La batalla comercial entre China y Estados Unidos que propone el republicano como política de gobierno arroja una oportunidad para México.

Willard Mitt Romney se dice de origen mexicano y hasta se atreve a comer tacos. A pesar de eso estamos muy lejos de poder considerar al republicano como un pro latino, amigo de México.

De hecho, su alabanza a la ley SB1070 de Arizona y su promesa de tomar elementos de ella para llevarlos al nivel federal, junto con la amenaza de perseguir y deportar a los inmigrantes ilegales, ubican a este candidato a la Presidencia de Estados Unidos como un claro opositor al interés de millones de mexicanos.

Pero no es nada diferente a lo que ha hecho la administración de Barack Obama. Como bien le recordó su opositor republicano, el Presidente prometió en la campaña anterior llevar a cabo una reforma migratoria que sigue ausente.

No tienen ningún interés, ni demócratas ni republicanos, de hacer un guiño a México como sí lo hicieron los presidentes George Bush padre, con la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Y Bill Clinton, con el rescate de la economía mexicana tras la crisis de mediados de los años 90.

Romney promete mano dura en contra de los inmigrantes, mientras que Barack Obama simplemente la aplica.

Pero hay un punto que podría implicar un beneficio muy importante para México si llegara el republicano a la Casa Blanca.

De entrada, Mitt Romney quiere ubicar como el patio maquilador a América Latina. Pero más allá de este guiño con el libre comercio continental, la realidad es que el exgobernador de Massachusetts tiene claramente un profundo sentimiento antichino.

Romney es un déspota con el mundo. Se ha metido en infinidad de problemas con muchos países por ese sentimiento que tiene de superioridad estadounidense que lo ha llevado, incluso, a ofender a sus máximos aliados británicos.

Pero con China hay deseos de romper, de poner un hasta aquí y de evitar que esa economía siga creciendo a expensas de sus malas prácticas financieras, políticas y comerciales.

El principal inconveniente en contra de esa nación debería ser la falta de respeto a los derechos humanos, pero el pragmatismo estadounidense los hace preocuparse más por la subvaluación artificial del yuan que por la falta de libertades civiles.

Obama se mostró muy cuidadoso durante el debate de ayer con el tema China, porque él es el Presidente en funciones y tiene más que perder con una mala declaración, pero Romney no se midió en sus descalificaciones. Prometió nombrar a China desde el primer día como manipulador cambiario. Se quejó de la piratería que ese país tolera y fomenta de productos como los fabricados por Apple y los acusó abiertamente de no jugar limpiamente en el comercio internacional.

Si el republicano gana las elecciones y el 20 de enero del 2013 tensa las relaciones con China podría incentivar, quizá presionar, a muchas empresas a dejar ese mercado para regresar a su país o al menos para concentrar las manufacturas sencillas al sur de su frontera y la alta tecnología y el alto valor agregado en su territorio.

Es posible que Romney buscara poner una barda más alta en la frontera, pero si hace que Apple ensamble en México y no en China, sería un beneficio para nosotros. Porque podrá resultar inútil el iPhone 5 en México por el retraso tecnológico en las telecomunicaciones, pero armar millones de esos equipos dejaría ganancias al país.

Soólo que los sucesores de Steve Jobs llegarán con Mr. Romney a decirle que les da miedo invertir en un país con esos niveles de violencia.

Porque en China podrían decir, al que se roba algo, le cortan la mano y al que secuestra, lo ejecutan. Y si en ese empecinamiento republicano de frenar a los chinos llegan por ejemplo los colombianos a ofrecer mejores oportunidades, pues serían los que ganarían en esa jugada.

México tiene la gran ventaja de la cercanía, hay experiencia de un amplio comercio bilateral. La infraestructura es buena y puede fácilmente mejorar, los energéticos están disponibles.

Falta seguridad jurídica, seguridad pública, incentivos laborales y fiscales, por ejemplo. Nada que no se pudiera remediar.

La batalla comercial entre China y Estados Unidos que propone el republicano como política de gobierno arroja, pues, una oportunidad para México. No es deseable que la primera y la segunda economías del mundo entren en disputa, pero si van a revolver el río, hay que sacar ganancia para nuestras exportaciones.

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