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La herencia, desastre en el Golfo

Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio
El desastre ecológico causado por el derrame de petróleo en al Golfo de México, la explosión de hidrocarburos que segó la vida de cinco personas inocentes en Paraíso, Tabasco, y la destrucción de más de 400 hectáreas de manglar para la construcción de la refinería en Dos Bocas, tienen causas comunes. Dos Bocas no fue producto de una valoración económica, ambiental y de ingeniería, sino de un capricho provinciano iluminado montado sobre un aparato de autoritarismo, estulticia y corrupción. El sitio escogido para Dos Bocas era un manglar protegido por la Ley General de Vida Silvestre y por la normatividad ambiental, es decir, por la NOM-059-SEMARNAT. Destruirlo fue un gravísimo delito contemplado en el Código Penal. Se trataba de un ecosistema de enorme valor por los servicios ecológicos e hidrológicos que prestaba, siendo una verdadera incubadora de vida en la interfase entre la tierra y el mar. La capacidad de carga del suelo del manglar era nula, y hubiera requerido años de estudios en geofísica y mecánica de suelos, y acondicionamiento a gran escala, para acoger una refinería de la magnitud de Dos Bocas. El manglar se destruyó impunemente, por bulldozers de empresas fantasma, sin siquiera contarse con una Manifestación de Impacto Ambiental. Se designó a grandes firmas de ingeniería como Bechtel, Techint y WorleyParsons, para desarrollar el proyecto, las cuales, al conocer las condiciones de costo, plazos y riesgos, simplemente renunciaron. (El gobierno exigía terminarla en tres años, y a un costo de 8 mil millones de dólares, algo imposible. Lo peor, es que la refinería de Dos Bocas acabó costando más de 20 mil millones de dólares).
La refinería fue “inaugurada” al menos tres veces, lo que ilustra en forma preclara las motivaciones narcisistas y de propaganda política detrás de ella. El gobierno decidió que Pemex y la Secretaría de Energía desarrollarían directamente el proyecto, asignándolo por partes, de manera fragmentada, a empresas como Samsung, Fluor, ICA, KBR, y Grupo Carso. Una vez destruido el manglar, se apresuró un relleno defectuoso del terreno fangoso, saturado de agua y poco permeable, proclive a hundimientos diferenciales, con un desplante de la refinería irresponsablemente bajo, y con sistemas de drenaje insuficientes, que cederían ante precipitaciones intensas. Recordemos que la zona tiene una altitud casi al nivel del mar, suelos arcillosos saturados de agua, y que, naturalmente, es una zona de inundación en la cuenca baja del Grijalva-Usumacinta, donde se registran las mayores precipitaciones en el territorio nacional, y expuesta a importantes mareas y “nortes” provenientes del Golfo de México. Ahí se modificaron los flujos de agua sin haberse estudiado a fondo la hidrología. El agua que antes se dispersaba y absorbía en los manglares, ahora se acumula en la propia refinería. Los sistemas de drenaje quedaron rebasados y fuertemente dependientes del bombeo, lo que inunda distintas áreas y plantas. Entre ellos, los separadores API (American Petroleum Institute) de agua y petróleo. Con lluvias intensas e inundaciones, los separadores pierden eficiencia y hacen que se desborde el aceite mezclado con agua fuera del perímetro de la refinería, llevando hidrocarburos a zonas y calles aledañas, a los ríos, y eventualmente al mar. Así, por un lado, el 17 de marzo, el sistema de drenaje de la refinería se colapsó haciendo fluir hidrocarburos por los canales pluviales, que estallaron en las vialidades cercanas, provocando la muerte de cinco personas.
El petróleo contaminó el río Seco, y fluyó hacia el mar, de hecho, Marina y Pemex han intentado inútilmente contenerlo. Por otro lado, desde el 1 de marzo se había detectado un derrame masivo de crudo sobre las costas de Tabasco y Veracruz, que el gobierno atribuyó cínicamente a un “buque privado”, sin identificarlo. Esto es algo absurdo dados los sistemas de identificación de barcos en tiempo real utilizados por la Secretaría de Marina en una zona crítica de seguridad nacional, como es el caso del AIS (Automatic Identification System). Imposible que la Semar no supiera el origen del derrame desde hace casi un mes, aunque declaró que tenían “identificados a 13 barcos”, pero sin conocer cuál había originado el derrame de manera deliberada, lo cual no es creíble. Tendría que haberse tratado de una falla estructural súbita y misteriosa - sin tormenta alguna - en un barco gigantesco de doble casco (como lo son ahora casi todos) con capacidad de más de un millón de barriles de petróleo, y sin que nadie se enterara. Esto es una falacia con la que se intenta encubrir el verdadero origen de la catástrofe: la infraestructura degradada de Pemex en la Sonda de Campeche, la destrucción de un enorme manglar y la construcción irresponsable y caprichosa en ese sitio de una aberrante refinería. Todo ello, en el contexto de la reconstrucción del monopolio petrolero desde 2018, su manejo incompetente y corrupto, de pérdidas colosales, y del despilfarro de billones de pesos de dinero público en esta empresa quebrada. Es la herencia tóxica.

