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Hablemos de menopausia

Claudia Ivett Romero-Delgado | Columna invitada
Hablar de menopausia sigue siendo un tabú. En pleno siglo XXI, en oficinas, familias y medios de comunicación, el tema se aborda en voz baja o con un tono de burla, como si se tratara de un asunto íntimo o vergonzoso. Sin embargo, millones de mujeres en el mundo atraviesan cada día esta etapa biológica que marca el fin del ciclo reproductivo, pero no (como a veces se sugiere) el fin de la vida plena, productiva o deseante.
La menopausia y su antesala, la perimenopausia, son procesos complejos, tanto físicos como emocionales. No ocurren de un día para otro: pueden extenderse entre los 40 y los 55 años, con síntomas que duran años y afectan la calidad de vida. Sofocos, insomnio, cambios de humor, ansiedad, aumento de peso, resequedad vaginal, pérdida de masa ósea o disminución de la libido son solo algunos de los efectos más visibles. Pero hay otros menos mencionados: la niebla mental, la fatiga persistente o la dificultad para concentrarse, que repercuten directamente en el desempeño laboral y en la autoestima.
En el caso de los hombres, la andropausia o “menopausia masculina” también existe, aunque se manifiesta de forma diferente. No implica el fin de la fertilidad, pero sí una disminución gradual de testosterona que puede provocar irritabilidad, pérdida de energía, insomnio y una sensación general de desánimo. Pese a ello, los discursos públicos siguen centrando el envejecimiento masculino en la productividad, mientras el femenino se asocia con pérdida, decadencia o invisibilidad.
Lo preocupante no es solo el silencio, sino las consecuencias económicas y sociales de ese silencio. En el ámbito laboral, por ejemplo, muchas mujeres enfrentan discriminación o incomprensión cuando los síntomas afectan su rendimiento. Estudios del Reino Unido, donde el debate ha avanzado más, muestran que casi el 20% de las mujeres considera dejar su empleo durante la perimenopausia por falta de apoyo o flexibilidad. En América Latina, el tema apenas comienza a discutirse. En la mayoría de las empresas no hay protocolos, permisos o adaptaciones que reconozcan las necesidades de esta etapa, como existe para el embarazo o la maternidad.
El impacto económico es doble: por un lado, la pérdida de talento femenino experimentado que se aleja del mercado laboral; por otro, el incremento en gastos médicos personales. Los tratamientos hormonales, suplementos, consultas y productos especializados tienen un costo que muchas mujeres deben cubrir sin apoyo institucional ni cobertura de salud adecuada. Y como la menopausia rara vez se menciona en políticas públicas o planes de bienestar, sus efectos permanecen invisibles para las estadísticas y para la economía del cuidado.
En el plano familiar y de pareja, la situación tampoco es sencilla. A menudo las mujeres enfrentan esta transición mientras cuidan a hijos adolescentes o a padres mayores, lo que genera una sobrecarga física y emocional. A eso se suma la incomprensión o el distanciamiento de las parejas, que muchas veces interpretan los cambios de humor o el deseo sexual variable como un problema relacional, y no como una consecuencia natural del cuerpo. El resultado puede ser una sensación de aislamiento o culpa, cuando lo que se necesita es información, acompañamiento y empatía.
Por fortuna, el tema empieza a emerger en la conversación pública. Actrices, empresarias y periodistas en distintas partes del mundo (desde Oprah Winfrey hasta Michelle Obama) han hablado abiertamente de la menopausia y la perimenopausia, impulsando una nueva narrativa: una en la que envejecer no significa desaparecer, sino transformarse. En América Latina, sin embargo, el discurso sigue dominado por el silencio médico y la publicidad que promete “frenar el paso del tiempo” en lugar de normalizarlo.
Hablar de menopausia no es solo un asunto de salud: es también una cuestión de equidad y de economía. Las empresas que integren políticas de bienestar menopáusico (espacios de descanso, horarios flexibles, seguros de salud que cubran terapias hormonales) estarán contribuyendo a la retención de talento femenino y a la igualdad real. Los gobiernos, por su parte, podrían incluir esta etapa en campañas de salud pública, educación sexual y laboral, reconociendo que la longevidad exige también rediseñar nuestras estructuras de apoyo.
La menopausia no es el final de nada: es una fase más del ciclo vital, con sus desafíos y potencialidades. Pero mientras sigamos callando o ridiculizando lo que implica, perpetuaremos una injusticia silenciosa. El primer paso para cambiarlo es nombrarla, sin miedo ni eufemismos. Porque hablar de menopausia (y de andropausia, de salud hormonal, de envejecimiento digno) es también hablar de economía, de derechos y de humanidad.
*La autora es académica de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana.
X: @Ivett5151

