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La herencia milenaria en el informe de CSP

Miguel González Compeán | Columna invitada
Asomarse al mundo, requiere valentía y una dosis abultada de tolerancia. Nuestros problemas a nivel mundial y en nuestro país, se antojan, muchas veces, de proporciones inmanejables y de profundidad y experiencia que no parece encontrarse en ninguna parte del mundo, menos aun en nuestro país. La sensación, permanente es, sin embargo, que estamos gobernados por ególatras, ignorantes, con muy corta visión, impulsivos y con la mira en sus intereses personales o de grupo, más que en los de la comunidad a la que se deben.
¿Porqué los más inteligentes, los mejor preparados, los más aptos y, en todo caso, los más razonables, no están al mando del mundo? ¿Estamos en una mala racha de la democracia, preguntarían algunos? O ¿estamos destinados, en medio de esta extraordinaria sociedad desarrollada a que de tanto en tanto estemos gobernados por absolutos imbéciles?
Por razones evolutivas y biológicas, explica el historiador, científico y filosofo Yuval Noah Harari, a lo largo de 70 mil años (¿leyó usted bien la cifra?) algunas de nuestras habilidades para sobrevivir en la sabana, ahora se vean amplificadas por el vertiginoso desarrollo tecnológico, en particular, de las telecomunicaciones.
En aquel lejano lejanísimo entonces, en las tribus había dos tipos de liderazgo: el analítico, racional y, por otro lado, el impulsivo ignorante. Cuando se movía un arbusto el primero actuaba con mesura y evaluando el movimiento. El segundo gritaba, es un león.
De cada 100 veces que esto sucedía, el reflexivo tenía razón en 90 y nada pasaba de gravedad; el asunto se olvidaba pronto igual que ahora, que nunca recordamos lo bueno. Los 10 restantes se lo comía el león y eso era inolvidable. El impulsivo, en cambio, tenía razón en 10, pero la tribu y, en particular él, se salvaban y eso era siempre memorable. La naturaleza nos acabó diseñando para ser impulsivos no reflexivos. Esta experiencia dejo una cicatriz evolutiva enorme. Los seres humanos confundimos a un nivel instintivo enorme la confianza con la competencia y creemos que alguien que habla con seguridad sobre algo es porque sabe de lo que habla, cuando es exactamente al revés con frecuencia. Premiamos al impulsivo ignorante, en vez de al que duda y trata de entender.
En una campaña electoral o en una mesa de alta dirección, el reflexivo duda, piensa en el contexto y argumenta. El impulsivo da un golpe sobre la mesa y dice: no se confundan las cosas son así y hay que hacerlo de esta manera. Además, se ha probado que su ignorancia refuerza la contundencia de su mensaje.
Todo ello se ve amplificado por los medios tecnológicos de comunicación, pero en un día de informe, el o la mediocre que conviene a los verdaderos intereses, asegura que todo se hace por el pueblo y en contra de los otros (narrativa creada), asegura que los homicidios dolosos han bajado, que el peso está fuerte como un roble, que la educación va viento en popa y que todos son más felices porque reciben una dádiva del gobierno. Sólo refuerza la memoria evolutiva que prefiere certezas falsas, que razones y razonamientos que requerirán de su cooperación y esfuerzo. A nadie le gusta mover un dedo por los demás.
Esa es nuestra herencia planetaria y en la tragedia en la que vivimos en México. Vamos a tener que desarrollarnos, crecer y modernizarnos a pesar o en contra de los que le responden solamente al grito de pánico. Nada más, pero nada menos, también.


