Hace 529 años llegó Cristóbal Colón a lo que hoy es el continente americano, y hace 500 años cayó Tenochtitlan. Cuando la política se entromete con la historia, el resultado suele ser estrambótico, chirriante, ridículo. Y así en lugar de hablar del “descubrimiento”, se habla de la “invasión”, y se exaltan siglos de “resistencia”.

El 12 de octubre de cada año se conmemora en México y en varios países el llamado “Día de la raza”. El nombre hoy resulta fuera de lugar, pues los científicos han concluido que no existen las razas humanas. Desde hace veinte años, allá en 2001, investigadores en Antropología Evolutiva del Instituto Max Planck en Alemania concluyeron que “las diferencias genéticas entre dos seres humanos de cualquier origen (por ejemplo un tanzano y un sueco) son menores que las existentes entre dos poblaciones de chimpancés que viven a tan sólo unos pocos kilómetros de distancia” (Ganten et alii, Leben, Natur, Wissenschaft : alles, was man wissen muss). Los científicos, pues, rechazan la existencia de razas humanas. Y si existen diferencias entre poblaciones humanas, son superficiales y no tienen ninguna importancia. Si las razas no existen, menos las “sangres”. Y así, hablar de sangre indígena, española, judía o alemana es un verdadero sinsentido que hace ver pésimo a quien lo enuncia. Racismo puro.

Un racista es una persona que incurre en alguno de estos supuestos: a) sostiene la existencia de diferentes razas humanas; b) cree en la superioridad de una de las supuestas razas sobre las demás; c) emprende acciones para exaltar la supuesta superioridad de su raza y realiza actos de violencia y discriminación contra los demás. México es un país profundamente racista en los tres sentidos que acabo de señalar.

El racismo se gestó desde el primer momento. Que Malinche (Marina, Malintzin) y Hernán Cortés sean dos de los villanos más vilipendiados de nuestra historia es un hecho que revela mucho de lo que somos. Si pudiéramos usar la metáfora “padres fundadores de la nación mexicana”, tendríamos que decir que ellos son Malinche y Cortés. Y, no obstante, son odiados y despreciados por innumerables mexicanos. Ese es el trauma de origen que hace que la idiosincrasia nacional sea el bodrio que es, el trauma originario que explica por qué México no puede dejar de ser una nación resentida y atrasada.

Los mexicanos se odian, se maldicen y se desprecian a sí mismos. Es un malestar cultural del que quizá no se tenga consciencia, pero del que sí se sienten nocivos efectos. Y ahí está el ejemplo de los españoles: muchos mexicanos parecen odiarlos, incluido nuestro presidente, porque “vinieron a invadir y a saquear estas tierras”, pero no ven que la conquista de lo que hoy es este país fue llevada a cabo por indígenas, no por españoles. Muchos mexicanos odian a los españoles pero no se dan cuenta de que la independencia fue impulsada y consumada por españoles criollos, y que fueron precisamente estos españoles los que “nos dieron patria y libertad”, sea lo que eso signifique. Muchos mexicanos odian a los ricos de piel clara –los fifís–, pero ignoran que la revolución fue realizada por terratenientes ricos de piel clara como Madero, Carranza, Obregón o Calles. De hecho la facción triunfadora de la revolución fue la de los terratenientes del norte.

El caso de Malinche es muy triste. Millones de mexicanos la condenan injustamente por traidora y la desprecian porque siendo indígena fue un factor importantísimo para que cayera Tenochtitlan. La desprecian porque fue forzada sexualmente, o sea, porque se revolcó con el blanco invasor. Sin Malinche no hay conquista, así de fácil; pero eso no significa que ella haya actuado con alevosía. Al contrario: Malinche es una heroína, en cierto sentido es la madre de México porque en ella se realizó el mestizaje. En un sentido profundamente simbólico, todos los mexicanos somos hijos de Malinche; y también, le guste a usted o no, todos somos hijos de Hernán Cortés. Y sin embargo, Malinche y Cortés son despreciados por la inmensidad de los mexicanos. Es más, muchos que ahora leen estas líneas estarán frunciendo el ceño y pensando que el de la voz exagera o dice sinsentidos. Pero es la verdad. Mientras no superemos nuestros históricos traumas, seguiremos siendo lo que desafortunadamente somos. Como expresó el papa Francisco en una carta que recientemente envió a México: hay que mirar hacia adelante y no quedarnos atorados en el pasado. En otras palabras, el papa nos invita a superar nuestros traumas.

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