Buscar
Opinión

Lectura 4:00 min

Hay una forma de violencia que consiste en darse la vuelta mientras alguien habla

main image

Nalleli Candiani | Columna invitada

Nalleli Candiani

Mientras yo hablaba sobre México, ella se volteó y comenzó a mirar otra cosa. Yo seguía hablando sola detrás de ella, explicando la historia de mi propia ciudad a una mujer norteamericana que había viajado miles de kilómetros para no escucharla. Hay algo profundamente perturbador en descubrir que la cultura puede consumirse sin atención. Que una persona puede atravesar museos, países, idiomas, ruinas y continentes enteros permaneciendo completamente cerrada. Así sucedió cada vez que yo hablaba. Me dejaba hablando sola. Se iba.

Desde el principio me impresionó la frialdad ornamental de su presencia: aquellas perlas enormes alrededor del cuello.

Regresé a mi casa con un dolor de cabeza insoportable. He conocido bailarinas horribles, artistas crueles y escritores delirantes. Nunca, sin embargo, había experimentado la violencia particular de alguien que simplemente se da la vuelta mientras hablas. No es agresión frontal. Es algo más sofisticado y contemporáneo. Una forma elegante de querer borrarte.

El turismo cultural ha perfeccionado una variante suave: escuchar únicamente aquello que confirma lo que el viajero ya cree saber. El guía cultural queda entonces reducido a decoración humana. Traduce ciudades para personas que muchas veces ya decidieron de antemano el valor de aquello que ven.

Y sin embargo seguimos hablando. Seguimos intentando explicar nuestros símbolos. Seguimos ofreciendo hospitalidad incluso cuando la escucha ya abandonó la habitación.

En algún momento, tomando café, tratando de aliviar la tensión del recorrido, les pregunté qué se sentía haber permanecido casados durante cincuenta años. La mujer me miró y respondió heladamente volteando a ver al marido. Dijo ‘aburrimiento’ de una manera que todavía no consigo olvidar. Ella lo fulmina. Él no escucha, no reacciona. Yo me sobresalto. Quiero huir de allí. La frase cayó con una violencia extraña. Pensé entonces que quizá la imposibilidad de escuchar no había comenzado conmigo.

Después, el marido escribió una reseña diciendo que yo era una pobre guía cultural. El mismo hombre que me acusó de llevarlo a restaurantes cuando lo llevé a palacios virreinales, que me acusó de enseñarle un basamento moderno de cemento y mentirle que era mexica. Era el Templo Mayor.

El mismo hombre que llamó “una galería” al edificio de la Secretaría de Educación Pública, y afirmó públicamente que yo sabía muy poco de ‘esa galería’.

La reseña decía que yo era una mala guía aunque una persona amable. Yo pienso que la amabilidad de los mexicanos se ha vuelto tan invisible para ciertos extranjeros, que a un chofer que los llevó y regresó de Teotihuacán, que los esperó durante horas y los llevó después a Coyoacán, le dieron apenas ocho dólares de propina. A mí me exigieron además extender el recorrido una hora más sin pagarla.

Me escribió que a mí no me había caído bien su esposa, y que eso le parecía poco profesional. A mí me parece poco profesional no haber detenido el recorrido turístico en el momento exacto en que hablé con él y le dije que ya no podía seguir soportando la arrogancia con la que estaba siendo tratada por ella. Él consiguió que yo continuara.

Durante un tiempo pensé que la actitud de ella tenía que ver con el cansancio, con la edad, 70 años, o con la dificultad física de desplazarse. Ahora creo que representaba algo mucho más antiguo y sofisticado: una violencia más antigua que yo ingenuamente pensé que ya no existía. Quizá ese fue mi error. Seguir hablando cuando ya nadie quería escuchar.

Esa madrugada, en un sueño, sentí a una mujer intentando entrar a mi habitación con una intensidad oscura. Cuando hice aquella pregunta inocente en la mesa, regresó la misma presencia. Desperté con el pulso alterado, incapaz de levantarme de la cama. Había en todo aquello la cercanía de algo malo y frío. Y seducía, prometía.

Pues gracias por la frialdad regalada, aprenderé a utilizarla.

Pobre guía para algunas personas que atraviesan civilizaciones enteras sin abandonar jamás su propia vida.

Temas relacionados

Nalleli Candiani

Colaboradora para el periódico El Economista columna invitada. Bailarina profesional, artista, danzaterapeuta, eterna estudiante.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete