estancada.

Un día Jordi Soler recibe una llamada: “Marcos te quiere dar una cosa”. La cosa era una grabación que le haría llegar un aliado zapatista en cierta esquina recóndita de la colonia Roma. El asunto es emocionante y clandestino. Total que la grabación se pasó al aire y fue un parteaguas para la politización del público joven de la estación de radio.

Yo no recuerdo bien a bien el episodio (tenía 11 años), de lo que sí tengo memoria es de otro hecho que narra Soler: la vez que los zapatistas tomaron Radioactivo en 1998. Para mí aquello fue como sumirme en una novela de Frederick Forsyth, al fin había trascendencia en mi vida suburbana: la radio me enviaba en tiempo real un acto político de alto octanaje en el que adolescentes como yo podríamos involucrarnos.

Pero lo que narra Soler es otra cosa: se pasaron algunas horas de miedo. Los empleados, incluidos los locutores del turno de la mañana, estaban secuestrados y no había modo de saber cómo estaban. Los zapatistas prometían una toma pacífica pero la bronca era la posible reacción violenta y pasada de lanza de las autoridades. La fuerza pública ya estaba afuera, cortando cartucho y con mala actitud. El clímax de tan difícil situación termina con una escena casi cómica que incluye un rifle de juguete, un guerrillero chaparrito y un microbús.

Las armas de la ilusión pasa por otros recuerdos, como la entrevista insólita, en un local de vestidos de novia del centro, entre Soler y el escritor colombiano Fernando Vallejo; una especie de performance en el que Jordi siguió el guión cuidadosamente pergeñado por Vallejo para crear el mayor escándalo posible. Después ambos escritores forjaron una amistad y en una cena Soler acompañó al colombiano a matar, cuchillo cebollero empuñado por Vallejo, al camotero de la colonia Condesa.

El libro es muy divertido. En su novela Diles que soy cadáveres Soler ya había confesado lo inútil que se sentía como agregado cultural en la embajada mexicana en Irlanda. No fue tan inútil, en realidad, para él de forma personal: se hizo amigo del poeta Seamus Heaney, ganador del premio Nobel pero buena persona, y recorrió las calles que James Joyce hizo literatura, el periplo de Leopold Bloom en Ulises, que para Soler no es poca cosa como miembro de la Orden del Finnegans, hermandad de lectores enfermos de Joyce. El agregado cultural durmió en la cama de infancia de Óscar Wilde y se vio obligado a gestionar la llegada de un adefesio del “escultor” Sebastián a Irlanda.

En Las armas de la ilusión hay un muy saludable autoescarnio. Son aventuras de turista de primer mundo porque Soler está aquí y allá; no es sólo periodista, ni sólo escritor, ni sólo diplomático wannabe, es un testigo de sí mismo. Suena a airada masturbación, y hay algo de eso. Pero, ¿de qué sirve la literatura sino para ver lo que los autores hacen en el baño?

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