Twitter manifiesta su deseo de cerrar el paso a los mensajes de odio, pero no borra palabras del presidente de Estados Unidos con las que lo azuza.

La famosa red social tiene varias reglas para medir el odio. Si un tuitero acusa falsamente de asesinato a alguien en la plataforma, es muy probable que la red social borre el mensaje o cancele la cuenta. Pero si la acusación la hace el presidente Donald Trump, Twitter no hace absolutamente nada.

Trump promueve en Twitter una teoría de la conspiración en la que el excongresista y hoy presentador de la cadena MSNBC Joe Scarborough habría asesinado a una de sus colaboradoras durante su desempeño como servidor público en 2001.

“¿Cuándo van a abrir en Florida el caso de Joe Scarborough, el psicópata? ¿Cometió un asesinato y se salió con la suya? Mucha gente piensa eso”, escribió el jueves.

El sábado escribió: “¿Un golpe en la cabeza? ¿El cadáver bajo la mesa del despacho de él?”

“¿Creo que hay mucho más que decir sobre esta historia? ¿Una aventura?”, tuiteó el presidente de Estados Unidos el domingo.

La autopsia del cuerpo de Lori Klausutis señala como causa de su muerte un golpe en la cabeza producto de una caída provocada por un problema cardiaco.

Su viudo escribió una carta al CEO de Twitter Jack Dorsey para que intervenga y elimine los tuits de Trump con los que se mete a un tema “que no le pertenece, el recuerdo de mi esposa”.

Los hilos que se observan en las películas de El Santo son los mismos que aparecen en los mensajes de Trump cada vez que desea modificar la atención de la población. La cifra de los 100,000 decesos por motivos del nuevo coronavirus, la caída de su popularidad en encuestas y su obsesión por no usar el cubrebocas, lo incentivan para inventar mundos paralelos alimentados con teorías de la conspiración.

Twitter también queda mal parado. Tal parece que la figura presidencial es honesta en su política de comunicación y genera mensajes con elevado grado de importancia y credibilidad, pero no de odio. Se equivoca.

El 22 de enero, el vicesecretario de Comunicación del partido ultraderechista español, Vox, Manuel Mariscal, reveló que Twitter había suspendido la cuenta oficial del partido porque algunos de sus mensajes “incitan al odio”.

En efecto, Vox utiliza el odio para polarizar a la sociedad española. En uno de sus mensajes execrables aseguró que “con dinero público” se promueve “la pederastia”, en referencia al programa Skolae en Navarra, centrado en la educación sobre la igualdad de género.

De acuerdo a Europa Press, en una nota del 8 de enero,  Twitter bloqueó algunas cuentas oficiales del régimen de Nicolás Maduro. Entre las cuentas intervenidas destacan la del despacho de la presidencia, prensa presidencial y la del ministerio de Turismo.

¿Cuál es el criterio que utiliza Twitter para bloquear cuentas?

“El tuit del presidente que sugiere que Lori fue asesinada, sin evidencia y contrario a la autopsia oficial, es una violación de las reglas de comunidad y términos de servicio de Twitter”, escribió el viudo identificado con las siglas T.J. “Un usuario normal como yo sería desterrado de la plataforma por tal mensaje, pero yo solo estoy pidiendo que se eliminen estos tuits”, escribe T.J. a el CEO de Twitter.

Existió un tiempo en el que las palabras convertían a políticos en líderes. La mentira, hoy, es el tesoro de los populistas. Poco importa al presidente de Estados Unidos vulnerar las emociones de la familia de Lori Klausutis. “Su fallecimiento es la cosa más dolorosa que he tenido que enfrentar en mis 52 años, y sigue atormentando a sus padres y su hemana”, escribe el viudo.

Trump, encantado, devalúa la presidencia de su país.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.