El pasado 8 de marzo, millones de mujeres suspendieron sus labores y salieron a marchar. Con ello nos recordaron que el combate contra la desigualdad y la violencia de género dista mucho de haber terminado. Tenían razón, pues ahora, debido a la pandemia, han sido ellas quienes, víctimas de la inequidad, han padecido más gravemente los golpes laborales del coronavirus. Como director de TallentiaMX, una asociación de empresas responsables de subcontratación, sé de primera mano que, bien utilizada, la tercerización puede contribuir de manera veloz y sustantiva para conseguir la equidad de género.

En 2019, antes de que el Covid-19 hiciera su dramática aparición, había en los países de la OCDE una brecha salarial del 13.2%, lo que quiere decir que los hombres ganaban en promedio más que las mujeres. En México, una nación extremadamente machista y con una pésima estructura laboral, esta cifra alcanzó el 18.8%. Para erradicar este problema debería, sin lugar a dudas, hacerse cumplir la ley y mejorarse la educación.

Sin embargo, también tendrían que hacerse cambios en el ámbito laboral. La subcontratación es capaz de ofrecer capacitación general a empleados y empleadas para asegurar que contarán con todas las habilidades y competencias necesarias para desempeñar las tareas y llegar así a puestos bien remunerados.

Complementariamente, quienes se dedican desde hace años a administrar el personal, pueden diseñar estrategias focalizadas para concientizar en materia de igualdad de género y, sobre todo, para garantizar que las contrataciones se llevarán a cabo sin discriminación.

Las empresas de subcontratación de la mano de las autoridades y de grupos especializados en materia de género pueden diseñar estrategias, mecanismos, protocolos e incluso acreditaciones que imposibiliten la disparidad salarial y que impidan que haya sesgos en materia de género a la hora de competir por un puesto de mando.

Ahora, con el coronavirus, quienes más han perdido trabajos y caído en la informalidad son precisamente las mujeres. De acuerdo con datos de la reciente Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ETOE) realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en mayo de 2020, la tasa de participación laboral femenina fue de un 35.3%, mientras que la masculina fue de 61.1%. Además, un millón de mujeres comenzaron a trabajar en la informalidad, cuando en el mismo lapso sólo lo hicieron 900 mil hombres.

Lo anterior significa que las mujeres trabajaron menos y que, además, lo hicieron en la informalidad, es decir, sin seguridad social de ningún tipo, de manera precaria. Por si fuera poco, por desgracia, muchas de ellas dependen económicamente de quienes las maltratan. La violencia también ha crecido mucho.

De nuevo, aunque la subcontratación no es de ninguna manera la única solución, sí puede ayudar a mejorar este problema. Estudios revelan que de 2013 a 2018 una tercera parte de los empleos formales que se crearon fueron por medio de este esquema, de los cuales prácticamente la mitad (3.5 millones) fueron para mujeres y más de un millón fueron para madres solteras.

Además de la formalidad y la legalidad, la tercerización ofrece otros beneficios. Puede utilizar esquemas como el trabajo a distancia, el empleo a tiempo parcial y la capacitación remota para adaptarse a los requerimientos de muchas mujeres que atraviesan por situaciones difíciles.

Así, por los motivos antes expuestos, considero muy importante impulsar la subcontratación y, sobre todo, utilizar el potencial que ella tiene para contribuir a un tema que no puede seguir siendo ignorado: la disparidad laboral como una de las raíces de la inequidad de género. Todas y todos tenemos que articular esfuerzos y que aprovechar sin miramientos cualquier recurso que tengamos a la mano.

*El autor es director general de TallentiaMX.