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Cuando la experiencia deja de hablar por sí sola

Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada
Hay una idea que solemos repetir cuando hablamos de experiencia profesional: los años de trabajo agregan valor. Parece lógico. Con el tiempo aprendemos, enfrentamos problemas, tomamos decisiones, cometemos errores, desarrollamos criterio y acumulamos un conocimiento que difícilmente se obtiene en un aula. Por eso resulta extraño encontrarnos con un mercado que, a partir de cierta edad, parece valorar menos precisamente aquello que durante décadas nos dijeron que debíamos construir.
Dos notas publicadas esta semana me hicieron volver sobre esta pregunta. Reforma tituló una de ellas "Da México menos oportunidades a los mayores de 50", a partir de un dato que resulta difícil de ignorar: en México, solamente 10.9% de la fuerza laboral de las empresas tiene 50 años o más. La comparación con otros países de la región también resulta reveladora, pues Chile registra 26.6%, Perú 14.3% y Colombia 8.5 por ciento.
La segunda nota, publicada por El Economista a partir de un estudio de la Federación Internacional de Administradoras de Fondos de Pensiones, FIAP, señala otro dato relevante: entre los 50 y 75 años, la participación laboral disminuye entre 5 y 15%, mientras que la formalidad laboral cae entre 15 y 30 por ciento. Una parte importante de las personas continúa participando en el mercado laboral conforme avanza su edad, pero cada vez menos lo hace desde empleos que generan cotizaciones para el retiro.
Los datos hablan de pensiones, formalidad, capacitación, cuidados y barreras para permanecer en empleos formales. También hablan de algo que me interesa particularmente como profesionista: qué sucede con el valor de nuestra experiencia cuando cambia el mercado en el que intentamos seguir participando.
Porque aquí existe una contradicción que necesitamos mirar con cuidado. Durante buena parte de nuestra vida profesional acumulamos experiencia bajo la idea de que los años nos harían más valiosos. Después de dos o tres décadas de trabajo descubrimos que el mercado no necesariamente interpreta esos años de la misma manera que nosotros.
Y quizá el problema no sea que la experiencia haya perdido valor.
Quizá el problema sea que seguimos presentándola de la misma manera.
Durante años, nuestra experiencia estuvo acompañada por una estructura que explicaba su utilidad. Teníamos un puesto, una organización, responsabilidades, objetivos y una cadena de decisiones que daba contexto a nuestro trabajo. El nombre de la institución donde trabajábamos también ayudaba a construir credibilidad. Nuestra experiencia estaba integrada dentro de una estructura que hacía visible su valor.
Cuando esa estructura desaparece, la experiencia queda frente al mercado sin el contexto que antes la acompañaba.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cómo traducimos veinte o treinta años de trayectoria a las necesidades de un mercado que ya no funciona como aquel en el que construimos nuestra carrera?
Esta pregunta no pertenece únicamente a quienes tienen más de 50 años. Un profesionista joven enfrenta la dificultad de demostrar valor sin contar todavía con una trayectoria extensa. El profesionista experimentado enfrenta el problema contrario: tiene una trayectoria enorme, pero necesita demostrar por qué esa trayectoria sigue siendo relevante en las condiciones actuales.
Son problemas diferentes, pero tienen un punto de encuentro: ambos necesitan traducir lo que saben.
La diferencia está en el punto de partida. Para alguien que comienza, la traducción parte principalmente del conocimiento y de las capacidades que está construyendo. Para alguien que lleva décadas trabajando, parte de una experiencia mucho más amplia, pero también de un contexto que pudo haber cambiado considerablemente.
Y aquí necesitamos cuestionar una respuesta que aparece con frecuencia cuando hablamos de este tema: "hay que actualizarse".
Por supuesto que necesitamos aprender. Una trayectoria profesional no funciona como una licencia permanente para dejar de estudiar. Las industrias cambian, las tecnologías cambian y las formas de trabajar también. Pero reducir el problema a actualizarse resulta demasiado sencillo.
Una persona puede acumular nuevas certificaciones y seguir sin saber explicar qué valor tiene su experiencia para el mercado actual. Puede aprender una metodología nueva y continuar ofreciendo exactamente lo mismo que ofrecía hace quince años. Puede incorporar una herramienta tecnológica y seguir sin identificar en qué parte de su experiencia existe una capacidad que otra organización necesita.
El aprendizaje es necesario, pero no resuelve por sí mismo el problema.
Necesitamos mirar nuestra trayectoria desde otro lugar.
Durante décadas solemos recordar nuestra vida profesional como una sucesión de puestos, responsabilidades y organizaciones. "Trabajé tantos años en esta empresa", "fui responsable de esta área", "dirigí este proyecto", "ocupé determinada posición". Todo eso forma parte de nuestra experiencia, pero no necesariamente explica qué valor contiene.
Una trayectoria profesional también está compuesta por capacidades que fuimos desarrollando mientras hacíamos nuestro trabajo. Aprendimos a tomar decisiones bajo presión, coordinar personas, implementar proyectos, administrar recursos, negociar, entender determinadas industrias, detectar riesgos, resolver conflictos o llevar una idea hasta su ejecución. Muchas de esas capacidades quedan ocultas detrás del puesto que ocupamos durante años.
El reto consiste en reconocer cuáles siguen teniendo valor y dónde.
Ahí comienza una traducción distinta.
Decir "tengo treinta años de experiencia" describe nuestro recorrido. Decir "durante treinta años desarrollé la capacidad de llevar proyectos complejos desde su diseño hasta su implementación" describe algo diferente. La primera frase habla de tiempo. La segunda empieza a hablar de capacidad.
Pero todavía falta una parte.
Esa capacidad necesita relacionarse con una necesidad concreta del mercado. La experiencia adquiere valor cuando logramos explicar qué significa para alguien que enfrenta una situación determinada. Entonces deja de ser únicamente parte de nuestro currículum y empieza a convertirse en una propuesta profesional.
Esto también nos obliga a reconocer algo que resulta incómodo: nuestra experiencia no tiene un valor fijo.
No vale exactamente lo mismo en todas las industrias, organizaciones o momentos. Una capacidad que fue fundamental dentro de una empresa hace veinte años quizá tenga una aplicación distinta hoy. Una experiencia que parecía ligada exclusivamente a una función interna quizá tenga utilidad fuera de ella. Una parte de nuestro conocimiento que antes dábamos por sentada puede convertirse en una ventaja cuando otra organización enfrenta por primera vez un problema que nosotros llevamos años aprendiendo a manejar.
Pero para encontrar esas conexiones necesitamos dejar de mirar nuestra experiencia únicamente desde el lugar donde la construimos.
Eso requiere conocer el mercado. Requiere entender qué está cambiando en las organizaciones, qué necesidades están apareciendo, qué capacidades están adquiriendo valor y qué problemas están tratando de resolver quienes toman decisiones. También requiere escuchar cómo hablan los clientes y dejar de asumir que entienden nuestra experiencia de la misma manera que nosotros.
Porque existe una diferencia importante entre tener experiencia y hacerla comprensible.
Podemos haber construido una trayectoria extraordinaria y, al mismo tiempo, presentar esa trayectoria de una forma que no permita a nadie reconocer cómo le sirve. El problema no está necesariamente en nuestra capacidad profesional. Está en la conexión que establecemos entre esa capacidad y las necesidades de quien está del otro lado.
Esto resulta particularmente importante cuando dejamos una organización después de muchos años. Mientras estábamos dentro, buena parte de nuestro valor era visible porque formaba parte de una estructura. Teníamos responsabilidades asignadas y resultados asociados a ellas. Al salir, necesitamos reconstruir esa relación.
Y ahí es donde muchos profesionistas se encuentran con una dificultad para la que su formación y su experiencia nunca los prepararon.
Saben hacer su trabajo, pero no saben explicar qué parte de todo lo que saben resulta valiosa fuera del lugar donde aprendieron a hacerlo.
No se trata de empezar de cero.
Tampoco de borrar una trayectoria para construir otra.
Se trata de reinterpretar lo que ya existe.
Eso exige distinguir entre lo que hicimos y lo que aprendimos haciendo aquello. Entre el puesto que ocupamos y las capacidades que desarrollamos. Entre las responsabilidades que tuvimos y los resultados que fuimos capaces de producir. Entre la experiencia que acumulamos y los problemas que esa experiencia nos permite comprender mejor que alguien que todavía no los ha enfrentado.
Quizá ahí está una de las tareas más importantes para un profesionista que lleva décadas en el mercado: aprender a separar su experiencia de la estructura donde la construyó.
Porque una empresa no compra veinte años de antigüedad. Compra las capacidades que esos veinte años desarrollaron.
Un cliente no contrata una trayectoria. Contrata aquello que esa trayectoria le permite hacer de una manera diferente.
Y una organización no necesita necesariamente repetir el puesto que ocupábamos. Necesita encontrar valor en lo que aprendimos mientras lo ocupábamos.
Por eso me parece importante mirar los datos sobre los trabajadores mayores desde una perspectiva que vaya más allá de la edad. El problema no consiste solamente en que existan menos oportunidades laborales después de los 50 años. También necesitamos preguntarnos qué sucede cuando una parte importante de la experiencia acumulada deja de encontrar una forma clara de incorporarse al mercado.
La FIAP señala la necesidad de fortalecer la demanda por trabajadores mayores y de crear condiciones para trayectorias laborales sostenibles. Esa conversación corresponde a las organizaciones, a las instituciones y a las políticas públicas. Pero también existe una dimensión profesional que nos corresponde asumir.
Necesitamos aprender a traducir nuestra experiencia antes de necesitar que alguien la compre.
Porque esperar a salir de una organización para preguntarnos cuál es el valor de todo lo que sabemos hacer nos deja demasiado poco margen de maniobra.
La experiencia sigue siendo un activo. Pero un activo profesional necesita contexto, actualización y una forma de llegar al mercado.
Después de tantos años preguntándonos cómo acumular experiencia, quizá necesitamos empezar a preguntarnos qué estamos haciendo con ella.
No para demostrar que seguimos siendo quienes éramos hace veinte años, sino para identificar qué de todo aquello que aprendimos sigue teniendo valor hoy, para quién y bajo qué condiciones.
Porque los años no garantizan valor profesional.
Pero tampoco lo destruyen.
Lo que cambia es nuestra responsabilidad para reconocerlo, traducirlo y encontrar dónde ese valor sigue siendo necesario.
*La autora es fundadora de El Poder del Riesgo y Directora General de Punto Cero Consultores.
"La incertidumbre no se elimina. Se estructura."

