Son tres las cosas que el equipo directivo de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) tiene que probar para recuperar parte de su credibilidad: que desconocían la falsedad del documento “de protección civil” que presentaron a la opinión pública (y quizás a un regulador); que el incendio moderado de aquel pastizal mediano efectivamente fue lo que causó un apagón generalizado para 30 millones de personas; y que la modesta participación de generación eléctrica renovable, que en muchos otros países sería criticada por ser insuficiente, en México debe considerarse peligrosamente alta. 

Para la primera, una sanción ejemplar al funcionario responsable es un punto de partida inevitable. Producir un documento apócrifo usurpando la personalidad de una autoridad estatal, como el gobierno de Tamaulipas sostiene que hizo la CFE, no es una falta administrativa cualquiera. Es un fraude que, en el mejor de los casos, expuso al equipo directivo de la CFE como un grupo que toma decisiones basadas en información falsa que produce su propio personal.

Por eso parece tan afortunado para la CFE que rastrear el origen del documento sea tan fácil: sólo habría que ver quién mandó los correos. A partir de ahí, sólo habría que identificar, sancionar y denunciar al responsable. Asunto arreglado – salvo que el funcionario terminara acusando existencia alguna de órdenes superiores. ¿Se imaginan?

La segunda es más complicada. No basta mostrar que se quemó el pasto debajo de unas líneas de transmisión. Ni argumentar que la ionización del aire y la contaminación electromagnética en torno al humo puede generar un desbalance. Lo que la CFE de Manuel Bartlett tiene que demostrar, con evidencias legítimas, no es correlación sino causalidad: que ese preciso incendio de aquel pastizal, tan limitado como evidentemente fue, pudo poner en entredicho la operación y la estabilidad de una línea de transmisión tan importante – y que eso, a su vez, pudo ser responsable de que unos 30 millones de mexicanos se quedaran sin luz. No está tan fácil…

Y podría ser peor si lo logran. Si consideramos que CFE opera una red de transmisión de 110 mil kilómetros, ¿no hay una probabilidad aterradoramente alta de que una quema similar provoque un apagón comparable relativamente pronto? ¿Qué tan seguros estamos en las manos de Bartlett y su equipo (en el que él parece incluir al CENACE) si algo tan común y corriente se les terminó complicando tanto? ¿Por qué no han puesto sobre la mesa un plan de inversión de emergencia? Lo mismo con el tercer punto, sobre las renovables. Como si ignoráramos sus predisposiciones, Manuel Bartlett nos dice que México no está en condiciones para pasar de 28 por ciento de participación renovable sin poner en riesgo al sistema eléctrico.

Son otros los porcentajes, pero el argumento rima con el límite que él y el presidente López Obrador se inventaron, de 46 por ciento para la participación privada en generación, para desplazar a la competencia. ¿Qué no hay decenas de países y sistemas eléctricos regionales que generan toda su electricidad a partir de privados y consumen más de 50 por ciento de energía renovable? ¿No son todos estos más resistentes a los incendios en pastizales? Por absurdo que suene, quizás les convenga que no les creamos. De lo contrario, ¿no estaría el equipo directivo de la autonombrada “empresa más poderosa de México” más bien reconociendo su incompetencia para operar en un contexto que exige energía cada vez más limpia? ¿Quizás revelando su desinterés en preparase para el futuro? Si hoy, con el respaldo incondicional del presidente y la secretaria de energía y la CRE, un jugoso monopolio en transmisión y distribución, y una extraordinaria laxitud para contaminar y desplazar a su competencia no pueden mantener el servicio eléctrico porque se quemó el pasto cuando el viento estaba soplando y el sol brillando, ¿cómo van a dejar a la CFE mañana?

Twitter: @pzarater

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

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