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Los grandes empresarios de 2030: el poder de la resiliencia


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OpiniónEl Economista

Cómo mantenerse en la cima, reinventar los negocios familiares y aprovechar una década de incertidumbre creativa

En mi reciente visita a Ciudad de México dediqué algunas horas a una lectura que recomiendo a cualquier observador extranjero: los rankings empresariales de la prensa mexicana. Expansión publica cada otoño su lista de los cien empresarios más importantes del país. Otras clasificaciones miden fortuna, reputación o influencia. Una de ellas me llamó especialmente la atención. El Thought Leaders 100 de la consultora Horse mide con big data la influencia de los directivos latinoamericanos. Este año registró la mayor renovación de su historia: cambió más de la mitad de la lista y entraron 54 CEO nuevos.

Ese dato me dejó una pregunta: ¿cómo se verán estas listas en 2030?

¿Cuántos de los líderes actuales conservarán su lugar? ¿Cuántos tendrán que reinventarse para conservarlo? ¿Y cuántos empresarios que hoy casi nadie conoce estarán, dentro de cuatro años, entre los protagonistas de la economía mexicana y latinoamericana?

Mi hipótesis es que los rankings de 2030 serán muy distintos. Las grandes fortunas no van a desaparecer, pero el éxito acumulado protege cada vez menos frente a la velocidad del cambio. Los rankings de hoy registran quién ha ganado hasta ahora. Los de 2030 dirán quién supo reinventarse a tiempo.

Una década que no respeta las posiciones adquiridas

Durante buena parte de las últimas tres décadas, un empresario podía planificar sobre supuestos razonablemente estables. Los mercados se abrían, las cadenas de suministro eran previsibles y la tecnología avanzaba de forma gradual.

Esos supuestos ya no se sostienen. La rivalidad entre Estados Unidos y China está redibujando el comercio mundial. La geopolítica ha entrado en los consejos de administración y no va a salir pronto. La inteligencia artificial transforma sectores completos, mientras la automatización y la robótica aceleran la cuarta revolución industrial. A todo ello se suman la transición energética, el cambio demográfico y las nuevas exigencias sociales sobre la empresa.

América Latina conoce la volatilidad mejor que casi cualquier otra región. Sus empresarios han atravesado devaluaciones, inflación, giros políticos e incertidumbre regulatoria. Esa experiencia es un activo. Pero sobrevivir a las crisis y prosperar por haberlas anticipado son cosas distintas.

La resiliencia que exige la próxima década es la que permite salir de cada golpe con una posición competitiva más fuerte que antes. En la economía de 2030 ser grande no bastará. Habrá que ser difícil de desplazar y rápido para evolucionar.

México 2030: una oportunidad que exige algo más que nearshoring

Pocos países ocupan una posición tan interesante en esta reorganización global como México. La cercanía con Estados Unidos, la base manufacturera, la red de tratados comerciales y el talento empresarial le dan ventajas difíciles de replicar.

Esas ventajas, sin embargo, ahora se renegocian cada año. En la primera revisión conjunta del T-MEC, el pasado 1 de julio, Washington no aceptó prorrogar el tratado por otros dieciséis años en su forma actual. El acuerdo sigue vigente, pero ha entrado en un régimen de revisiones anuales. La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos ya abrió la consulta para la de 2027. Para un consejo de administración, eso significa planificar inversiones a diez o quince años sobre un marco que se reexamina cada doce meses.

La pregunta decisiva es quién logrará convertir la reorganización de las cadenas de suministro en innovación, capacidad industrial propia y empresas mexicanas con mayor valor agregado. Recibir inversión extranjera y construir campeones nacionales son tareas diferentes.

El nearshoring puede traer fábricas, contratos y parques industriales llenos. Los empresarios que de verdad transformen la economía mexicana darán varios saltos a la vez. Pasarán de proveedores a socios estratégicos y de la manufactura a la tecnología. Sus empresas nacionales se convertirán en plataformas regionales o globales.

Las grandes familias empresariales tienen capital, experiencia y redes internacionales. Su desafío es modernizar el negocio, integrar tecnología y preparar a la siguiente generación. Mientras tanto, los empresarios nuevos pueden apoyarse en la digitalización, los servicios financieros, la logística y la transformación industrial para crecer a un ritmo impensable hace una década.

México también tiene tareas pendientes conocidas: energía, agua, seguridad, infraestructura y certidumbre regulatoria. Y enfrenta una paradoja estratégica. La cercanía con Estados Unidos es una fortaleza extraordinaria, pero depender en exceso de un solo mercado es una vulnerabilidad, y la revisión del T-MEC la ha hecho visible para todos. Diversificar hacia Europa, Asia y el resto de América Latina se ha convertido en gestión elemental del riesgo.

Los grandes ganadores mexicanos de 2030 serán quienes, además de aprovechar el crecimiento del país, ayuden a cambiar su lugar en la economía mundial. La lección vale también para Brasil, Colombia, Chile y Argentina. Las oportunidades globales importan, pero importa más la capacidad de convertirlas en ventajas empresariales duraderas.

Conservar el liderazgo exige reinventarlo

En mi trabajo con líderes empresariales y familias emprendedoras en distintas regiones del mundo encuentro una paradoja recurrente. Cuanto mayor es el éxito acumulado, más difícil resulta cuestionar las fórmulas que lo produjeron.

Los fundadores de grandes compañías suelen tener convicciones fuertes, y con razón: esas convicciones les dieron la victoria. El problema empieza cuando la experiencia se convierte en resistencia al cambio.

La historia empresarial internacional ofrece casos útiles. Microsoft mostró que una organización consolidada puede encontrar nuevas fuentes de crecimiento si cambia sus prioridades. Con Satya Nadella al frente desde 2014, apostó por la nube, transformó su cultura interna y después aceleró su posicionamiento en inteligencia artificial.

LEGO es otro ejemplo. A comienzos de siglo, la empresa familiar danesa estuvo cerca de la quiebra. Se recuperó volviendo a lo que la hacía única, el ladrillo, mientras renovaba productos, alianzas y canales de distribución.

América Latina tiene ejemplos propios. Mercado Libre nació como plataforma de comercio electrónico y construyó un ecosistema de pagos, crédito, servicios financieros y logística. Grupo Bimbo nació en 1945 en Ciudad de México como empresa familiar. Se convirtió en una de las mayores panificadoras del mundo a fuerza de expansión, adquisiciones y adaptación a mercados muy distintos.

Las trayectorias son diferentes, pero comparten un principio. Reinventarse no obliga a renunciar a la identidad; obliga a encontrar nuevas formas de hacerla relevante.

Para las familias empresariales, esto supone una doble transformación. Una afecta al negocio: tecnología, mercados, productos y talento. La otra afecta a la familia: sucesión, gobierno corporativo, profesionalización y relación entre generaciones. Una empresa familiar puede sobrevivir a una crisis económica y fracasar después por una transición generacional mal preparada. Por eso la resiliencia empresarial tiene que ser también resiliencia familiar. Congelar el legado no lo protege. Lo protege prepararlo para competir en un mundo que sus fundadores no podían imaginar.

Reinventar al líder, no solo a la empresa

Hay una dimensión de la transformación que solemos subestimar: la personal.

Un empresario puede cambiar su modelo de negocio sin cambiar su manera de pensar. Puede invertir en inteligencia artificial y seguir decidiendo con los reflejos de hace veinte años. Puede contratar talento internacional y no escuchar a nadie que piense distinto.

La reinvención suele empezar con una pregunta incómoda: ¿qué tengo que desaprender para seguir siendo relevante?

En mi modelo de liderazgo, LEAD21, trabajo con tres dimensiones que el líder de esta década necesita al mismo tiempo. El alma reúne empatía, carácter y responsabilidad. El espíritu reúne coraje, visión y voluntad de desafiar límites. La singularidad es la capacidad de conducir la transformación tecnológica en lugar de padecerla. Los líderes de 2030 tendrán que combinar cualidades que antes parecían contradictorias: convicción y flexibilidad, ambición y prudencia, velocidad para decidir y tiempo para pensar.

También necesitarán otra relación con el riesgo. En mi trabajo de asesoría estratégica insisto en tres palabras: riesgo, reputación y recuperación. El riesgo se anticipa, porque administrarlo cuando ya llegó es llegar tarde. La reputación es un activo estratégico que va mucho más allá de las relaciones públicas. La recuperación se prepara antes de la crisis, porque ninguna organización está blindada frente a sus propios errores o a las turbulencias externas.

Un gran empresario también se equivoca. Lo que lo distingue es que detecta antes sus errores, corrige más rápido y conserva la confianza necesaria para volver a avanzar. La resiliencia real combina previsión y ambición. Obliga a imaginar lo que puede salir mal, y también lo que puede salir extraordinariamente bien.

La oportunidad de quienes todavía no aparecen en los rankings

Hasta aquí he hablado de los líderes establecidos. Quizá la historia más interesante de 2030, sin embargo, sea la de quienes hoy no figuran entre los cien primeros. El propio ranking de Horse da una pista: la tecnología ya es el sector con más directivos en su top 100 latinoamericano.

Los grandes cambios tecnológicos y geoeconómicos amenazan posiciones consolidadas, pero también bajan las barreras de entrada. Una compañía joven puede usar inteligencia artificial para multiplicar su productividad. Puede llegar a clientes internacionales sin una red comercial tradicional, o especializarse en un eslabón concreto de una cadena global de valor.

La reorganización industrial de América del Norte abre espacio a proveedores mexicanos. La transición energética crea demanda industrial nueva. La digitalización permite construir empresas regionales desde ciudades que antes quedaban fuera del mapa de la inversión internacional. En Brasil, México, Colombia o Chile, una nueva generación puede encontrar su lugar en tecnología, servicios financieros, salud, agronegocios e industrias especializadas.

No todos lo lograrán. Pero las ventanas existen y, en algunos sectores, son extraordinarias. A quienes aspiran a entrar en las grandes ligas les propongo un decálogo de ambición y resiliencia.

Diez reglas para quien quiera conquistar 2030

La primera regla es pensar en 2030 y actuar desde mañana. Una visión de largo plazo que no se traduce en decisiones inmediatas es un ejercicio literario. Cada empresario debería saber qué posición quiere ocupar dentro de cuatro años y qué tiene que empezar a cambiar esta misma semana.

La segunda es convertir el riesgo en inteligencia competitiva. Los indicadores económicos no bastan. Hay que entender la geopolítica, la regulación, las tecnologías emergentes y las propias vulnerabilidades, y la revisión anual del T-MEC es el ejemplo más cercano.

La tercera es apostar por la tecnología sin perder el criterio humano. La inteligencia artificial multiplica capacidades, pero no sustituye el juicio estratégico, la confianza ni la creatividad.

La cuarta es internacionalizarse antes de sentirse del todo preparado. Muchas empresas esperan demasiado, cuando la salida al mundo puede empezar con una alianza, un cliente o un mercado.

La quinta es construir alianzas antes de necesitarlas. Los grandes negocios de la próxima década nacerán cada vez más de la cooperación entre empresas, familias empresariales, universidades, inversionistas y ecosistemas tecnológicos.

La sexta es proteger la reputación como se protege el capital. En una economía basada en la confianza, perder credibilidad puede costar más que perder rentabilidad durante un tiempo.

La séptima es profesionalizar sin apagar el espíritu emprendedor. El crecimiento exige procesos, gobierno corporativo y talento, pero la burocracia no debe asfixiar la energía que hizo posible el primer éxito.

La octava, para las empresas familiares, es preparar la sucesión antes de que se vuelva urgente. Así el diálogo entre generaciones produce oportunidades nuevas, además de acuerdos patrimoniales.

La novena es aprender a recuperarse más rápido. Evitar todos los errores es imposible. Construir organizaciones que absorban el impacto, aprendan y vuelvan a competir es perfectamente posible.

La décima es mantener viva la ambición. La prudencia protege el presente y la ambición inteligente construye el futuro. Ninguna empresa llega a las grandes ligas pensando solo en conservar lo que tiene.

Estas reglas sirven igual para quien dirige un conglomerado que para quien construye una empresa con aspiración regional. Cambian los recursos disponibles, pero la exigencia estratégica es muy parecida.

La incertidumbre creativa y el próximo gran salto

Suelo describir la etapa que vivimos como una incertidumbre creativa de la humanidad.

La incertidumbre está a la vista. Conflictos geopolíticos, rivalidades económicas, tecnologías disruptivas y transformaciones sociales avanzan al mismo tiempo. Lo creativo está en lo que esa misma incertidumbre abre: sectores, mercados, empresas y liderazgos nuevos que pueden surgir a una velocidad que hace apenas una década parecía improbable.

Para México y América Latina, esa combinación es a la vez un desafío y una oportunidad histórica. La cultura empresarial latinoamericana tiene cualidades especialmente valiosas: adaptabilidad, creatividad, talento negociador, relaciones personales sólidas y oficio para moverse en entornos complejos. Esas fortalezas necesitan ahora un complemento de planificación estratégica, inversión tecnológica, profesionalización y ambición internacional. La improvisación puede sacar a una empresa de una crisis, pero rara vez alcanza para construir un campeón global.

Los grandes empresarios latinoamericanos de 2030 serán los que sepan unir dos cosas. Una es la flexibilidad que la historia de la región les enseñó. La otra es la disciplina estratégica que exige el futuro.

Cuando volvamos a mirar los rankings dentro de cuatro años, algunos nombres seguirán arriba y otros habrán bajado. También aparecerán protagonistas que hoy apenas empiezan a subir. No sabemos quiénes serán, pero sí conocemos varias de las cualidades que van a necesitar. Los líderes de 2030 no serán necesariamente los que hoy tienen más recursos. Serán los que mejor conviertan esos recursos en oportunidades nuevas.

Para quienes ya están en la cima, el desafío es reinventarse sin perder la esencia. Para quienes aspiran a llegar, el mensaje es todavía más estimulante: nunca fue tan importante prepararse para competir, y nunca fue tan interesante intentarlo.

Los rankings registran el pasado. El futuro lo escriben la ambición, la visión y la resiliencia.

* Radu Magdin fue asesor honorario del primer ministro rumano (2014-2015) y del primer ministro moldavo (2016-2017). Actualmente se desempeña como analista global y consultor.

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