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¿Más gas?

Alexia Bautista | Columna invitada
“Se fue la luz”. De niña escuchaba esa frase con frecuencia y me parecía un enigma. “¿A dónde se va la luz?”, me preguntaba. Los apagones esporádicos eran parte de la cotidianidad y, entonces, pasar un par de horas desconectados no parecía una tragedia. Hoy es algo menos frecuente en algunas zonas de la Ciudad de México, pero no así en muchas regiones del país. Detrás hay problemas de generación, transmisión e inversión. Porque para que la luz no se vaya, México necesita gas natural.
El asunto volvió al debate público recientemente luego de dos declaraciones. Primero, el director del Cenagas, el organismo encargado de administrar buena parte de la red de gasoductos del país, advirtió que México tiene gas suficiente para apenas tres días en caso de una interrupción del suministro. Y ni siquiera son reservas para contingencias, sino gas que ya se está dentro de las tuberías que lo transportan. En Europa, por ejemplo, muchos gobiernos han invertido en mecanismos de almacenamiento para enfrentar situaciones de escasez. Segundo, trascendió que Donald Trump pidió a la presidenta Claudia Sheinbaum que México compre más gas estadounidense.
Muchos de quienes leen estas líneas habrán escuchado que el país compra alrededor de tres cuartas partes del gas que consume a Estados Unidos. Es una realidad incómoda y no. Por un lado, México no produce suficiente gas para abastecer su demanda; por otro, comprarlo al vecino tiene sentido económico en la medida en que es muy barato. Su precio de referencia ronda los tres dólares por millón de BTU, muy por debajo de los precios en Europa y Asia. Además, una red de gasoductos permite traerlo por tierra. Buscar otros proveedores implicaría importar gas natural licuado por barco, con costos de procesamiento y transporte mucho mayores. Renunciar a esa ventaja sería algo absurdo.
Es paradójico, sin embargo, que México importa gas mientras desperdicia el suyo. Según el Banco Mundial, la quema de gas asociada a la extracción petrolera aumentó 28% en 2025. Se quemaron 2,100 millones de metros cúbicos de gas lo que equivale a energía perdida, a emisiones que pudieron evitarse y constituye también una muestra de la falta de infraestructura para aprovechar nuestros propios recursos.
Desde que Trump regresó a la Casa Blanca hay preocupación de que “cierre la llave” del gas. Un escenario así es poco probable porque perjudicaría a productores estadounidenses. Pero lo cierto es que México es vulnerable lo mismo por las decisiones de Washington que por interrupciones derivadas de momentos de crisis. Así ocurrió en 2021 tras una tormenta invernal en Texas y hace apenas unas semanas luego de que problemas técnicos en un gasoducto estadounidense redujeron temporalmente los envíos a nuestro país. Más aún, ahora que el tema energético entró de lleno a las conversaciones bilaterales, Washington dispone de una carta de presión adicional, Sí, una más.
La presidenta Sheinbaum, científica especializada en energía, conoce bien la situación. Su apuesta por nuevas centrales y generación renovable es necesaria, pero no elimina la demanda de gas. De ahí que la administración considere, incluso, técnicas controvertidas como la fracturación hidráulica o fracking para producir más.
Desde mi perspectiva, ante las múltiples exigencias que hoy pesan sobre la relación bilateral, comprar algo más de gas estadounidense quizá sea una concesión poco costosa y sensata económicamente. La ironía es que resuelve una necesidad inmediata, al tiempo que profundiza la dependencia que el gobierno quiere reducir. Porque, más que dejar de comprarle al vecino, la seguridad energética real consiste en contar con reservas y alternativas de abastecimiento que eviten que una falla o un capricho al otro lado de la frontera nos deje a oscuras.


