En las últimas semanas mucho se ha comentado sobre si la economía mexicana está en camino a la recesión como consecuencia de impactos negativos externos o si francamente ya se ha detenido producto de la transición de gobierno. Esta disyuntiva mantiene un alto nivel de incertidumbre entre los agentes económicos y, en general, ya se está trasladando hacia el resto de la sociedad. La incertidumbre en los agentes económicos finalmente se traduce en falta de dinero fresco en la economía a través de inversiones que son las que mantienen y generan nuevos empleos e incrementan los salarios de manera real y, con ello, el desarrollo a tasas sostenidas.

Por parte del sector externo, es poco lo que realmente podemos hacer para evitar la desaceleración de la economía global, interferir en los efectos de la guerra comercial entre EU y China o evitar la inquietud que genera el llamado Brexit que, más que determinar el futuro de Inglaterra en la UE, es el reflejo de la lucha de los excluidos por la globalización, misma que apenas comienza en Europa. No obstante, para el caso de los elementos internos, es mucho lo que podemos hacer porque está en nuestras manos. Me parece que la parte más importante sea el pasar de la constante crítica a priori de todo y sin propuesta, al análisis de aquellas fortalezas que nuestra economía posee al igual que el reconocimiento sin límites de aquellos elementos positivos que este gobierno le está imprimiendo en beneficio de todos nosotros.

Nuestra economía está más avanzada de lo que se ha querido reconocer. A diferencia de lo que ocurría antes del TLCAN, hoy en México existen muchas empresas que no dependen del gobierno para su existencia porque están vinculadas a cadenas productivas que rebasan nuestras fronteras e incluso son de clase mundial. Lo mismo puede decirse de nuestro sistema financiero que se encuentra bien capitalizado y regulado con la garantía de órganos supervisores profesionales como la CNBV. La autonomía y legitimidad tanto del Banco de México como del Inegi es una fortaleza indiscutible de nuestra economía que se ha ganado en décadas. Lo mismo puede decirse del aumento de la matrícula de alumnos en las universidades que quieren estudiar programas de negocios, contaduría, administración e ingenierías vinculadas a las empresas cuando en la década de los años 70 esto simplemente no existía, salvo honrosas excepciones como el caso IPADE de la Universidad Panamericana.

Contrario a lo que se ha querido creer por muchos analistas, el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador está complementando los aspectos positivos que nuestra economía ha acumulado en los últimos años a través de su proceso de madurez. El ejemplo más nítido se encuentra en su combate frontal contra la corrupción que ha rodeado prácticamente todos los procesos no sólo de gobierno sino en general económicos ligados a las relaciones estado-empresa. Ha sido poco lo que hasta ahora se ha querido apreciar sobre el esfuerzo gubernamental por erradicar, en lo posible, las prácticas de corrupción e impunidad alrededor de ésta que habían llegado ya demasiado lejos, afectando tanto el desempeño de las finanzas públicas como la propia legitimidad de gobierno del propio Estado mexicano.

Igualmente, hay que reconocerle a este gobierno su legítimo interés para anteponer a las personas que menos tienen al frente de las prioridades del gasto público más allá de la retórica que por decenios prevaleció en los discursos políticos en nuestro país; más que criticarle esta vocación, hay que ayudarlo a conseguir este objetivo en el que, estoy seguro, todos los mexicanos estamos de acuerdo con él, sólo hay que encontrar el cómo y juntos hacerlo. A lo anterior se le puede sumar su apego a la disciplina fiscal, lo que es un baluarte sobre todo a la luz de la expansión de la deuda pública como proporción a PIB de los últimos dos sexenios, ello es más relevante cuando se analiza este endeudamiento con relación a los ingresos tributarios.

No cabe duda de que en términos económicos hay mucho por hacer. La mitad de la población se encuentra marginada del desarrollo, prácticamente sin posibilidades de acceder a mejores estadios de bienestar. Sin embargo, el punto de partida ya no está ubicado en el cero. Las bases para crecer están a nuestro alcance, seguimos teniendo acceso privilegiado al mercado comercial más grande del mundo, cada vez más empresas y empresarios dependen menos del gobierno para sus empresas, tenemos escuelas de negocios a la altura de las mejores del mundo y contamos con un gobierno que cabalmente busca apoyar a los que menos tienen apegándose a los necesarios principios éticos del quehacer de gobierno. Podemos no estar de acuerdo los unos con los otros, pero el respeto a la posición del otro es indispensable para salir adelante como lo es la unidad que debemos desplegar para afrontar los retos económicos que tenemos frente a nosotros. No hay que desaprovechar la oportunidad que tenemos enfrente con esta ola de cambio y veamos en las fortalezas de nuestra economía las nuestras como sociedad.

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Carlos Alberto Martínez

Doctor en Desarrollo Económico y Derecho

AUCTORITAS

Profesor en la Universidad Panamericana, Ibero y TEC de Monterrey. Ha trabajado en el Banco de México, la Secretaria de Hacienda, la presidencia de la República y en Washington, DC. Actualmente estudia el doctorado en Filosofía con investigaciones en el campo de la ética y la economía. Autor de libros en historia económica, regulación financiera y políticas públicas