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Opinión

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Silencio antidemocrático

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L.M. Oliveira

Hace casi diez años, en 2013, en un ensayo que publiqué en la oaxaqueña Almadía, dediqué un capítulo entero al silencio. Lo alabé en una de sus formas: para escuchar al otro hemos de callar, además de poner atención. En ese sentido, la alharaca estorba a la discusión. Pero existe un silencio nocivo: el manto que se le impone a lo espinoso para dejarlo en el olvido.

Hay distintas formas de democracia, la que defiendo es la democracia deliberativa. Pretende que los ciudadanos compartan la oportunidad de participar en el debate público sobre el futuro común. Gobierno por discusión, lo llama Amartya Sen. En dicha discusión hay que saber callar para escuchar al interlocutor; pero a ese silencio ha de seguirle un conjunto de razones o la aceptación de las propuestas del otro. Como vemos, silenciar es antidemocrático. Así que hablar todos los días con «otros datos» no es debatir, es silenciar bajo el manto del ruido. Gracias a tal conducta he llegado a la siguiente conclusión (que no pretende ser una figura poética): existe un ruido que es una forma perniciosa del silencio. 

Un silencio más artero es del que está presente y calla como estatua. Nada más escandaloso que un secretario de estado se presente al congreso para no decir ni pío. Eso es poder antidemocrático en toda regla. Dirán que el ejército, jerárquico por naturaleza, no se ha de ceñir a las normas de la democracia «¿cómo que vamos a poner a discutir a los soldados si han de soltar o no a Ovidio?». No, esa orden ha de venir de los mandos más altos. Pero el ejército en una democracia debe obedecer al poder civil, escuchar, contestar lo requerido y acatar. Y se puede ser democrático en instituciones jerárquicas. Esto que parece un contrasentido pasa por actuar conforme a las normas constitucionales. Pues la constitución es  el acuerdo básico que nos permite a todos (en teoría) solucionar las diferencias y beneficiarnos de la cooperación social. El ejército debe ser democrático en ese sentido. 

La UNAM, otra institución jerárquica, es distinta al ejército, porque sí pretende ser democrática hacia afuera y hacia adentro. No nos confundamos, el dictum de Luis Carlos Ugalde: «la regla de oro de la democracia es que gana el candidato que tenga más votos», es engañoso y confunde. La regla de oro de la democracia es gobierno por discusión, que implica respetar los derechos de todos para que puedan discutir en plenitud de capacidades. Ya si necesitamos votar porque no alcanzamos acuerdo, entonces lo hacemos y ahí sí la regla  de Ugalde cobra sentido. Volviendo a la UNAM, varias autoridades universitarias prefieren el manto de silencio que el debate. ¿Escuchar a la comunidad estudiantil? ¿A los académicos? Para qué, qué estorboso, que acudan a las instancias adecuadas (que son bien inadecuadas). Estoy en desacuerdo, necesitamos autoridades dispuestas a mojarse en las frías y rápidas aguas del debate. Está última frase, va no solo para las autoridades universitarias, va para las autoridades democráticas: les toca. La transformación del país y de la UNAM pasa por gobiernos que defiendan la democracia deliberativa. Que solo guarden silencio para escuchar. El silencio que oculta daña.

Twitter: @munozoliveira

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L.M. Oliveira

L.M. Oliveira es escritor. Autor de "El mismo polvo" y "El oficio de la venganza". Es Titular A en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y El Caribe.

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