El 15 de septiembre del año 2008 mi teléfono móvil no paraba de sonar. Mis editores me pedían con urgencia localizar algún analista en Estados Unidos, que pudiera explicar el impacto de la quiebra de Lehman Brothers en el mercado mundial. Me pedían una nota que detallara el efecto que tendría en las finanzas estadounidenses el evento, y el riesgo de contagio hacia México. 

Con dificultad conseguí conversar con un estratega de un banco español, que me hizo prometer que no divulgaría su nombre ni cargo. Se trataba del mismo que un año antes, en agosto del 2007, me explicó cómo los bancos de EU estaban otorgando créditos a quien lo solicitara, sin el menor análisis de riesgo. “Bastaba con que presentaras tu guitarra para acreditar tu trabajo de mariachi, para conseguir un crédito aprobado. Eran los Ninja Loans,” me aseguraba. 

“Se nos fue de las manos”, reconocía sorprendido. “Son créditos impagables que están diseminados en los bancos locales. Su riesgo estaba compartido en estructuras financieras que se emitieron y fueron colocadas entre bancos de inversión de Estados Unidos y quizá alguno de Europa (…) Si cayó el legendario Lehman Brothers, cualquier otro así de grande puede caer”, me confesó.

Era lunes 15 de septiembre, de nuestro fin de semana largo. Tuvieron que pasar dos días más: martes y miércoles, para que yo consiguiera un análisis, un comentario sobre el efecto en México. El impacto financiero era claro. Acciones a la baja en todas las pantallas de los parqués. El económico era poco claro, o más bien, difícil de reconocer públicamente. Tendrían que pasar varias semanas más para que un analista se atreviera a dar el veredicto obvio: la recesión. 

Esa primera semana, inolvidable, era como ser testigos de una inundación, cuyas bocanadas rompían con fuerza una a una las ventanas cerradas. Pantallas con números en rojo interminables. El cierre de mercados no era garantía de un cese a la sangría que veíamos en tiempo real. Aprendimos a contar las horas para ver el cierre y apertura de otros mercados, de acuerdo a la zona horaria. La ola expansiva de la crisis era intensa y no descansaba. 

Los análisis cambiaban en cuestión de horas

Tengo varios recuerdos de aquella crisis financiera que el FMI y las autoridades se negaban a declarar como tal.

Cuando a las siete de la tarde, tenía yo terminadas mis notas para el impreso del día siguiente, y los analistas consultados me llamaban para solicitarme no publicar sus comentarios, pues entre la hora en la que me habían otorgado entrevistas por la mañana, y lo que había sucedido en el transcurso del día, sus escenarios quedaban rebasados. Así, durante varios días.

Entonces descubrí, sin que nadie me lo confirmase, que las autoridades monetarias estaban comunicándose, y antes de la apertura de los mercados asiáticos, articulaban medidas de emergencia para atenuar las pérdidas. Y antes de que abrieran los de Europa y los de América, volvían a comunicarse y actuar. Entendí el impacto de la globalización y la interconexión del mercado financiero mundial. 

FED, prestamista de última instancia mundial

Entre octubre y 12 de diciembre del 2008, el Federal Reserve, el Banco Central Europeo, el Bank of Japan, el Bank of England, y hasta la Reserva de Australia, instrumentaron una serie de swaps cambiarios, para garantizarse liquidez en dólares estadounidenses; en euros, yenes, libras esterlinas, y dólares australianos. 

Yo me mantenía pegada a las páginas de cada uno de los bancos centrales citados, para conocer los detalles. Unos eran más escuetos, otros más prolijos en la información. Estaba yo viendo el nacimiento de salvatajes globales casi en tiempo real. Confieso que mucho de lo que explicaban, no lo entendía cabalmente, pero tenía la obligación de reportarlo. 

Entonces, un funcionario del Banco de Pagos Internacionales (BIS por su sigla en inglés) accedió a explicarme la operación de estos swaps y cómo estaban tratando de garantizar liquidez en cualquier divisa requerida. El mercado, se estaba congelando. Así lo describía George Bush, presidente saliente de EU, a quien le estalló la crisis a manera de despedida. Y los bancos centrales, hacían esfuerzos impensables, por lubricarlo.

Emergentes también participan

Recuerdo claramente, cuando el Banco de México emitió un comunicado, anunciando que abría una línea swap con la Reserva Federal de Estados Unidos. Otros tres bancos centrales de economías emergentes establecían esta línea de intercambio: Brasil, Corea y Singapur. Lo recuerdo bien, porque fue un día antes del aniversario de mis padres. 

Nuevamente busqué a mi fuente del BIS, quien reconocía que ambos estábamos tratando de entender cómo funcionarían estos instrumentos. No lo había visto antes, se sinceró. Me parece que están garantizándose liquidez en dólares, por si lo requieren. Son una especie de “prestamistas de última instancia real”. No tenía precedentes, y teníamos que documentarlo.

Recesión inminente

Para noviembre del 2009 ¡Todo pasó tan rápido! Eran pocos los analistas que se animaban a anticipar cómo se vería afectada la actividad económica mundial. Los organismos internacionales convocaron al G 20 para buscar soluciones conjuntas. 

El Fed anunciaba que compraría activos hipotecarios en problemas de instituciones financieras y emisores no financieros que tuvieran alguno. El Quantitative Easing estaba en marcha. Las tasas bajas en niveles nunca antes vistos.

Un analista de Merrill Lynch, el banco salvado por Bank of América en esta crisis financiera, se animó a dar un pronóstico anticipado: Recesión inminente en Estados Unidos. Y recesión en México. Era imposible desligar los ciclos de ambas economías. Fue la nota de ocho de El Economista. Conseguí entrevistar al autor de la expectativa por ahí de las seis de la tarde, tiempo de México. Y la nota fue rescatada de interiores por el mismísimo director de El Economista. 

¿Mayor que la Gran Depresión?

Esta era mi pregunta constante a los analistas, economistas y estrategas. Entonces, el director editorial de El Economista me enseñó: no puedes revolver en una misma nota de análisis las observaciones de los catedráticos, con las de estrategas financieros. Unos están en medio de la crisis, viéndola como se prende y mengua, mientras los otros buscan teorías para explicar lo que va pasando. A la distancia pienso que reportear aquel inicio de la crisis, se me volvió una actualización, un estudio que demandaba mi entendimiento. 

A todos mis entrevistados les preguntaba si se trataba de una crisis mayor a la de 1929, “la Gran Depresión” y entonces, evadían responder. Diez años después he preguntado a nuevos protagonistas, analistas y funcionarios. Aquella crisis, la de los operadores de mercado que se arrojaban al vacío tras las pérdidas acumuladas, duró 11 años. Ésta, la primera del siglo XXI, protagonizada por economías avanzadas, cumple 10 años el 15 de septiembre, o 12, si somos puristas y tomamos en cuenta la quiebra del sector hipotecario de EU con sus subprime, que fueron claramente el origen de la Crisis del 2008. 

Aquella, la Gran Depresión del 29, terminaba en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Esta, sigue vigente en medio de una Guerra Comercial, en un contexto social de terrorismo y vuelco a la izquierda. 

De mis apuntes

Toda la crisis mundial, desde el estallido de la Subprime en 2007, hasta ahora, ha quedado documentada en El Economista. Y yo he tenido el honor de firmar alguno de sus episodios. 

Yo no soy economista. Pero tuve que acercarme a los mejores, para entender y traducir lo que estaba pasando. Sí. Ahí nació también mi admiración a grandes funcionarios, estrategas, catedráticos y analistas mexicanos: Todos, tuvieron siempre un minuto. Miento, más de 10, para explicarme.

El director general, el director editorial y mi editor, aceptaron que tenía yo que usar fuentes como origen de mis notas, así sin nombre, pues muchos estaban en efecto en primera fila de la crisis. Todos mis jefes sabían nombres y apellidos de cada uno de los que me explicaron y ayudaron de algún modo, en cada episodio a traducir a nuestro lectores, para entender cómo operaron estos nuevos instrumentos financieros que originaron la crisis, el alcance de las innovaciones de políticas monetarias y fiscales que se instrumentaban para apaciguar el fuego y la tormenta que veíamos, y las ramificaciones de su aplicación. 

Gracias a esa confianza mutua, tuve la oportunidad de reportear casi en tiempo real, esta crisis interminable que generó tantas rupturas en la economía y en la sociedad. 

Ha sido un ejercicio profesional emocionante, que me hace pensar desde el inicio, en lo que decía Vicente Leñero: El periodista es un buitre al acecho de malas noticias

Quedo a sus órdenes en mi cuenta de twitter @morales_yoly

Yolanda Morales

Reportera de Finanzas Globales

A la cuenta de tres

Yolanda Morales Quiroga es “corresponsal itinerante” en organismos financieros internacionales, apasionada de la macroeconomía y la política monetaria y contadora de historias, detrás de sus apuntes de reportera. Oficio en el que se ha desempeñado por 19 años.

Reportera de Finanzas Globales, blogger y conductora del Programa en línea de El Economista, Voces en Directo.