Trump es una red social.

El presidente de Estados Unidos se ha convertido en la red social de las fake news. Su obsesión por crear un mundo paralelo lo ha llevado a colocar a la mentira como vector estratégico de su gobierno.

Las asimetrías del poder han marginado a James Comey, Michael Atkinson, Steve Linick y Christi Grimm, entre una serie de decenas de funcionarios, cuyos “errores” han consistido en decir las verdades sobre temas que incomodan al presidente. Todos han sido despedidos.

Tras una semana de comentarios execrables del presidente en Twitter sobre la causa de muerte de una asistente del ex congresista Joe Scarborough, vino un pellizco de monja de parte del CEO de la red social Twitter, Jack Dorsey. Dos mensajes de Donald Trump fueron marcados con “verificación de hechos”, pues la aseveración de Trump en la que alerta de un fraude electoral a través de boletas enviadas por correo, simplemente no es creíble.

Sin embargo, el pellizco de monja fue traducido por Trump como un golpe bajo de parte del CEO de Twitter. Y bajo los instintos de una personalidad autócrata que se desespera por el entorno democrático en el que se desempeña, ayer 28 de mayo, firmó una orden ejecutiva para paliar la “agresión” que recibió de parte de Twitter.

Trump se une a una lista de mandatarios que por varias razones han intentado degradar libertades en redes sociales.

Erdogan bloqueó YouTube el día en que las voces de él y la de su hijo Bilal se escuchaban en un video colocado en la red. Así fueron descubiertos ambos en una trama de corrupción.

Maduro ha bloqueado Twitter, Facebook e Instagram  durante eventos en que la oposición organiza eventos masivos.

Rosario Murillo, vicepresidenta y esposa del presidente de Nicaragua ha llegado a decir que las redes sociales son “obra del demonio”, y como tal, requieren de un marco regulatorio.

Ayer, Trump firmó una orden ejecutiva que reinterpreta la sección 230 de la ley de Decencia de las Comunicaciones de 1998; el apartado que regula la responsabilidad ante los contenidos publicados en las páginas de Internet. Han sido los republicanos los que desde hace tiempo han querido promover la aplicación de esa ley a las empresas de redes sociales.

La reforma permitiría a cualquier usuario que se considere discriminado emprender medidas legales contra las empresas de redes sociales. Propone dar poder a los reguladores para intervenir y pronunciarse sobre los criterios utilizados por las plataformas para moderar contenidos y, por ejemplo, eliminar comentarios y videos.

Al día de hoy las redes sociales actúan de “buena fe” y sobre de ellas no recae responsabilidad legal.

El documento “es una pieza diabólicamente inteligente de teatro político”, afirma Julie Cohen, profesora de Derecho de Georgetown por la forma en que interpreta la ley y la primera enmienda de la Constitución estadounidense. En realidad, ésta protege a los ciudadanos frente a interferencias del Gobierno pero no obliga a nada a las empresas como Twitter o Facebook, en realidad, las plataformas digitales tienen la naturaleza de entes intermediarios.

En pocas palabras, la orden ejecutiva de Trump no va a progresar.

El teatro que pasa por firmar la orden ejecutiva es una enorme nube con la que el presidente intenta cubrir temas primordiales como son los disturbios en Minneapolis detonados por el enésimo crimen con huellas de racismo, tema que no le gusta abordar al presidente, y la pandemia que supera los 100,000 muertos en el país del presidente que se rehúsa a colocarse el cubrebocas.

Trump es una red social, se llama fake news.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.