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¿A dónde irán los viejos?

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
La información del Inegi sirve para mucho más que hacer propaganda con trucos estadísticos durante las conferencias matutinas. Con los datos de ese instituto sabemos, por ejemplo, que de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) hay una profunda distorsión generacional en el mercado laboral mexicano.
Durante el periodo abril-junio del 2026, la ENOE confirmó una severa distorsión laboral en su comparación anual. La ocupación creció principalmente en adultos mayores de 60 años (251,000 empleos más) y en la población de 50 a 59 años (230,000 empleos más). Mientras la fuerza laboral envejece a ritmo acelerado, la población joven, de 15 a 19 años, sufrió una expulsión en la ocupación con una reducción de 82,000 trabajadores.
En esto hay dos realidades alarmantes. La primera: las plazas disponibles para los jóvenes son precarias y mal pagadas, y muchas veces son despreciadas por la dependencia que han generado las transferencias gubernamentales de los programas del Bienestar. La segunda: la población adulta y los adultos mayores se ven obligados a mantenerse activos o reincorporarse a la fuerza de trabajo para sobrevivir y complementar sus ingresos, porque el esquema asistencialista privilegia transferencias directas sobre la infraestructura de seguridad social que solía existir en otros gobiernos.
Para muchos, después de toda una vida de trabajo, no queda más remedio que seguir empleados. Lo peor es que la mayoría de las plazas para la gente madura se generan en la informalidad o en puestos de remuneraciones muy bajas y sin prestaciones. Lo verdaderamente crítico es que la generación que hoy tiene 60 años y más, que se proyecta en estos datos del Inegi, pertenece, en su mayoría, al régimen de pensiones de la Ley de 1973 del IMSS.
Así, a pesar de los beneficios individuales de aquel sistema contributivo anterior, muchos trabajadores necesitan seguir laborando en la vejez para sobrevivir. Esto responde a que las pensiones no son lo suficientemente elevadas, no todos los trabajadores de esa generación se mantuvieron en la formalidad y es necesario cubrir los costos derivados de las carencias en salud y alimentación desmanteladas en la seguridad social.
¿Qué sucederá con las generaciones regidas por la Ley de 1997, soportadas en el sistema de cuentas individuales de las afores? Si los jubilados del régimen del 73 no logran sostenerse y deben recurrir al comercio informal o a empleos precarios, los futuros pensionados enfrentarán un abismo financiero aún mayor.
Algunos tendrán algo en sus afores, pero hay que recordar que 55.1% de la población económicamente activa vive en una informalidad que carece de esta y otras prestaciones.
Estamos ante el preludio de una crisis de sobrevivencia en la vejez. Si los adultos mayores de hoy, que trabajaron buena parte de su vida en un México de empleo más formal y con esquemas de pensiones más benévolos, tienen que optar por no jubilarse, ¿qué les espera a las siguientes generaciones de personas de la tercera edad ante la precarización del empleo, la insuficiencia de pensiones dignas, la precarización de las finanzas públicas que ya no sostendrán los esquemas asistencialistas y una informalidad que se engulle a la formalidad laboral?
La pregunta es: ¿a dónde irán los viejos cuando el retiro sea un lujo del pasado?
Si los jubilados del régimen del 73 no logran sostenerse y deben recurrir al comercio informal o a empleos precarios, los futuros pensionados enfrentarán un abismo financiero aún mayor.

