Lectura 4:00 min
Diplomacia por correspondencia

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
No quisiera ser entrometido, pero tengo una pregunta para la presidenta Claudia Sheinbaum: ¿por qué no está usted en Nueva York?
Desde el 22 y hasta el 28 de septiembre se celebra el debate general del octogésimo primer periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Están reunidos 71 jefes de Estado, 45 jefes de Gobierno, 50 ministros y 11 vicepresidentes. Es decir, está medio mundo. La otra mitad seguramente está atorada en migración.
México mandó a Roberto Velasco, secretario de Relaciones Exteriores, quien seguramente hará un buen papel. Pero existe una pequeña diferencia protocolaria, entre enviar al canciller y enviar a la Presidenta de la República; más o menos la misma que existe entre mandar un regalo o asistir a una boda. El regalo cumple. Pero no baila. No abraza a los novios
¿Por qué no fue Claudia Sheinbaum? ¿Austeridad republicana? ¿Timidez internacional? ¿Ya no encontró lugar en clase turista? ¿O seguimos practicando aquella política exterior del sexenio anterior consistente en que, si el mundo quiere hablar con México, que venga a Palacio Nacional, de preferencia después de la mañanera?
Andrés Manuel López Obrador tuvo una relación bastante distante con los viajes internacionales. No le gustaban. Salió poco. Parecía considerar que viajar al extranjero era una extravagancia neoliberal, situada apenas un escalón abajo de usar el avión presidencial.
Pero Claudia no es Andrés Manuel. O no tendría por qué serlo. Es la primera mujer presidenta de México. Es científica. Habla inglés. Tiene formación académica y gobierna un país con una posición geográfica, económica y política privilegiada. Entonces hay que mostrarla. No digo exhibirla.
México debería presumir a su presidenta en los foros internacionales y ella debería aprovecharlos para presumir a México.
Porque las Naciones Unidas no son solamente un enorme salón donde los mandatarios pronuncian discursos solemnes que sus colegas escuchan mientras revisan el teléfono. La diplomacia no consiste únicamente en mandar notas y tomarse fotografías donde todos aparecen con cara de estar esperando que el fotógrafo termine. También consiste en encontrarse. Hablar. Conocerse. Negociar.Y, sobre todo, tener el teléfono del otro. En política internacional los pasillos pueden resultar más importantes que los foros.
En la Asamblea de la ONU habrá centenares de reuniones bilaterales. Ahí estarán presidentes y primeros ministros hablando de comercio, inversiones, migración, energía, cambio climático, Inteligencia Artificial, guerras, paz y de ese asunto que nunca aparece en los comunicados oficiales pero suele ser el más importante: ¿Qué podemos hacer juntos?
Esas conversaciones difícilmente pueden sustituirse con un oficio diplomático que empiece: “Por instrucciones superiores...”. Hay momentos en que las cabezas de las naciones tienen que hablar con las cabezas de las naciones. No porque un presidente sea más inteligente que un canciller A veces ocurre exactamente lo contrario. Pero así funciona el mundo. Cuando habla un funcionario, habla un gobierno. Cuando habla un jefe de Estado, habla un país.
Y México necesita hablar. Especialmente ahora. Tenemos una relación complicadísima con Estados Unidos, una frontera de más de 3,000 kilómetros, millones de mexicanos viviendo allá, enormes intereses comerciales, necesidad de nuevas inversiones y un mundo que se está reorganizando económica y políticamente a una velocidad que provoca vértigo.
No parece el mejor momento para practicar diplomacia por correspondencia. Presidenta, salga. No pasa nada. Los mexicanos prometemos portarnos bien mientras usted está fuera. Bueno, no todos.
Vaya a Nueva York. Platique con otros mandatarios. Explíqueles México. Escúchelos. Hable de ciencia, energía, calentamiento global, comercio, tecnología y cooperación. Presuma su formación científica. Presuma que México eligió por primera vez a una mujer para gobernarlo. Y déjenos presumirla también.
Porque una cosa es la austeridad y otra ahorrarse hasta la presencia. Todavía quedan días de Asamblea. Todavía puede llegar de sorpresa. Imagino incluso la escena: se abre una puerta en Naciones Unidas, entra Claudia Sheinbaum y algún diplomático pregunta: —¿Quién llegó? —México. Eso, presidenta, también es política exterior. Y cuesta mucho menos que desaparecer del mapa.

