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Opinión

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Aprender a vivir con China

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Alexia Bautista | Columna invitada

Alexia Bautista

Luego del encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping la semana pasada, he visto innumerables análisis que subrayan la pompa y circunstancia que lo rodearon. Alfombra roja, revista militar, aviones de combate sobrevolando la Casa Blanca y una cena con los gigantes tecnológicos estadounidenses, que, por cierto, parecen visitantes frecuentes a la residencia en Pennsylvania Avenue. Si bien este tipo de visitas siempre tiene un componente protocolario, la cordialidad de Trump hacia Xi fue claramente deliberada.

Con todo, el encuentro que observó el mundo entero dejó poquísimos resultados concretos. Washington y Beijing acordaron continuar el diálogo, crear nuevos mecanismos de interlocución y extender por dos meses más su tregua comercial. Naturalmente, esta extensión es una forma de ganar tiempo, pero también apunta a la posibilidad de que aplazar un acuerdo definitivo se convierta en el nuevo modelo para administrar la rivalidad entre los dos.

Y es que, en los últimos años, la relación entre Estados Unidos y China se ha entendido como una sucesión de episodios de confrontación. Ahí están el constante ir y venir de aranceles, restricciones tecnológicas, controles a las exportaciones y sus correspondientes represalias. Como si la expectativa fuese que, tarde o temprano, cada episodio terminaría en algún tipo de gran acuerdo o en un conflicto mayor.

Pero quizá ninguna de las dos cosas ocurra. Tras sus últimos encuentros, primero en la capital china y ahora en la estadounidense, no hemos visto a dos potencias dispuestas a resolver sus diferencias, ni tampoco a dos adversarios encaminados inevitablemente hacia una escalada. Parece que se configura algo un tanto más ambiguo, en la medida en que ambos países mantienen una competencia que ninguno puede ganar de inmediato, y que, si se desborda, tendría costos muy altos para las dos partes. Son jugadores que prefieren una partida larga e indefinida a arriesgarse a perderla.

Esto no cancela la rivalidad. Persisten diferencias profundas en materia de comercio, tecnología, inversión y seguridad. Un ejemplo que lo ilustra muy bien son los minerales críticos, sobre los que China mantiene controles a sus exportaciones y un renglón en el que no hubo ningún entendimiento para garantizar un suministro más estable. El diálogo sigue abierto, pero también los mecanismos de presión de uno sobre el otro.

Desde mi perspectiva, una rivalidad administrada supone un desafío particular para el resto del mundo. El gobierno de Trump presiona, y seguirá presionando, a sus aliados para reducir sus vínculos con China, proteger sectores estratégicos y adoptar mayores controles sobre inversiones y cadenas de suministro. Al mismo tiempo, Washington se reserva el derecho de manejar su propia relación con Beijing con bastante más flexibilidad y de negociar en los términos que le convengan.

El dilema para terceros países va más allá de simplemente “elegir un bando”. El riesgo es asumir los costos de alinearse para descubrir después aquello que Washington pactó con Beijing. México es uno de los más expuestos porque la geografía e integración con la economía estadounidense reducen su margen de maniobra, como ha dejado de manifiesto el gobierno actual, que ha dado numerosos pasos en concierto con la Casa Blanca. En buena parte de América Latina la lógica es distinta, pues Estados como Argentina, Brasil o Perú han desarrollado vínculos económicos significativos con China y buscan preservar espacio para relacionarse con ambas potencias antes que escoger entre una y otra.

La sucesión de treguas que se extienden y se renuevan puede convertirse en la arquitectura misma de la relación entre Estados Unidos y China. De ahí que la tarea sea aprender a vivir con China, y con una rivalidad cuya resolución no se antoja fácil ni pronta.

Alexia Bautista

Analista internacional y exdiplomática mexicana.

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