En la lista de los premios Nobel que otorga y entrega la Academia Sueca se incluyen muchas disciplinas, y aunque la aviación y la aeronáutica son temáticas demasiado modernas para haber sido incluidas en ella, en esta industria han existido a lo largo de su joven historia muchos personajes y organizaciones que se han destacado por sus contribuciones e innovación, de ahí que fuera necesario instituir un premio.

Fue necesario crear una presea que evocara un símbolo fundacional, y éste correspondió al pionero Edward Warner, primer presidente de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), pionero de la aviación en Estados Unidos, profesor de aeronáutica, científico y miembro fundador de la Junta de Aeronáutica Civil (CAB) en EU en 1938, y como tal delegado de este país en la Conferencia de Chicago que en 1944 redactó el convenio que dio origen a la OACI.

Al frente de esa organización, Warner ayudó a estructurar la industria del transporte aéreo que estaba emergiendo de la Segunda Guerra Mundial, y gracias a sus gestiones fue posible establecer las bases de lo que hoy es la OACI, la cual dirigió hasta 1957.

En 1956, la ciudad de Génova le otorgó a la OACI, aún dirigida por Warner, el Premio Cristóbal Colón, como un reconocimiento por su labor en el campo del transporte global, y a partir de ahí se creó el premio que lleva el nombre del primer presidente del Consejo de OACI, Edward Warner, al cual se han hecho acreedores diversos personajes y organizaciones a quienes cada año se reconoce con este galardón.

Este año, durante la Asamblea General de OACI, se le entregará el Premio Edward Warner a un mexicano, el ingeniero Roberto Kobeh González, quien fue también presidente del Consejo de OACI entre el 2006 y el 2013 y es el connacional que más alto ha llegado en materia de aviación en el mundo, como lo demuestra este “premio Nobel” de aeronáutica.

El ingeniero Kobeh tiene más de 50 años de trayectoria dentro de la industria de transporte aéreo. Inició en 1966 en la oficina de Ingeniería Aeronáutica de la DGAC y fue director fundador de Servicios a la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano (Seneam) en 1978, cargo en el que permaneció hasta 1997, cuando fue nombrado representante de México en la OACI.

En esos años fue ascendiendo al interior del consejo y en el 2006 fue elegido como su presidente, desde donde abanderó varias iniciativas que han repercutido profundamente en el desarrollo de la aviación internacional. La más importante es “Nadie se queda atrás”, gracias a la cual existe un plan integral de OACI para que los 139 países asociados reciban los beneficios de la aviación y vayan integrándose a la nueva tecnología, a través de la cooperación global.

Aunque suena simple, lo cierto es que fue extremadamente difícil poner de acuerdo a todos los países e iniciar una fórmula de integración gradual que ha permitido que la aviación africana, por ejemplo, vaya poniéndose a la par de las naciones más desarrolladas. Ésta es una acción muy concreta y significativa de cómo las desigualdades sí pueden ser enfrentadas con inteligencia y apoyo solidario conjunto, en beneficio de todos.

Asimismo, y aunque el acuerdo CORSIA de combate al cambio climático para compensar las emisiones de carbono se firmó hasta el 2016, fue en el período de Kobeh cuando empezó a gestarse la forma de hacer frente a este grave problema de las emisiones, y se logró concertar el trabajo de las armadoras de aviones más importantes, los constructores de motores y desarrolladores de partes, así como de as aerolíneas, a través de la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA), en el trabajo de luchar por un ambiente más limpio. Éste es, pues, un importante reconocimiento para el ingeniero Kobeh, pero también para México.

Lo oí en 123.45: ¿Y Mexicana, cuándo?