Memoria para los seis años sin Ernesto de la Peña

Podía decir el nombre de Dios en treinta y tres lenguas. Escribió en todos los géneros conocidos, fue experto en asuntos bíblicos, filosóficos, míticos y religiosos, pero también muy versado en todas las ramas del arte, la historia y la cultura del mundo. Con un alma que de tan elevada fue completamente terrenal.

Para propósitos del calendario, la memoria y este texto que usted tiene entre las manos, lector querido, vale la pena decir que Ernesto de la Peña nació en la Ciudad de México en noviembre de 1927 y falleció justo un día como hoy 10 de septiembre, pero del año 2012. “Una temprana inclinación a las humanidades —dice el primer párrafo del prólogo de sus Obras reunidas—, el conocimiento precoz de los idiomas y la determinante influencia familiar que le permitió crecer rodeado de libros, hicieron de Ernesto de la Peña un visitante asiduo y ávido de los muchos quehaceres del hombre. Narrador, ensayista, traductor y poeta, hizo de la palabra escrita no sólo medio de expresión sino puente a esas provincias de la inteligencia y el conocimiento humano (...) Aceptado como alumno especial de la Facultad de Filosofía de Letras de la UNAM, cuando apenas contaba con dieciséis años y aún estudiaba preparatoria, tuvo entonces el privilegio de disponer de su vida y de su tiempo para forjar su vocación creadora”.

Suena muy bien, pero se queda corto (él aspiraba a la largueza). Si bien estudió lengua y literatura rusas y lengua árabe en la Facultad de Filosofía y Letras, después aprendió sánscrito y chino en El Colegio de México y más tarde hebreo en la Escuela Monte Sinaí. De forma independiente, lenguas occidentales y orientales. Leía treinta y tres idiomas y hablaba ocho. Conoció los textos bíblicos y tradujo los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan directamente del griego al español mexicano del siglo XX. (No es raro, por ello, que formara parte del cuerpo de traductores del griego y el latín reconocidos por la UNAM para participar en los trabajos de la colección Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, una de las mejores del mundo para acceder a los clásicos por su composición perfecta y su amable traslación de latín y griego a español).

Sobra decir que adquirió el grado de maestro y era doctor de muchas materias y quizá también por eso se antoje lejano. Todavía más si les digo, para entusiasmarlos, que escuchó y se enamoró de toda la poesía del mundo y sabía descifrar infinita diversidad de mapas: las mitologías china, hindú o grecolatina, las religiones judeocristianas, las enseñanzas  musulmanas y las muchas maneras de acceder a los caminos que llevan a la Gloria y al Infierno. Pero quizá acercarse a su figura sea más amable si les cuento que en uno de sus libros escribió, para quien se atreviera, la receta para la confección de ángeles: Tómese un dios que ame las jerarquías y un teólogo asesor que las defina. Constrúyase un modelo a escala de los siete cielos. No deje de rodearlo de un cíngulo de estrellas fijas y remátelo con un lugar llamado Empíreo. Piense y, de ser posible, sienta la música de las esferas y perciba los arquetipos de Platón.

Está bien. Ya lo sabemos, muy pocos se atreven a la cocina celestial. Y a los libros, cada vez se acude menos. Sin embargo, el doctor de la Peña no se quedó en su torre de marfil: promovió la cultura humanística, bíblica, literaria en varios diarios y revistas pero también decidió a acudir al verdadero espejo del alma: los oídos, y al aire nos enseñó también de su inmensa sabiduría operística: durante mucho tiempo fue conductor del programa Operomanía en TVUNAM y, gran parte de su vida, sabio comentarista de la ópera que se transmitía los sábados desde el Metropolitan Opera House de Nueva York en la estación Opus 94.5 del Instituto Mexicano de la Radio (Imer), y titular de programas hoy ya legendarios como Testimonio y celebración, Música para Dios y Al hilo del tiempo (que pueden ser bajados y escuchados desde la página electrónica del Imer accediendo al enlace: https://www.imer.mx/micrositios/homenaje-sonoro/ernestodelapena/, como una idea para rendirle homenaje y pasarse un lunes asombrado de los dichos y sapiencia de Ernesto de la Peña).

Un “erudito inútil”, se autonombraba en la radio; pero como además de filólogo y lingüista resultó también ejemplar hablante y comunicador compartió horas de sabiduría con sus radioescuchas durante más de 20 años, respondió todas las preguntas de buena gramática y sintaxis, así se ocuparan de temas sencillos o complejos (ya fuera el amor o los textos apócrifos de Santo Tomás, por ejemplo).

A pesar de ser amante de la palabra escrita, conocedor de literatos, poetas y filósofos, publicó su primer libro Las estratagemas de Dios hasta 1988, a la edad de 61 años. Con él ganó el Premio Xavier Villaurrutia e inauguró un género literario en México: la “teodicea lúdica”, decía, mostrando la sonrisa cobijada por su esplendorosa barba blanca. Leyéndolo, algunos reconocieron muchas y distintas interpretaciones de clásicas metáforas, supieron que las parábolas pueden ser impecables, pero también divertidas, la diferencia entre las palabras mágicas y la palabra sagrada y cómo ambas son capaces de transportar el alma a otras humanidades y deseos. Incluso después de deshacer un pacto con el Diablo.

En sus ochenta y cinco años de vida fueron y vinieron premios, conferencias, cursos, exposiciones y muchos libros más, todos de títulos perfectos: Las máquinas espirituales, El indeleble caso de Borelli, Mineralogía para intrusos, Los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, con traducción directa del original griego al español; El centro sin orilla, Las controversias de la fe y La rosa transfigurada.

Pero con el maestro siempre había más. Todo el tiempo algo que nos faltaba porque no le faltaba nada. En una de las últimas entradas de su blog escribió que en su libro Palabras para el desencuentro (de poesía insólita, desgarradora, bella e increíble), la presencia de la muerte se integraba a sus palabras. Porque tendía un velo incómodo en las noches de sueño, porque la muerte también puede ser una anfitriona permanente para involucrarnos con los pensamientos más elevados. Y escribió, al final, que hay mucha poesía en la imagen de un hombre que trata de explicarse las cosas. Poesía pues, fue también su vida entera. Y que nadie crea que el Maestro, el ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes, del Premio Alfonso Reyes, con tantas menciones, certámenes y medallas vivía en el Topus Uranos de Platón,  porque se equivocarían rotundamente. Ernesto de la Peña fue una persona afable y tan capaz que logró bajar a la Tierra, con “el alma a la intemperie”, el altísimo Mundo de las Ideas para que lo disfrutáramos nosotros. Los demás. Intrusos de la sabiduría, que, abatidos por la grandeza, siempre leemos, miramos y escuchamos todo desde abajo.