En el documental titulado simplemente The Velvet Underground, el cineasta estadounidense Todd Haynes se aleja de algunas de las convenciones del documental musical y ayuda al espectador a experimentar la música que durante un breve periodo crearon juntos Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison, Maureen Tucker y Nico. La salida fácil hubiera sido poner a una larga lista de músicos contemporáneos en pantalla hablando maravillas sobre la influencia de The Velvet Underground, todos derrochando elogios y pequeños fragmentos sumamente citables de cómo les cambió la vida algún disco de la banda. Podría haber hecho un largometraje sólo de Jonathan Richman hablando sobre la influencia y las distorsiones de los Velvets. O incluso tener que recurrir a aquella trillada frase atribuida a Brian Eno de que su primer disco vendió sólo unos cuantos miles de discos, pero que cada una de las personas que lo compraron inició su propia banda de rock.

El cineasta estadounidense no es ajeno a explorar la música pop de otra forma en sus obras cinematográficas. Primero lo hizo en Superstar, un cortometraje inspirado en la vida de Karen Carpenter donde recrea la trágica vida de la cantante y baterista de The Carpenters con muñecas Barbie. En Velvet Goldmine construye a un icono ficticio del glam, el andrógino Brian Slade, amalgamando elementos de David Bowie, Marc Bolan, Iggy Pop y Roxy Music. En I’m Not There, explora las diferentes facetas musicales de Bob Dylan a través de diferentes actores que tratan de construir un personaje tan complejo e indescifrable como lo es el propio Dylan.

Entre 1967 y 1970 The Velvet Underground editó cuatro discos fundamentales en la historia del rock. Sobre su álbum debut titulado simplemente The Velvet Underground & Nico se han escrito libros enteros que han tratado de encontrar las conexiones entre la banda y el mundo del arte pop de Andy Warhol. Los Velvets eran el grupo que musicalizaba el Exploding Plastic Inevitable de Warhol, eventos con una propuesta multimedia interdisciplinaria donde convergen el arte con el cine y un rock que comenzaba a experimentar con nuevas sustancias sonoras y químicas. En sus discos posteriores, la banda alcanzó más culto que fama y para su cuarto álbum, Loaded, un disco que prometía irónicamente estar lleno de éxitos musicales, la banda se deshizo en medio de mucha acrimonia.

Aunque la historia no es tan bonita y sus protagonistas nunca tuvieron las relaciones más armoniosas, el documental hace una reverencia a la obra de una de las bandas más elogiadas del siglo pasado, anhelada por cualquier banda de rock. Haynes deja un pequeño velo para mantener intacto algo de la mitología de esta legendaria banda. El documental también es un homenaje al cine experimental de los años sesenta de Jonas Mekas, Andy Warhol y la música avant-garde de John Cage y La Monte Young. Una de las magias de este documental es que podemos ver a Nico, Cale, Tucker, Reed y Morrison capturados en total desnudez por la lente de Warhol simplemente siendo ellos.

Para cuando llegan los créditos finales, volvemos a rendirnos ante los sonidos que crearon Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison, Maureen Tucker, Doug Yule y Nico en conjunto. La poesía urbana de Lou Reed, a veces interpretada por Nico, se encuentra con las abrasivas disonancias de la viola de John Cale y las guitarras de Sterling Morrison, mientras que las primitivas percusiones de Maureen Tucker nos elevan el pulso y nos hacen sentir una marea de sensaciones.

Más de cincuenta años después de su separación, su música nos sigue conectando con lo prohibido y lo oculto, sigue revelándose contra lo establecido y algunos seguimos impresionados por aquella revolución sonora. Todd Haynes nos acerca un poquito más a esa leyenda conocida como The Velvet Underground y nos hace regresar a esas canciones de cuatro acordes por las que tanto nos hemos obsesionado.

antonio.becerril@eleconomista.mx 

Antonio Becerril Romo

Coordinador de operaciones de El Economista en línea

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