La orden de captura contra el exsecretario de seguridad capitalina, Jesús Orta, no es un peso que deba ponerse en la espalda de la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum. 

Quizá la decisión de ocultar las verdaderas razones de su renuncia en octubre pasado puede ser cuestionada, pero la decisión de nombrarlo secretario de seguridad, confiar en él, protegerlo y defenderlo durante cerca de 10 meses, no bastan para culpar a Sheinbaum. ¿Por qué? Porque la honestidad y probidad de las personas no es una cualidad que pueda garantizarse en el servicio público o en cualquier otro espacio, aunque haya líderes que sostengan lo contrario y privilegien la virtud personal y la fuerza moral por encima del diseño institucional anti canallas. 

No, no basta con saber que un funcionario sea conocido por probo, que tenga una pequeña casa, que sea hijo de un gran luchador social o de un filántropo. No basta conocer a John Ackerman o a Irma Eréndira Sandoval, a Manuel Bartlett o a Andrés Manuel López Obrador. Nunca basta. No basta haber caminado junto a un militante durante décadas para garantizar que este no se beneficiará de su cargo. Y precisamente porque no basta y porque la naturaleza humana es poco confiable, es preciso contar con mecanismos institucionales sensibles a la corrupción de manera que en cuanto llegue el primer virus se prendan las alarmas, se manden glóbulos blancos y se destruyan las células contaminadas. Perdón, la epidemia se apropió de mis metáforas. Lo que quiero decir es que es más importante contar con un buen sistema de defensa institucional ante la corrupción que con la falsa garantía de la sanidad y el ascetismo individual. 

El caso de Orta es paradigmático porque el funcionario fue un hombre respetado y originalmente bien visto por Morena en la ciudad y por el gabinete de Sheinbaum, en términos generales. Además traía en su currículum haber estado en la Oficialía Mayor con Marcelo Ebrard y aprobó exámenes de confianza. 

¿Se equivocó entonces la administración capitalina al nombrarla? ¿Tuvo poco cuidado al nombrar al secretario? ¿Hay que reclamarle a la jefa por ser omisa al fijarse en la cola de los miembros de su equipo? No necesariamente. Cualquier funcionario es susceptible de estar en el lado oscuro de la fuerza, antes, durante o después de un encargo como el de Orta o cualquier otro pues controlar recursos, vidas, empleos, libertades y bolsas ajenas implica poder y el poder trae consigo la avidez. No importa que sean la abuela santa o el mártir histórico quienes lo detenten.  Lo que importa es que funcionen las alarmas, se retire la confianza cuando estas se prendan, se castigue al culpable y se deslinden responsabilidades de funcionarios aledaños a éste. 

Eso es lo normal, o lo que debe verse como normal. No es esperable que dejen de nacer corruptos por gracia de los discursos diarios matutinos; lo que es esperable, deseable, es que sean detectados, removidos y castigados. Los de antes y, claro está, los de ahora. 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.