Cada vez que me entero de que la Secretaría de Hacienda implementa —por lo general al principio de un sexenio— un programa de borrón y cuenta nueva en el pago de impuestos muero del enojo y me digo a mí mismo: pendejo, pendejo, pendejo, hasta el cansancio por no ser de los afortunados que no pagaron un centavo al fisco durante mucho tiempo y que con la promesa de que en adelante pagarán fueron perdonados.

Pero al parecer con el gobierno de la Cuarta Transformación, el perdón en cuestión de impuestos no existe, por el contrario ha permitido que la organización de la sociedad civil, Fundar, haya publicado una gran lista de empresas y personas físicas a las que, gobiernos anteriores, condonaron impuestos. Es obvio que la lista salió del Sistema de Administración Tributaria (SAT), la precitada organización no gubernamental sólo fue el conducto para hacer público el listado. No me hagan mucho caso, pero hay momentos en los que pienso que el dar a conocer a los perdonados se hizo con el malvado objetivo de que los que pagamos impuestos sintiéramos envidia o rabia —de la buena—, porque la dispensa de impuestos es un hecho irreversible. Palo hacendario dado, ni Dios lo quita.

Como se sabe, fueron cientos de miles de millones de pesos los conmutados por los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. El haberse acogido a un programa absolutorio de las contribuciones que cobra el Estado es legal. La pregunta es si resulta ético y acorde con los valores morales que pregonan las empresas y los individuos beneficiados con el perdón. Según se supo hubo empresas a las que se les dispensó de esta obligación —o se aminoró la carga tributaria— ante el argumento de ser fuentes de empleos y, por lo mismo, creadoras de contribuyentes cautivos. Termino el párrafo con la frase atribuida al célebre e influyente economista inglés John Maynard Keynes (1883-1945): “Evitar los impuestos es el único esfuerzo intelectual que tiene recompensa”.

No voy a publicar aquí nombre alguno de la lista divulgada porque en ella, aunque sí son todos los que están, no están todos los que son. Lo único que se me ocurre al leer los nombres de las personas morales y físicas enlistadas es inferir que los ricos no son como nosotros los de clase media, ellos pagan menos impuestos.

Pretextos no faltan para los evasores reivindicados —eso es lo que son: fueron errores de mi contador— dicen algunos. Tengo tanto trabajo que se me olvidó pagar —argumentan otros. Los que tal vez sean los más sinceros son aquellos que atribuyen la falta del pago fiscal a la típica desidia y a la consabida impuntualidad del mexicano. Lo cual es una gran verdad, como en cierta ocasión escribí:

Desde que tengo uso de la razón he escuchado decir a los más viejos de la comarca —muy pronto estaré en ese elenco— que los mexicanos somos tan impuntuales que llegaremos tarde al Juicio Final. Se supone que ese día —fin del mundo— cada ser humano será juzgado por Dios según como haya obrado mientras fue mortal. Lo que nadie me ha sabido decir es en qué orden seremos juzgados. Hay opciones: Por fecha de nacimiento; por fecha de fallecimiento; conforme vayamos llegando; por estaturas; según la importancia de nuestras vidas: primero los ilustres y luego la perrada. Lo más democrático sería que el Juicio Final fuera por insaculación: En una gran tómbola se pondrán bolitas con los nombres de todos los que vamos a ser juzgados. Un escuadrón de ángeles girará la gigantesca esfera y una mano santa —propongo la de la madre Teresa— sacará la pelotita con el nombre del ser que será juzgado. Dos ángeles, vestidos como gritones de la Lotería Nacional, vocearán el nombre del insaculado que pasará a juicio. Otro método podría ser el del riguroso orden alfabético. “¿Para que llegar temprano si voy detrás del padre Maciel y de Humberto Moreira, cuyos juicios van a durar mucho”.

Que la falta de puntualidad es una característica ancestral de nuestra idiosincrasia dan cuenta los códices prehispánicos que nos hacen saber del atraso con el que los tlaxcaltecas, otomíes, olmecas y demás tribus pagaban sus tributos a los aztecas; los cuales, a su vez, eran reticentes a llegar a tiempo a los sacrificios humanos, sobre todo las doncellas y más a las que ese día les tocaba ser sacrificadas. Según el Códice Durán, los aztecas eran tan impuntuales que se tardaron un año acatl (caña) —equivalente a 13 años occidentales— más de lo previsto en llegar a Tenochtitlán. Razón por la cual el águila que puntualmente se instaló en el islote para devorar a la serpiente tuvo que ser —contra su voluntad— amarrada al nopal hasta que éstos llegaran. Tuvieron que prometerle estampar su imagen en el escudo nacional para que se quedara.

Después de la irresistible disgregación, me quedan unas pocas líneas para concluir con el tema de los impuestos. Lo voy a hacer con la frase que una vez dijera el escritor, dibujante y humorista catalán Jaume Perich (1941-95): “Nuestro sistema fiscal es una maravilla: el que tiene más, paga más, y el que tiene menos, también paga más”.

Manuel Ajenjo

Escritor y guionista de televisión

El Privilegio de Opinar

Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros.